Lamento por los goliardos

  Julio César Carrión Castro
  Universidad del Tolima
   
 

La incesante búsqueda de la insolencia perdida

Fragmentos del texto editado como separata de la Revista Aquelarre del Centro Cultural de la Universidad del Tolima.

En los orígenes del modo de producción capitalista, la mentalidad revolucionaria de la naciente burguesía buscó superar, suprimir o sustituir, el enorme poder del diablo y de su reino -el submundo infernal-, con que amenazó la Iglesia, durante la prolongada dictadura espiritual que ejerció en la Edad Media europea, metiendo pavor y espanto a todas las criaturas bajo su mandato. Burlarse del poder del demonio y de sus atributos, fomentando otras formas de pensar la vida, fue la ardua tarea que emprendió esa originaria burguesía, transformadora e insurrecta. Tarea a la que lamentablemente renunció, y que, por ello mismo, ha sido marcada por el más rotundo y contundente fracaso…

La separación secular y profana de los asuntos divinos, que emprendió la burguesía, como clase social emergente, frente a las arraigadas tradiciones metafísicas y religiosas que por largos siglos sostuvieron las arcaicas, patriarcales y anticuadas mentalidades que caracterizaron todo el período feudal y la Edad Media, tuvo varios frentes de actividad y varias etapas, fases o momentos, como lo analizara José Luis Romero en su Estudio sobre la mentalidad burguesa, obra en que explica cómo en el seno de la propia sociedad feudal y señorial se fue estructurando la mentalidad burguesa, en sus comienzos tímida y medrosa, con complejo de inferioridad frente a la aun poderosa mentalidad cristiano-feudal, pero más tarde estas expresiones serían exuberantes y vigorosas hasta llegar a confrontar abiertamente a la Iglesia, soporte indiscutible no sólo de la doctrina cristiana, sino, de las relaciones sociales vigentes durante el largo período de la Edad Media.

Música, pintura y literatura, eróticas y libertinas

La nueva clase social, buscando establecer una diferente concepción del mundo y de la vida, ensayó inicialmente una confrontación abierta y descarada a la mentalidad aldeana, caballeresca, cortés y solapada de las sociedades cristiano-feudales, con claras intenciones de revolucionar los espacios cotidianos y los comportamientos rústicos y rutinarios de campesinos y villanos, con propuestas que tenían un carácter marcadamente mundano, placentero, lascivo y gozoso.

Propuestas que se expresarían, en los comienzos del modo de producción capitalista, con la introducción de novedosas formas de carácter libertino, en las artes plásticas, en la música y en la literatura, que llegaron incluso a amenazar con la adopción de otras relaciones de convivencia y comunicación, basadas en extremismos licenciosos, eróticos y concupiscentes, que confrontaban las tradiciones y costumbres fijadas por los poderes civiles y eclesiásticos, como claramente lo mostrarían obras pictóricas como el “Combate entre el carnaval y la cuaresma” -1559- de Pieter Brueghel el Viejo, o como se puede detectar, en la labor de los llamados goliardos o clérigos vagabundos y estudiantes de las nacientes universidades que deambulaban por los campos y los incipientes centros urbanos, manifestando el rechazo a las autoridades establecidas, y fomentando las posibilidades de llevar una vida libertina, disipada y de relajamiento mediante la burla a los valores y a la moral sancionada.

En los recién establecidos ambientes universitarios de toda Europa, convivían en compañía de los escolares, estos monjes libertinos que buscaban, en la ebriedad y la bohemia, la libertad de amar que les era impedida por la Iglesia, por las rigurosas normas morales impuestas por la religión oficial. Este sector de clérigos rebeldes, abiertamente repudió y se burló de la estructura moral que se basaba en un dualismo absoluto entre el Alma y el Cuerpo, que de manera hipócrita promulgaba como imposible ceder a las tentaciones de la carne y el demonio.

Estos indóciles monjes, en su fuerte enfrentamiento al statu quo, sabían que se exponían a los más despiadados castigos inquisitoriales. Con el irrespeto a los valores consagrados, con su incitación constante al consumo del vino y la cerveza, con la celebración de mundanos espectáculos teatrales, con la irrefrenable alegría de los carnavales, con la promoción del amor libre y sin tapujos, y con sus debates públicos, exponían sus vidas, en las plazas, las iglesias, las aulas y las tabernas. En singulares justas retóricas, se enfrentaban estos goliardos y predicadores ambulantes, con los clérigos oficiales a quienes les demostraban no sólo un amplio conocimiento de las artes liberales, sino que eran grandes conocedores de los libros sagrados y exigían a las jerarquías, una explicación más sensible y humana de estos textos.

Las expresiones lúdicas como el baile y la risa, dejarían de ser de carácter secreto y vergonzoso. Los carnavales y las fiestas, como patrimonio irrenunciable de los pueblos, de las comunidades, pasarían a ser del interés no solo de los sectores populares, sino, ahora, de todos los estamentos, gremios y clases sociales que podían participar en ellos.

Esta especie de epifanía del amor, de la fiesta, del juego y de la risa, se puede rastrear en los cárminas o cánticos medievales (la palabra cármina viene del latín cármĕn-inis: canto, cántico o poema) que elogiaban el juego y la fortuna, el vino, la taberna y los burdeles y asumían que la felicidad y la prosperidad provendrían del rechazo a los anticuados valores que se fiaban en lo sobrenatural y milagroso y proponían como indispensable para el logro del supremo bien, -el paraíso supramundano- no la castidad y la virtud, sino la efusión erótica y los placeres terrenales.

Se conocen varias de estas colecciones de poemas, cancioneros o cárminas, con los que los goliardos (goliardi) y clérigos vagantes (clerici vagantes) expresaban su inconformismo. Se trata de un conjunto de atrevidos poemas, escritos principalmente en Latín, entre los siglos XI y XIII en el occidente de Europa y que llevan sus nombres por los monasterios en que fueron hallados dichos textos en Alemania, Francia, España o Inglaterra, como el Carmina Cantabrigensia (conservado en un manuscrito de Cambridge), el Carmina Rivipullensia (poemas del monasterio de Ripoll en España) o el afamado Carmina Burana (poemas de Bura, nombre latino del monasterio alemán de Beuren)...

El manuscrito de los Carmina Burana fue escrito a mediados del siglo XIII. Está compuesto por una colección de más de 300 rimas, escritas en su mayoría en latín, con pequeñas partes en antiguo provenzal y en alemán corriente, las cuales se conservan en la biblioteca de Múnich. De este abigarrado conjunto, el compositor alemán Carl Orff (1895 – 1982) escogió las 24 canciones que hoy se conocen.

Todos estos poemarios o Cárminas, enfatizan en la crítica al poder político y eclesiástico, que para la época estaban completamente fusionados -simbiosis y amalgamamiento Estado-Iglesia, que en muchas latitudes, particularmente en España y en la América Latina, ha permanecido prácticamente inalterado, a pesar del paso de los siglos- no obstante, los poemas se centran principalmente en la alegría que provocan los placeres terrenales, el juego, el vino, el amor carnal -es decir, el sexo, la lujuria-. Su encanto estriba en esa convocatoria al amor y a los placeres, sin tapujos y sin hipocresía.

Los triunfos de la carne

Se percibía, no sólo en estos cantos o cárminas, sino en los más diversos productos intelectuales de la época, tanto los irrefrenables deseos amatorios, gozosos, lujuriosos, como el impulso antiautoritario y anticonformista de este movimiento cultural y político caracterizado por la insumisión y la insolencia, que irradió durante la primera fase la naciente burguesía... Por ejemplo con la literatura de Giovanni Boccaccio (1313 – 1375), “el exaltador de los triunfos de la carne”, quien con su obra El Decamerón, que se empezó a publicar en el año 1348, habría de mostrar los ideales, valores y “virtudes” de la nueva clase social: el espíritu de empresa, la ambición de ganancia, el interés de lucro, el utilitarismo, la respetabilidad sustentada en la solvencia económica y no en la nobleza, ni en la sangre, ni en la tenencia de la tierra; valores y virtudes con los cuales la orgullosa burguesía, sintiéndose económicamente segura, confrontó la moral y la disciplina, el modo de vida medieval, forjado por el cristianismo.

También el Libro del buen amor de Juan Ruiz de Alarcón, el Arcipreste de Hita (1284 – 1351), escrito en España a mediados del siglo XIV, contiene, además de imágenes y semblanzas de la vida medieval, todo un repertorio de situaciones picarescas y personajes curiosos, que plantean en su devenir, una dura crítica a la sociedad de su tiempo; exalta el erotismo, las pasiones amorosas y el deseo sexual, a pesar de su revestimiento didáctico y moralista, su intencionalidad real es confrontar las falsas apariencias, la hipocresía social, los patrones culturales, los modelos de comportamiento y las rigideces de la moral y las costumbres medievales. Igualmente, los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer (1343 – 1400), quizá la primera obra escrita propiamente en el idioma inglés, siguen la pauta establecida por El Decamerón y el Arcipreste, poniendo en entredicho muchas costumbres e instituciones reputadas como ilustres, famosas e inamovibles, con expresiones no sólo humorísticas, lúbricas, licenciosas, sino consideradas hasta pornográficas y obscenas.

Este tipo de expresiones humorísticas, lúbricas, licenciosas y hasta pornográficas, llegarían a mayores niveles posteriormente, en la Italia renacentista con elevados representantes como Pietro Aretino (1492 – 1556), uno de los escritores más osados en la confrontación a la moralina religiosa y feudal que caracterizó a la Edad Media.

Pietro Aretino, con un lenguaje obsceno y descarado, pero no exento de belleza literaria, fustigó las cotidianas maneras de vivir y de pensar de sus contemporáneos y enfrentó irreverentemente la dignidad de prelados, magistrados y monarcas… En sus obras críticas y lujuriosas (“La cortesana”, “Diálogos amenos”, “Sonetos lujuriosos” y otras) se muestra el amplio panorama de intrigas, chantajes, conspiraciones, falsos atributos y reconocimientos que saturaban el mundillo político, clerical y cortesano de su época, puso en evidencia la falsedad y la reputación simulada de muchos personajes encumbrados; en general señaló la “lagartería” de la vida cortesana presente en la sociedad civil de su tiempo, así como la vida oculta de los representantes del clero, en monasterios y conventos, con las “actividades” eróticas y lujuriosas de las monjas y los frailes. Sus Sonetos lujuriosos son desvergonzados cantos de amor que no se detienen en pequeñeces moralistas...

El tema de la secularización y la llamada apertura hacia la modernidad, del que luego se arrepentiría la burguesía, se inicia con este tipo de obras lujuriosas y profanas que buscaban picarescamente relajar los temores, la disciplina y la moral vigentes, imponiendo la satisfacción burguesa y los ideales del ocio y de la buena vida en torno a las locuras del amor y del placer, como una exuberante y mordaz crítica a las imposiciones religiosas...

Validez de una filosofía goliárdica

...Frente al fracaso, al desencanto, a la desilusión reinante, al estancamiento de la teoría, al ocaso de esa falsa conciencia impuesta al mundo por la fuerza de las armas y de las escuelas, Peter Sloterdijk, en su libro Crítica de la razón cínica propone como alternativa, de nuevo la “búsqueda de la insolencia perdida”, la burla a la falsa seriedad de la historia, de la filosofía y de la vida, y contra los absurdos morales de una civilización que niega al hombre, nos plantea la necesidad de un existencialismo crítico y de una conciencia satírica que corte de plano con todas esas nociones falsas de “respetabilidad” impuestas, por las ideologías eurocéntricas.

Dice Sloterdijk que “en la historia de la insolencia, además de la ciudad, son tres las instituciones sociales de jocosa terquedad que desempeñan un papel: el carnaval, las universidades y la bohemia”. En el carnaval los pobres daban vida a sus sueños, con sus días locos, con la jocosidad, la obscenidad, la ebriedad y la burla a la racionalidad; las universidades eran el nicho de la inteligencia goliárdica, más allá de la triste pedantería que hoy las caracteriza y, la bohemia, de aparición más reciente; dio mayores posibilidades al arte y constituyó un elemento de descarga y de regulación psicosocial. Pero a continuación señala que, contra la fiesta, el carnaval, la bohemia y los comportamientos golíardicos, hoy conspira “una inteligencia cansada, esquizoidemente desalentada, (que) juega al realismo, al emparedarse a sí misma reflexivamente en los duros acontecimientos”.

Socialmente se considera la insolencia como una conducta inapropiada que, por ello mismo, debe ser repudiada, sancionada u ocultada, tras el manto de “las buenas maneras”.

El diccionario de la real academia de la lengua española (RAE) define la insolencia como un término proveniente del latín Insolentĭa y tiene las siguientes acepciones: 1. Atrevimiento, descaro. 2. Dicho o hecho ofensivo e insultante y 3. Acción desusada y temeraria. Son sinónimos de “insolencia”: atrevimiento, procacidad, desfachatez, temeridad, audacia, y antónimos: Respeto, miramiento, consideración, fidelidad, deferencia, veneración, acatamiento.

La insolencia se refiere, pues, a aquellos comportamientos humanos que se sitúan por fuera de las llamadas “reglas sociales establecidas”, empleando “lenguajes inapropiados”, la burla, los insultos o la injuria, como elementos de confrontación a situaciones o personas consideradas “respetables”, “sagradas” e “intocables”.

Frente al irrespeto y la insolencia, las personas o los representantes de las instituciones “ofendidas”, siempre exigen lenguajes y comportamientos positivos basados tradicionalmente en: la humildad, la cortesía, la cordialidad, la dignidad, cuando no en la ponderación y la paciencia; más recientemente -como expresiones más cercanas a la “modernidad”-, se reclama moralidad, urbanidad, tolerancia, civilidad o civismo...

No obstante existe una contracorriente cultural subterránea que ha continuado reproduciendo la capacidad de penetrar las tradiciones, las normas, los lenguajes, los signos que sustentan el poder. Se trata de un movimiento (casi siempre espontáneo y desarticulado) que prolonga y perpetúa el quehacer insolente, rebelde, opositor, obsceno, erótico y procaz que antaño utilizaran los goliardos; que promueve -contra el imperio de la “cordura” y de las reflexiones exclusivamente “racionales” e “ilustradas”- otra forma de saber, no objetual, no instrumental; si se quiere gestual, sentimental; un “conocimiento vivencial”, ese que Orlando Fals Borda denominara de índole “sentipensante”.

Ante la crisis existencial e ideológica reinante, pareciera que renace una visión del mundo muy distinta de la transmitida por culturas opresoras. Contra todas las ciencias, saberes y comportamientos fetichizados y alienantes se podría formar una nueva corriente del pensamiento en donde, como lo expresara Fals: “En fin, lo macondiano universal combate, con sentimiento y corazón, el monopolio arrogante de la interpretación de la realidad que ha querido hacer la ciencia cartesiana, objetivista, instrumental...”

Para Sloterdijk, en las sociedades actuales, se vive un sentimiento de conformismo y de plácida amargura que, a la vez que niega los sueños y las esperanzas, destruye la memoria, porque se ha entrado en una especie de seriedad organizada que cerró las posibilidades a la insolencia y a la jovialidad que propiciaran los críticos del statu quo. El carnaval, las universidades y la bohemia, que en su momento lideraron la insolencia histórica y social a todo lo dispuesto como “sagrado”, oficial, autorizado o sancionado, irremediablemente han perdido su eficacia, porque las ciudades -que antes amparaban a estos jocosos subversivos- ahora “se han convertido en masas amorfas, donde extrañas corrientes alienadas transportan a los hombres a los diferentes escenarios de sus intentos y fracasos de vida”. Hace ya tiempo que el carnaval no significa ‘mundo al revés’, sino huida de la horrenda cotidianidad; la bohemia, (ese apartamiento de las normas, de lo convencional; la taberna, el garito, la holgazanería, el burdel…), ya no tiene el sentido de burla e insatisfacción, quizá marcada por la impronta de esos simuladores y farsantes que se “preparan” en el mundillo académico y universitario. “Por lo que respecta a la universidad ¡mejor no hablar!” -dice Sloterdijk-: El cinismo y la pedantería entraron a sustituir la insolencia de la inteligencia goliárdica que desde la Edad Media tardía caracterizó a estos centros de estudio, hoy reducidos, bajo el slogan de vivir en una supuesta “sociedad del conocimiento”, a la curricularización del mundo y de la vida y a la torpe administración de aburridas cotidianidades, en pos de un título universitario.

Tomando en cuenta la validez de la risa, del insulto y la insolencia, tenemos que ocuparnos en buscar nuevos métodos, frescos y alegres, diferentes de los impuestos por los dogmas y sus solemnes tesis sobre racionalidad, autoridad, respeto y monopolio de la verdad. Tesis que lamentablemente constituyen el centro de la crisis actual.

Agotadas las reservas, tanto del optimismo ilustrado, como del descontento popular e intelectual, la moderna conciencia infeliz de la gente desilusionada, desinteresada, desarrolla en estas sociedades académico-universitarias, una especie de marcha fúnebre que, no obstante, es cínicamente presentada como una marcha triunfal.

La propuesta de Sloterdijk es rescatar el inconsciente estético de la humanidad, como un nuevo proyecto esclarecedor del humanismo. Ante la contemporánea crisis de los humanismos es indispensable profundizar -como lo exigía Nietzsche- en el sentimiento dionisiaco de la vida...

Edición N° 00425 – Semana del 14 al 20 de Noviembre – 2014
 
 
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