¿Berrinches anti-taurinos, berrinches de fascistas?

  Julio César Carrión Castro
  Universidad del Tolima
   
 

La línea que separa la auténtica teoría democrática de su remedo publicitario y demagógico es muy sutil. En las actuales sociedades de masas, si se quiere ganar una aparente o real “participación mayoritaria” en las propuestas de un gobernante, basta con acudir a la propaganda, a mecanismos mediáticos, a formulas sustentadas en procesos de mercadeo y no en los convencimiento teóricos argumentados.

Como lo estableciera Joseph Goebbels, ministro de Educación y Propaganda del régimen nazi, el apoyo general de las masas a una propuesta política, es fácilmente lograble, mediante la simple reiteración de una serie de consignas, -establecidas como “principios” básicos- para alcanzar el convencimiento propagandístico respecto a cualquier temática. “Principios” básicos que hoy se reconocen dentro de las llamadas “democracias occidentales”, como fundamentos del llamado marketing político contemporáneo.

Se ha impuesto una perversa pérdida de toda pluralidad, la homogeneidad y el monótono uniformismo gregario del pensamiento, no son fenómenos exclusivos de gobiernos autoritarios y totalitarios, no corresponde únicamente a los estados teocráticos, sino que se ha decretado por las llamadas democracias occidentales, y opera ya como la realización de un destino manifiesto para todos los seres humanos, bajo la impronta de una publicidad globalizada, que ofrece y vende no sólo bienes de consumo y servicios, sino que también promueve la mundialización de la “democracia”, novedosas formas de “cultura” y concepciones de vida, nutridas de aparentes sensibilidades y sentimientos acomodaticios, conforme a las exigencias de el todopoderoso consumismo.

Ahora encontramos que la utilización de estos “principios”, repetidos hasta la saciedad, constituyen la principal estrategia para la venta, tanto de los “valores” occidentales, como de sus propias imágenes, por parte de muchos gobernantes o candidatos. Se trata de emplear palabras que ejercen una especie de hechizo sobre las masas -fenómeno que fue ampliamente estudiado por Sigmund Freud en su obra Psicología de las masas y análisis del yo- y que pueden ser convenientemente manipuladas por los líderes, para obtener el ansiado respaldo popular.

Los “principios” de esta comunicación política fascista, descansan en la repetición. Goebbels lo simplificó en sus tesis o “principios de la propaganda”, al enfatizar que “la propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas repetidas incansablemente...”. Sostenía que hay que dar la impresión de unanimidad, llegar a convencer a mucha gente que se piensa “como todo el mundo”, creando la impresión de unanimidad, llevando las masas al convencimiento de que los planteamientos ideológicos propuestos son simples y que representan el interés de las “grandes mayorías”.

Las connotaciones psicológicas del “discurso” pseudo-democrático, demagógico y publicitario, no están determinadas por la bondad, la genialidad, la erudición o la capacidad intelectual de quienes lo exponen o utilizan, sino por las mismas inclinaciones inconscientes de las masas, pues, como lo dice  Teodoro Adorno: “al fascismo le resultaría imposible ganarse las masas mediante argumentos racionales”. Su propaganda se aparta de los planteamientos ilustrados, argumentados; se dirige exclusivamente a movilizar “procesos regresivos irracionales e inconscientes”.

Las modernas estructuras sociales de estas “democracias” de carácter fascista -demofascistas-  basadas en la biopolítica, en el uniformismo y la administración total de la vida, facilitan la tarea ya que forman sujetos sometidos por completo a los intereses del poder; son susceptibles a la movilización sentimentaloide, al lloriqueo y a otras expresiones de una supuesta “sensibilidad”; “hijos de la actual cultura de masas desposeídos de autonomía y de espontaneidad... la propaganda fascista sólo necesita reproducir la mentalidad existente...”.

Esa continua reproducción y manipulación de la mentalidad existente -sumisa y subalterna- se expresa en la “maquinaria de propaganda” de los líderes, de los caudillos -Hitler, Mussolini o cualquier otro- quienes reiteran y reiteran sus “principios” de “bondad”, “decencia”, “pureza”, “transparencia”, “honestidad”... y llaman a la defensa de la patria, de la sangre, de la raza, de los animales, de la tierra; proponen la lucha contra el crimen, contra la corrupción, contra la tauromaquia o contra cualquier otro “enemigo de los intereses generales”, sin mayores esfuerzos intelectuales, sin sueños y sin utopías. Sólo manipulando actitudes fanáticas y desesperadas, pero eso sí: sustentadas en el “respaldo de las mayorías”.

En su conocido texto, Qué es la democracia, Giovanni Sartori establece que “la democracia no es simplemente la regla de la mayoría absoluta y que la teoría de la democracia debe forzosamente encajar, aunque disguste a los impacientes, en el principio de la mayoría moderada: la mayoría tiene que respetar los derechos y la libertad de las minorías”. Este es un principio básico, sustantivo de la teoría democrática que, por supuesto no encaja en las nociones de democracia que interesan a los publicistas y a los demagogos.

Colombia históricamente ha carecido de un auténtico ethos democrático, desde la imposición misma de un credo que, a sangre y fuego, fue implantado desde los tiempos de la conquista y la colonia, llevando a fijar unos consensos coercitivos, pero presentados como de supuesta aceptación mayoritaria, hasta establecer una religión oficial para el Estado, e incluso, llevando a la consagración del país al Sagrado Corazón de Jesús, como símbolo de esa supuesta unidad, de esa uniformidad del pensamiento.

Antonio Caballero, ha escrito en la revista Semana un artículo clamando Por los derechos de las minorías de aficionados a los toros en la ciudad de Bogotá, y señala cómo, “En estos días hemos visto a los antitaurinos militantes fanáticos, frenéticos -y por añadidura desocupados- agresivos y soeces, desencadenados en las redes sociales contra los magistrados de la Corte y, por supuesto, contra los aficionados a los toros: asesinos, los llaman, sádicos, enfermos mentales...” y, asumiendo la conducta proyectiva, propia de las personalidades paranoicas, acusan a los pacíficos aficionados a los toros de incitación a la violencia...

No se trata sólo de la absurda utilización que actualmente se hace de las nociones políticas de “mayorías” y de “minorías”, que nos lleva a recordar que en alguna ocasión, el maestro Estanislao Zuleta, -quien hace ya cerca de 25 años falleciera, dejando un legado intelectual y de cordura política que muchos pretenden olvidar o minimizar- planteó: “Llamemos democracia al derecho del individuo a diferir de la mayoría. A diferir, a pensar y a vivir distinto.En síntesis la democracia es el derecho a la diferencia, la democracia no es la mayoría, la democracia es el derecho del otro a ser diferente”.

Se trata también de analizar ese comportamiento paranoide de los fascistas que pretende transferir al otro, tal vez de manera inconsciente, sus propios delirios. Como lo precisara Freud: “En la paranoia, el reproche es reprimido por un camino que se puede designar como proyección, puesto que se erige el síntoma defensivo de la desconfianza hacia otros; con ello se le quita reconocimiento al reproche, y, como compensación de esto, falta luego una protección contra los reproches que retornan dentro de las ideas delirantes”.

A propósito  Heinrich Himmler, el indiscutido supervisor de los campos nazis de exterminio -y quien era muy sensible a la sangre, tanto que en alguna ocasión llegó a desmayarse porque recibió una salpicadura durante una ejecución- fue invitado en el año de 1940 por el régimen de Francisco Franco, a una corrida de toros en la plaza de Las Ventas en Madrid. Luego del espectáculo, este gran representante de los "animalistas" aseveró que el toreo era, "un espectáculo deleznable y extremadamente sangriento"...

No se si les complazca a los “animalistas”, tener entre sus defensores a personajes de la talla de los jerarcas nazis, si estos son reconocidos por su entrañable amor a los animales o, en todo caso, dado que impulsaron toda una legislación protectora y establecieron un singular berrinche en contra del maltrato animal, se les perdona como algo baladí el hecho de que odiaran hasta llevar al exterminio a algunos insignificantes grupos humanos (judíos, negros, gitanos, comunistas...) y otras “minorías” consideradas inferiores, algo así como “bacterias” que debían ser eliminadas...

Edición N° 00416 – Semana del 12 al 18 de Septiembre – 2014
 
 
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