Profesiones y profesionales. Crítica de los oficios universitarios

  Julio César Carrión Castro
  Universidad del Tolima
   
 

Los mercenarios
(Recortado y adherido a manera de Prólogo)

Al calor del Estado Social de Derecho ha surgido una retícula de “profesionales”, generadores a sueldo del supuesto “bienestar”, galería de “mercenarios” desencadenante de la “adición” a la protección institucional. Médicos y enfermeros, profesores y maestros, jueces y abogados, periodistas,... se acercan al individuo tal “misioneros” y “catequistas” de la nueva religión del Estado, dosificando el despotismo y el paternalismo, la ideología del experto y los discursos del altruismo. Desposeen progresivamente al sujeto de su capacidad de autogestión: autocontrol de la salud, aprendizaje automotivado, autonomía en las relaciones con los demás, elaboración personal de la propia opinión,... Pero acaban también con la comunidad como ámbito organizativo y de resistencia, pasando a cuchillo sus logros: medicina tradicional, educación comunitaria (local, clánica, familiar,...), derecho consuetudinario, ámbitos de reflexión colectiva,...
“Administrados”, la salud, la educación, la justicia y la opinión pública se erigen en los tentáculos del Estado, al mismo tiempo valedores del aparato y garantía de su poder omnívoro. El Estado llega a casi todos los rincones de la sociedad y de la vida cotidiana gracias a esa tropa cínica de empleados. Reclutados para el buen gobierno del territorio social y para el control de las subjetividades (ya aparezcan como “funcionarios”, “para-funcionarios” o embaucadores “liberales”), segregando “ideologías específicas” (“laborales”, “corporativas”) y un particular “verosímil profesional” (“sentido común sectorial” de quienes comparten un desempeño o una función), se aplican todos los días a la preservación de la hegemonía burguesa y de la coerción democrática liberal.

Pedro García Olivo

Citaciones a una audiencia

Como en el conocido poema El sueño de las escalinatas, de Jorge Zalamea Borda, pretendemos armar un alegato e incoar un proceso contra los farsantes, los simuladores, los traficantes y los mercenarios titulados que medran en el medio universitario, utilizando sus títulos y diplomas como patentes de corso e imponiendo su sesgo de retóricas y corrupción, en estos ya maltrechos centros académicos y estudiantiles.

Vamos a reflexionar un poco acerca de los oficios y profesiones que se desempeñan y ocupan en el mundillo académico y universitario.

Se trata de la exposición de algunas opiniones, que pueden resultar incómodas para muchos empleados y docentes universitarios que poseen una visión idealizada y acartonada de sus vidas y de las actividades “laborales” que desempeñan, porque se señalan las incongruencias entre sus ilusiones profesionistas, el chantaje que aplican con sus títulos y credenciales a los estudiantes y a las gentes sencillas que les rodean y esto lo confrontamos abiertamente con una realidad social y política que, simplemente, ubica a estos petulantes funcionarios, “como un ladrillo más en la pared” del derruido edificio de un sistema capitalista decadente y corrupto que ellos representan y defienden.

Rábulas, leguleyos, tinterillos...

Iniciaremos nuestras citaciones a la audiencia, en primer término convocando a los profesionales del Derecho, a los abogados, tinterillos, rábulas y pleiteros que pululan a nuestro alrededor, asumiendo, como dice Fernando Buen Abad, que “no todos (desde luego) pero si muchos “abogados” (demasiados) ingresan, cursan y se gradúan cargando bajo el brazo su cajita de ilusiones mercenarias” y queremos convocarlos ahora que en Colombia y en el mundo, muchas entidades precisamente como las universidades públicas, están cautivas no sólo del círculo infernal de los deshonestos ‘’contratistas’’, sino, sometidas también a esa especie de mafia que constituyen este tipo de abogados y asesores jurídicos, encargados tanto de los trámites legales y administrativos que dan validez a dichos “contratos”, como del direccionamiento general de las universidades. Personajes estos que se han venido apropiando de la vida entera de estas instituciones ya que fungen también como los gestores y organizadores de su desempeño académico, empresarial y laboral.

Son ellos, en última instancia, los encargados tanto de los rumbos académicos y curriculares (ocupando cargos de dirección, como rectores, vicerrectores, decanos, etc.), como de la distribución acomodaticia de puestos y prebendas y, mediante el adecuado manejo de un oportunista “control interno disciplinario”, que constituye una poderosa maquinaria de presión legaliforme que extiende sus tentáculos entre toda la enrevesada maraña de la ”justicia” colombiana, en contra de los trabajadores y de todos aquellos que osen disentir del poder de estos rábulas, tinterillos y picapleitos, que se han tomado las universidades... Insistiremos en esta cuestión hasta escuchar sus alegatos de defensa... porque consideramos asimismo con Jorge Zalamea, que “su demencia corroborará nuestra razón y sus palabras nuestro designio”.

Brujos, médicos y teguas

Damos continuidad a nuestras reflexiones y citaciones sobre los oficios y profesiones en las sociedades contemporáneas y particularmente en el gueto universitario. Trataremos ahora la profesión de médico, bajo las condiciones de una medicina totalmente subrogada a los intereses del capital.

El profesor chileno Adolfo Vásquez Rocca en su texto Nietzsche y Sloterdijk: depauperación del nihilismo, poshumanismo y complejidad extrahumana, sostiene el planteamiento esgrimido por Federico Nietzsche respecto al nihilismo, entendido en su aspecto, pasivo, negativo, como expresión de la mediocridad satisfecha de los últimos hombres, como expresión del triunfo del ideal ascético-religioso y de la mala conciencia, que ha significado la pérdida, al parecer ya irreparable, de los valores de la vida en favor de la metafísica y de las explicaciones transmundanas. Para Nietzsche esta inversión de los valores significa la decadencia general de los seres humanos. El ascenso y agravamiento de la decadencia ha sido garantizado históricamente, por la presencia de los sacerdotes, personajes encargados de promover una moral de esclavos y el odio y el resentimiento contra los valores de la vida. Afirma Nietzsche: “A partir de ahora todas las cosas de la vida están ordenadas de tal modo que el sacerdote resulta indispensable en todas partes; en todos los acontecimientos naturales de la vida, en el nacimiento, en el matrimonio, la enfermedad, la muer- te y acaba por desnaturalizarlos”.

Y el profesor Vásquez Rocca continúa:

Sustituyamos en este fragmento “sacerdote” por “médico” y obtendremos un fiel retrato de la función desnaturalizadora que el Estado terapéutico ejerce sobre la vida cotidiana del “material humano”, especialmente con el desarrollo de la moderna tecnología médica. Nos encontraríamos así ante lo que Thomas Szasz bautizó con la expresión de “teología de la medicina”.

El nihilismo se encuentra estrechamente conectado con la extensión planetaria de múltiples sistemas de orden económico, político o social. Y no por casualidad, tiene como representante característico al “último hombre” amparado bajo el Estado del bienestar en cuyo seno se absolutiza el valor de la salud en la que la figura del médico -en cuanto peón del “Estado terapéutico”- adopta el papel del antiguo curador eclesiástico del alma, ahora reconvertido a la verdad secularizada de la ciencia y capaz de ejercer una función de control y tutelaje de la vida cotidiana de la población: alimentación, higiene, vida sexual, hábitos de uso extramédico de sustancias prohibidas, etc. Asistimos así a una forma contemporánea de desnaturalización de los acontecimientos fundamentales de la vida humana semejante a la que, según Nietzsche, ejerció la ascética, la médica-terapéutica...

Si se tiene la oportunidad de contemplar de cerca un gremio nihilista -no se necesita ni siquiera pensar en un grupo de dinamiteros o en una “escuadra de la muerte”, sino quizás en una reunión de médicos, técnicos o de funcionarios de la burocracia administrativa que se ocupan de cuestiones de su gremio- entonces se podrán observar seguramente muchas cosas, excepto un especial estado enfermizo.

No hay que olvidar lo que significó para los alemanes la participación del médico -en cuanto agente del Estado- en los programas eugenésicos y de exterminio-experimentación del nacionalsocialismo. Las siguientes palabras de Sloterdijk son especialmente significativas:

“Lo que en la medicina de campo y universitaria tuvo lugar entre 1934 y 1945 no delata la casual locura de algunos médicos hacia la ideología del nacionalsocialista, sino que muestra un desnudamiento, fascistamente atrevido, de una antigua tendencia médico-sensorial a la que siempre le pareció que hay demasiados hombres cuyo tratamiento “propiamente” no merece la pena y que más bien son bastante buenos como objetos de ensayo [...] Detrás de las puntas criminales había un gran aparato médico que ya había llevado a cabo un gran trecho de la transformación, paso a paso, de los pacientes en material humano [...] Lo que hoy día tiene lugar con toda tranquilidad, sin ser molestado seriamente por nadie, como investigador de la tortura, como investigación genética y protética, como investigación bélico-farmacológica y biológico militar, porta ya en sí mismo todo aquello que suministrará los instrumentos a un fascismo médico del mañana”.

Peter Sloterdijk nos está recordando que lo que ocurrió en Alemania, en el campo de la medicina, entre 1934 y 1945, no puede ser visto, dice, como una simple especie de locura momentánea que acercó a algunos médicos a la ideología del nacionalsocialismo, sino, explica, que detrás de las picanas y puntas de los torturadores fascistas, se encontraba todo un andamiaje y aparato médico, una tendencia general que busca la conversión de seres humanos en material de “investigación” farmacológica, racial, bélica... situación ésta que hoy no ha decaído, sino que se ha fortalecido, bajo regímenes reputados como “democráticos”, constituyendo una expresión corriente y cotidiana del quehacer de la mafia y el aparato médico que nos rodea.

 “Mafia médica” es como denomina la doctora Ghislaine Lanctot a las grandes empresas farmacéuticas que controlan la investigación, esas estructuras médicas internacionales que monopolizan no sólo las ventas de fármacos y drogas, sino la docencia médica universitaria y que han creado todo un sistema sanitario basado en la enfermedad y no en la salud, que crea y maneja enfermedades y mantiene a todas las personas pendientes de su publicidad, en fin que han convertido la medicina en un negocio supremamente rentable. -¿Y qué papel juega el médico en esa mafia? Se -pregunta-. El médico es -muchas veces de forma inconsciente, es verdad- la correa de transmisión de la gran industria farmacéutica. Durante los muchos años que pasa en la Facultad de Medicina, el sistema se encarga de inculcarle unos determinados conocimientos y de cerrarle los ojos a otras posibilidades. Posteriormente, en los hospitales y congresos médicos, o en el gueto universitario, se les refuerza en la idea de que la enseñanza recibida es la única válida, que sólo tiene sentido la curación subordinada al mandato de las corporaciones. Se les enseña, a pesar de los humildes orígenes de la medicina -como que surgió de la mano de las brujas, los curanderos y los herbolarios- a perseguir todas las demás opciones de confrontación a las enfermedades. No sólo denominan peyorativamente “teguas”, a los tradicionales yerbateros y chamanes de nuestros pueblos aborígenes, los acosan y “judicializan”, sino que, además, denigran -con similar prepotencia a la de los conquistadores y colonialistas-, de todas las culturas ancestrales, de sus tradiciones, rituales y cosmovisiones. Muchos de estos “doctorcitos” incluso promueven la cacería de brujas entre los propios profesionales de la medicina, de aquellos que heterodoxamente se apartan de los supuestos paradigmas establecidos por las transnacionales.

La medicina oficial, la presuntuosamente “científica”, no puede permitir que existan otras formas de curar que no sean serviles al sistema. Y por ende los únicos “médicos” que se aceptan son aquellos igualmente serviles al sistema, es decir, aquellos adiestrados, adocenados, amaestrados con excelencia académica y técnica, que se forman en las universidades, aquellos -no son todos- que acatan el mandato de las farmacéuticas y no los que asumen posturas de confrontación al decadente sistema mercantilista que los forma...

Periódicos, periodistas y plumíferos

Trataremos ahora en esta audiencia de acercarnos un poco al periodismo, una de las profesiones más promovidas, ponderadas y deseadas en el diverso y abigarrado conjunto de ofertas universitarias que se mueven en esta supuesta “sociedad del conocimiento”, que se publicita desde las empresas de la información y la manipulación mediática como una clara actividad “intelectual” desarrollada por escritores comprometidos con una forma particular de comunicación social y de literatura, lo que por tanto les permite, astutamente, discutir, reclamar y hasta exigir, desde organismos internacionales como la tan poderosa como inútil Sociedad Interamericana de Prensa -SIP-, por la “libertad de expresión y de opinión’’, cuando en realidad defienden los intereses de los propietarios de los grandes periódicos y agencias informativas, es decir, de los empresarios de las multinacionales de la “información” quienes, en última instancia son quienes definen el curso de la información, de las noticias y hasta de la “opinión” de todos los plumíferos a sueldo de sus nóminas...

Asumimos la perspectiva explicatoria que acerca del periódico, el periodismo y los periodistas, nos legara Friedrich Nietzsche desde 1872, en el ciclo de conferencias que denominó Sobre el porvenir de nuestras instituciones educativas, obra en la se propuso establecer las principales características de la cultura y de la educación, llegando a la conclusión de que “las escuelas están dominadas por dos corrientes aparentemente contrarias, pero de acción igualmente destructiva, y cuyos resultados confluyen, en definitiva: por un lado, la tendencia a ampliar y a difundir lo más posible la cultura, y, por otro lado, la tendencia a restringir y a debilitar la misma cultura”. Paradójico fenómeno éste de extensión y restricción generalizada de la cultura que Nietzsche atribuye a los dogmas de la economía sustentada en el más pedestre utilitarismo que busca el mayor beneficio, la mayor ganancia con el menor esfuerzo -el dinero abundante y fácil, diríamos hoy- y afirma que “por eso, el auténtico problema de la cultura consistiría en educar a cuantos más hombres corrientes sea posible”.

Bajo el ideario de “formar hombres corrientes”, deprisa para ganar dinero, se establecen los distintos programas escolares, en el conjunto de las sociedades contemporáneas, pero esa “cultura”, fácil rápida es, en última instancia, la barbarie.

Para Nietzsche este tipo de barbarie se origina y tipifica en el especialismo, en la formación de los “especialistas” que son aquellos individuos responsables de la desviación en la cultura, ya que terminaron siendo todo lo contrario de lo que antaño representaban los auténticos sabios, quienes se caracterizaban no sólo por ser ciertamente ilustrados, sino por tener un compromiso activo (de intelectuales integrales, para expresarlo en los términos de Gramsci) con la crítica política y social.

Como lo corrobora el escritor palestino Edwar W. Said, en su texto Profesionales y aficionados, escrito con el propósito de intentar explicar el quehacer ético de los intelectuales, profesores y escritores: “la amenaza particular que hoy pesa sobre el intelectual, tanto en Occidente como en el resto del mundo, no es la academia, ni las afueras de la gran ciudad, ni el aterrador mercantilismo de periodistas y editoriales, sino más bien una actitud que yo definiría con gusto como profesionalismo. Por profesionalismo entiendo yo el hecho de que, como intelectual, concibas tu trabajo como algo que haces para ganar la vida, entre las nueve de la mañana y las cinco de la tarde, con un ojo en el reloj y el otro vuelto a lo que se considera debe ser la conducta adecuada, profesional: no causando problemas, no transgrediendo los paradigmas y límites aceptados, haciéndote a ti mismo vendible en el mercado y sobre todo presentable, es decir, no polémico, apolítico y “objetivo”.

Ahora la labor de los “intelectuales” es del tipo periodístico, consiste en manejar como recadistas o mensajeros unos saberes que no dominan en su conjunto, ya que son ignorantes e incapaces de tratar asuntos ajenos a los de sus especializaciones, son una especie de “lisiados al revés”, como les denominara Nietzsche en su Así habló Zaratustra... personas a quienes les sobra demasiado de algo careciendo de lo demás. Con esta fuga de los intelectuales o pensadores hacia la especialización, se abrió el camino a los periodistas y Nietzsche lo sentenció pro- féticamente:

“Efectivamente, en el periodismo confluyen las dos ten- dencias: en él se dan la mano la extensión de la cultura y la reducción de la cultura. El periódico se presenta incluso en lugar de la cultura, y quien abrigue todavía pretensiones culturales, aunque sea como estudioso, se apoya habitualmente en ese viscoso tejido conjuntivo, que establece las articulaciones entre todas las formas de la vida, todas las clases, todas las artes, todas las ciencias, y que es sólido y resistente como suele serlo precisa- mente el papel de periódico. En el periódico culmina la auténtica corriente cultural de nuestra época, del mismo modo que el periodista -esclavo del momento presente- ha llegado a substituir al gran genio, el guía para todas las épocas, el que libera del presente”.

Hoy nos encontramos con que las instituciones universitarias forman los periodistas, para satisfacer el mercado de esa mediocre pseudo-cultura actual, obsecuente a los poderes establecidos, distorsionadora de los hechos y de la historia, simuladora, consumista y farandulera, que caracteriza este periodo de decadencia y catástrofe que representa el capitalismo tardío ...

Rebaños, pastores, escuelas y maestros

Cerraremos esta parte de nuestro alegato, a caballo sobre el texto Normas para el parque humano de Peter Slotedijk, preguntándonos en esta época marcada por el rotundo fracaso de la escuela, (que originariamente fuese publicitada para la realización de los intereses emancipatorios y la defensa y promoción de los derechos humanos, como escandalosamente lo estableció la Ilustración), cuando la generalizada decadencia se pretende ocultar tras la metafísica de lo fugaz, de lo evanescente y deleznable, imponiendo la estetización de las mercancías, la dependencia del mundo de la vida al consumismo y la cultura del espectáculo; cuando lo mercantil es equivalente a lo político, y el progreso técnico e instrumental implica la devaluación de lo humano, como lo predijera Marx, en fin, en esta desafortunada coyuntura nihilista, en la decadencia total del proyecto ilustrado y demoliberal, en esta dialéctica de modernidad y barbarie, en este período de desintegración total, de carencia de brújula y de orientación, nos preguntamos:

¿Qué amansará al ser humano, si fracasa el humanismo como escuela de domesticación del hombre?¿Qué amansará al ser humano, si hasta ahora sus esfuerzos para autodomesticarse a lo único que en realidad y sobre todo le han llevado es a la conquista del poder sobre todo lo existente?¿Qué amansará al ser humano, si, después de todos los experimentos que se han hecho con la educación del género humano, sigue siendo incierto a quién o a qué educa para qué el educador?¿O es que la pregunta por el cuidado y el modelado del hombre ya no se puede plantear de manera competente en el marco de unas simples teorías de la domesticación y de la educación?

Sloterdijk nos enseña cómo muy temprano en Occidente la idea de la domesticidad y el amaestramiento constituyó la base de la propuesta ilustrada, desde la Paideia griega hasta el movimiento intelectual de la Ilustración. Ya Platón en su diálogo El político y luego en La República, propuso establecer una serie de normas de comportamiento humano, una especie de pastoreo urbano.

Desde Platón en realidad toda reflexión política es una reflexión sobre las reglas de manejo de un parque humano. La ciudad es vista así como un zoológico. La política no cumple función distinta al establecimiento de normas para ese parque humano. Platón trabaja una metáfora de pastores y rebaños que culmina en el lo- gro de la autorregulación ciudadana del tejido estatal. Se trata de alcanzar una regulación entre la osadía y la sensatez, de alcanzar la concordia, la amistad, el “bien-estar” la hospitalidad. Posteriores biotecnologías, como las escuelas, los liceos y los gimnasios burgueses o, más extremas como la eugenesia fascista, han intentado alcanzar esa concordia, ese “bienestar”. Con ese propósito se han construido gran diversidad de parques temáticos: eclesiásticos, escolares, oficiales, privados, urbanos, rurales, regionales, nacionales, hasta llegar a los campos de concentración y de exterminio auto-administrados para regular, en todo caso, al animal humano. No hay nada más horroroso, (como lo afirma Pedro García Olivo) que la conversión de cada ciudadano en policía de sí mismo, como se ha logrado ya en el demofascismo contemporáneo, bajo el decisivo influjo de la escuela.

El Estado es el cuidador por excelencia de ese zoológico, con antropotécnicas políticas encargadas de dirigir y orientar por el camino de la mansedumbre al rebaño pedestre y los maestros los rutinarios encargados de alcanzar esa mansedumbre, esa obediencia... El arte del pastoreo consiste en dirigir con una política de cría y mansedumbre la reproducción, de tal manera que la “libre voluntad” no se atropelle, es decir, guardando las apariencias del “derecho” y de la “democracia”, invisibilizando el aparato de coerción y explotación. Se trata de conjugar la fortaleza guerrera con la prudencia filosófica humana, sin prelación de una de ellas. Para Platón el pastor por excelencia es Dios, pero a continuación afirma que el mejor criador y custodio es el sabio que pastorea bajo la guía y orientación de Dios.

Cuando ya el asustador Dios se ha retirado y los sabios guardianes y criadores parece que también han dimitido, nos quedan los maestros que, simulando sapiencia, operan bajo sus enseñanzas, sus escritos, sus libros canónicos convertidos en objetos de archivo (muertos en los sótanos muertos de la cultura) nos lo reafirma Sloterdijk.

El texto Normas para el parque humano, ha generado una amplia controversia en torno al tema del humanismo asumido como paradigma del proyecto civilizatorio en Occidente, porque en realidad éste ha sido reducido a un proyecto de deshumanización y animalización integral del hombre, bajo la consigna del imperio de “la inteligencia” y con el permanente apoyo de las fuerzas bélicas y mercantiles y de la mano siempre de sacerdotes y maestros...

Las peripecias históricas del concepto “inteligencia” (señaladas por Hans Magnus Enzensberger en el artículo En el laberinto de la inteligencia. Una guía para idiotas) han llevado a fortalecer orgullosamente la distinción frente a los demás animales, “como si la evolución, con excepción de nosotros, sólo hubiera atinado a crear seres deficitarios dignos de compasión”. Está orgullosa perspectiva condujo, a la fijación de absurdas jerarquías de “inteligencia” entre los seres humanos. Jerarquías que se corresponden con las establecidas por los patrones culturales eurocéntricos, elaborados bajo las diversas convicciones político-religiosas, colonialistas, racistas y clasistas que han impuesto su hegemonía y dominio en diversas regiones y momentos y que lograron una mayor fundamentación teorética gracias a la intervención de aparatos ideológicos puestos a su servicio y, muy especialmente, a partir de la introducción de la escuela y los maestros, como mecanismos centrales para el logro de la obediencia y la subalternidad.

Federico Nietzsche, en Así habló Zaratustra, desde un materialismo radical ubica al hombre entre los animales, pero señala la posibilidad para la superación tanto del animal, como del hombre mismo.

Freud, en El malestar en la cultura, afirma: “El verdadero problema del destino de la especie humana está, me parece, en la respuesta a esta pregunta: ¿Logrará el desarrollo de la cultura dominar el mal funcionamiento de la vida comunitaria entre los hombres, mal funcionamiento que está determinado por el instinto humano de agresión y autodestrucción y en qué medida lo logrará?”. Y en esa lucha cósmica entre las fuerzas de la destrucción y del mal -Tánatos- y las fuerzas de la afirmación de la vida -Eros-, se nos propone apostar por la vida y por la dignidad del hombre.

En estos tiempos en que el mero sobrevivir constituye el principal quehacer de las mayorías explotadas o excluidas, cuando la barbarie civilizada se apodera del mundo, siendo notoria la pedagogización de la vida, pero no en torno de los intereses emancipatorios, sino del mero acomodamiento y la docilidad, bien vale la pena el esfuerzo significativo de rescatar esas palabras de los sabios, esos escritos muertos y sepultados en la fosa común de las ideas, en los archivos muertos de la historia y de las utopías. Rescatarlos de manos de la escuela y los maestros...

Sloterdijk nos propone, entonces, rescatar el inconsciente estético de la humanidad, como un nuevo proyecto esclarecedor del humanismo. Ante la contemporánea crisis de los humanismos es indispensable profundizar -como lo exigía Nietzsche- en el sentimiento dionisiaco de la vida. Fortalecer la cultura impulsando el sueño de la más auténtica realización humana; unas nuevas normas y tecnologías genéticas que orienten el restablecimiento de la dignidad de hombres curados de su condición de rebaños, de su profunda animalidad y hasta quizá de ser “humanos, demasiado humanos”.

Edición N° 00418 – Semana del 26 de Septiembre al 2 de Octubre – 2014
 
 
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