El Iraq Made in USA es un “Estado fallido”

  Alberto Moreno
  Analista independiente
   
 

El Medio Oriente está sido sacudido por un nuevo foco de tensión: la victoriosa ofensiva de las milicias seguidoras del teólogo Abu Bakr Al Bagdali, decididas a implantar el Estado Islámico (EI) tanto en Siria como en Irak, el primero víctima de una guerra civil promovida por Washington y el segundo invadido en 2003 por las fuerzas armadas americanas por orden de George W. Bush, pretextando la existencia de unas “armas de destrucción masiva” de las que hasta la fecha no se ha encontrado el más mínimo rastro. El presidente Obama, alarmado, ordenó el bombardeo de las ciudades y las zonas controladas por los seguidores de Al Bagdali y forzó la dimisión de Nuri Al Maliki, el presidente de Irak y ganador de las pasadas elecciones, en lo que diversos analistas han calificado de “golpe de Estado”, al tiempo que anunció que no tenía la intención de implicar a su ejército en los combates directos en tierra contra las milicias de Al Bagdali. Confía en que el nuevo gobierno extienda una mano generosa a la minoría suní y a los kurdos, excluidos ambos del poder por el “sectarismo” del que hizo gala, según él, Al Maliki, miembro de la mayoría chií. Y que como consecuencia de este esperado pacto político sea el ejército iraquí quién libre los combates decisivos en contra de las fuerzas armadas del flamante Estado Islámico, del que ya se proclamó califa el belicoso teólogo. Obama fue todavía más lejos: “No quiero convertirme en la fuerza aérea iraquí. Ni tampoco quiero ser la fuerza aérea kurda, mientras no haya un compromiso por parte de los habitantes de que van a organizarse y hacer todo lo necesario para empezar a defenderse de ellos mismos contra el EI” –explicó en una entrevista concedida a Thomas L. Friedman y publicada por el New York Times (08.08.2014).

La enumeración de estos hechos escuetos bastan sin embargo para comprobar hasta qué punto es capaz Washington de repetir sin pestañear siquiera sus propios errores. El primero, mayúsculo: negar las evidencias. La primera de todas, que la victoriosa ofensiva encabezada por Al Bagdali.

Ha hecho saltar por los aires la tesis reiterada hasta la saciedad por los media que en América y en resto del mundo se someten a la agenda informativa de Washington, que Irak ya está democratizado y pacificado. O sea que se había cumplido la misión que, tan ingenua como tempranamente como en 2003, George W. Bush dio por cumplida en esa photo oportunity en la que el presidente que hablaba con Dios descendió de un caza bombardeo vestido con uniforme de piloto de guerra que nunca fue a la guerra. De la fragilidad del Irak Made in USA dan fe sin embargo las crónicas que informaron oportunamente que una buena parte del éxito de la “guerra relámpago” del EI se debe a que muchísimos soldados del ejército iraquí prefirieron desertar antes que enfrentarse a un “enemigo” que no les parecía tanto. Gracias a esas deserciones en masa las milicias de Al Bagdali se han apoderado no solo de ciudades y territorios claves sino de importantes depósitos de armamento entregado por los Estados Unidos a las fuerzas armadas iraquíes. Las mismas en cuyo reclutamiento, instrucción, armamento y logística los contribuyentes norteamericanos han dilapidado en todos estos años miles de millones de dólares. Si hubiera alguna voz verdaderamente independiente en la gran prensa americana ya habría anotado que los éxitos fulminantes del EI son una demostración palmaria de hasta qué punto el Irak democratizado y pacificado por medio de bombardeos aéreos y letales ofensivas contrainsurgentes es en realidad un Failed State, un Estado Fallido, que, como bien se sabe, es una de las descalificaciones favoritas de los analistas y portavoces del Departamento de Estado de USA.

En ausencia de una auténtica voz disidente podría pasar por un reconocimiento de los hechos, así sea elíptico, el descubierto por el periodista de The New Yorker John Cassidy (11.08.2014) en unas recientes y polémicas declaraciones de Hillary Clinton, en las que la ex – secretaria de Estado de Obama habló de la necesidad de ejercer el “poder inteligente” y “comprometer” con la política americana en el Medio Oriente “a un público estadounidense que ahora es instintivamente hostil a los enredos extranjeros”. Y cómo no va serlo si “esos enredos”, que empezaron con el ataque a Afganistán en 2001, no han hecho más que multiplicarse y embrollarse desde entonces. Y pueden embrollarse aún más si las profundas divisiones sectarias que hicieron fracasar al gobierno de Al Maliki no dan paso a esa idílica unidad nacional iraquí deseada por Obama, que permitiría que sus fuerzas armadas derroten a las milicias de Al Bagdali sin que sea el ejército americano quien tenga la obligación de combatirlas y derrotarlas sobre el terreno.

Pero si hay otra evidencia mayúscula que Washington sigue negando es la de cuan peligrosa y contraproducente resulta la estrategia de que otros combatan en lugar tuyo. Cierto, en Afganistán le dio en principio magníficos resultados. La alianza de los Talibán con los combatientes de Al Qaeda reclutados en todo el mundo islámico por Osama Bin Laden y financiados por la monarquía saudita infringió al Ejército Rojo una amarga derrota que contribuyó lo suyo al desplome de la Unión Soviética. Pero estos islamistas radicales en vez de entonar al unísono el grato estribillo del Yes Bwana revelaron que tenían sus propios planes y que esos planes no coincidían con los de Washington. Al fin y al cabo las ansias de poder no son un atributo exclusivo de quienes han alcanzado el estatus de gran potencia mundial, porque como dejó escrito Federico Nietzche la voluntad de poder es rasgo propio de todos los señores. Washington quiso entonces poner orden y declaró la guerra que todavía suelta coletazos mortales como el que le costó la vida en Kabul (06.08.2014) al general Harold Greene que era el responsable político de esa incógnita que siguen siendo las fuerzas armadas “afganas”.

Con todo, la “traición” de los afganos no es el único tiro por la culata que le ha salido a los planes de Washington de hacerse con el pleno control político y militar del “Gran arco islámico”. De hecho podría decirse que Abu Bakr Al Bagdali es creatura suya. Este doctor en Estudios Islámicos, nacido en 1971 en Samarra, Iraq, se radicalizó hasta tal punto debido a la invasión americana de su país que los americanos lo encerraron durante el año 2004 en el Campamento de Bucca. Como a tantos otros “terroristas” o sospechosos de “terrorismo”. En diciembre de ese año decretaron su “liberación incondicional” sólo para que al poco tiempo él se uniera a la fracción iraquí de Al Qaeda, responsable de los numerosos ataques con coches bomba contra mercados populares y mezquitas, que tanto contribuyeron a desprestigiar y desarticular la resistencia popular a la ocupación norteamericana y que tanto hicieron igualmente por promover y agravar los enfrentamientos sectarios entre chiitas y sunitas que hoy tanto lamenta el presidente Obama.

Pero, dónde quedó meridianamente clara la implicación de Al Bagdali en los planes americanos fue en Siria, a donde él fue a combatir como cabeza de una nueva agrupación el Estado Islámico de Iraq y el Levante, aliada con el Frente Al Nusra en la lucha por el derrocamiento violento del presidente Assad. Lucha que contó con el apoyo decidido de Washington, que pretendía repetir en ese escenario lo que ya había logrado en Libia: derrocar un gobierno nacionalista –y por nacionalista dispuesto a jugar su propio juego político- y reemplazarlo por una coalición de islamistas radicales dispuestos a acatar su voluntad y satisfacer sus intereses. Porque no hay que olvidar que para los administradores clericales de las almas los daños infringidos a los cuerpos por los funestos manejos por el gran capital imperial de la economía y la política de un país pueden ser antes que un contratiempo un vigoroso estímulo a su piadosa actividad. La decidida intervención política y diplomática rusa, secundada discretamente por China, impidió que se consumara ese plan, aunque no así la prolongación de la guerra civil por cuenta de la obstinación de los grupos islamistas que siguen en la brecha, contando con la financiación saudí y –se sospecha- el apoyo de la inteligencia militar israelí. Que también es capaz de jugar al travestismo, como lo hizo cuando apoyó en sus comienzos a Hamás solo para debilitar a la OLP, entonces aprestigiada y fortalecida por el liderazgo de Yasser Arafat. La proclamación del califato de Al Bagdali también está pensada para perpetuar la guerra en Siria dividiendo al país.

Es en la coyuntura del repliegue de Washington en el escenario sirio que Al Bagdali toma la decisión de exigir sin éxito al Frente Al Nusra que se sometiera a la autoridad de su Estado Islámico y de lanzar simultáneamente la vertiginosa ofensiva que ha sacudido hasta los cimentos la estructura política y militar impuesta por los Estados Unidos a Iraq y ha puesto en aprietos propio presidente Obama. Porque si algo tiene el conjunto de la entrevista que concedió al periodista Thomas L. Friedman del New York Time antes citada es un tono reflexivo y conciliador que resulta sintomático del impasse en el que se encuentra actualmente su gobierno y que la periodista Juliet Eilperin del Washington Post (11.08.2014) ha resumido en estos términos: [Obama] “ha articulado una filosofía que evita enredos peligrosos en el extranjero, modesta en sus ambiciones y centrada en evitar errores”. Una filosofía condensada en la expresión “Don´t do stupid stuff “: “No hagas cosas estúpidas”. Y que ha encontrado su réplica inmediata en una Hillary Clinton, que por encontrarse en plena precampaña electoral es bien consciente de que la falta de agresividad de las declaraciones del presidente al que sirvió durante cuatro años como Secretaria de Estado, han irritado sobre manera a quienes debe halagar si quiere optar seriamente a la presidencia de su país: el complejo industrial- militar y el omnipotente lobby judío. “Las grandes naciones necesitan principios organizativos – dijo en la entrevista que le hizo Jeffrey Goldberg para The Atlantic (10.08.2014) – y “No hagas cosas estúpidas” no es un principio organizativo. Y remató así, sin miramientos: “Ya sabes, cuando estas bajo de forma, cuando estás atrincherado y tirando hacia atrás, tu no vas a tomar ninguna mejor decisión que cuando eres agresivo y beligerantemente te pones adelante”. Música celestial en los oídos de quienes no quieren soltar la presa ni en la guerra civil siria ni en Gaza ni en el actual conflicto de Ucrania. Y que no le perdonan a Obama que aunque, en la entrevista citada, haya insistido en la manida acusación de que Vladimir Putin “podría invadir” Ucrania en cualquier momento, se haya limitado a anunciar que si lo hace, “tratar de encontrar el camino de regreso a una relación funcional de cooperación con Rusia durante el resto de mi mandato será mucho más difícil”. Qué poca sanción, por Dios, cuando lo que harían falta ante esa eventualidad serian bombardeos aéreos o por lo menos un riguroso bloqueo. Esos halcones tampoco le perdonan que haya dicho “que la mayor amenaza para Estados Unidos –la única fuerza que realmente nos puede debilitar- somos nosotros mismos”. Tenemos tantas cosas a nuestro favor en este momento como un país –los nuevos recursos energéticos, la innovación una economía en crecimiento –pero, dijo, nunca nos daremos cuenta de nuestro potencial a menos que nuestros dos partidos adopten la misma perspectiva que nosotros estamos pidiendo de chiíes, suníes y kurdos o a los israelíes y los palestinos: No hay vencedor, no hay vencido, hay que trabajar juntos. “¿Qué no haya vencedores ni vencidos en el conflicto que enfrenta a los israelíes con los palestinos? !Por favor¡ !Si vamos ganando y seguiremos ganando¡

Edición N° 00412 – Semana del 15 al 21 de Agosto – 2014
 
 
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