La revolución de las pequeñas cosas1

  Sandra Campos 2
  Abogada, Politóloga
   
 

- Mamá, no me gusta la guerra, no entiendo por qué hay pobres y niños que mueren de hambre… ¿Es verdad que el planeta está en peligro? ¿Y si nos quedamos sin planeta, a dónde nos iremos a vivir todos los Seres Humanos? ¿Tú crees que podemos hacer algo?

- Bonita, cuando me llegas con todas esas inquietudes me conmueves el alma, miro a la distancia y agradezco la vida que nos ha tocado en suerte. Tú y yo, por los azares del “destino”, vivimos en una ciudad hermosa, sin guerras, con tristes muestras de pobreza, pero no con los niveles que hay en otros lugares del mundo, enmarcada entre el mar y la montaña, con mucha gente sensibilizada construyendo caminos alternativos. Claro que podemos hacer algo, te explico algunas cosas que se me ocurren ahora:

- Lo primero que debemos hacer hija mía es estar “agradecidas” con lo que somos y con lo que tenemos, y ser conscientes de que, aunque a veces tengamos momentos difíciles, hay más de cuatro mil millones de seres humanos que viven en condiciones muy duras... Por lo tanto la primera práctica que debemos hacer es “la gratitud”, sin confundirla con la resignación, la impotencia, la apatía o con nuestra falta de responsabilidad en ayudar a cambiar las cosas.

- Creo que la segunda cosa que debemos hacer es comprometernos con nosotras mismas en “aportar nuestro grano de arena para ayudar a cambiar el mundo” dejando a un lado la pasividad, la comodidad, la pereza… Cuando pienso en los niños que sufren en el mundo por diferentes razones, mi corazón se encoge en un movimiento de sístole- tristeza, pero luego, gracias al amor que siento por la Vida y por ti como manifestación de ella a través de mis entrañas, surge de mi interior toda la fuerza que tengo, es como una especie diástole imparable, y con mucha ilusión me muevo tanto como puedo para contribuir con nuestro esfuerzo en este trabajo colectivo de hacer las transformaciones que sean necesarias.

- En tercer lugar me viene a la cabeza, mi pequeña, una invitación para cada día y para todos los días, sencillamente hacer con nuestros gestos y acciones cotidianas la “gran revolución de las pequeñas cosas”, que aunque parezcan insignificantes desde una perspectiva planetaria, creo que con la sumatoria e interrelación de todos estos gestos y acciones menores, haremos entre todos los grandes cambios. Así ha sucedido a través de la historia y no veo por qué ahora no lo podamos hacer.

- En la revolución de lo pequeño podemos participar todos, porque es una revolución interior, silenciosa, pacífica, cotidiana y amorosa, la cual necesariamente nos llevará a las grandes revoluciones, es decir, a los grandes cambios globales.

- En esa implicación en la revolución de las pequeñas cosas hay un aspecto relevante y determinante, a saber, vincularla a valores diferentes a los habitualmente practicados, teniendo presente que no sean dañinos para nosotros, ni para los demás ni para el planeta, por ejemplo:

- Cambiando el egoísmo por la solidaridad, la cooperación, la compasión, el amor por los otros;

- Cambiando la competencia por la fraternidad, la colaboración, la cooperación, la ayuda mutua, comprendiendo que todos somos hijas/os de la Tierra y que, por tanto, somos hermanos, y como tal debemos cuidarnos los unos a los otros porque todos formamos parte de esta gran familia humana que habita en este planeta;

- Cambiando la irresponsabilidad en las cosas que hacemos por la responsabilidad con todas y cada una de nuestras acciones;

- Cambiando la desidia y la apatía por una pro actividad comprometida; y,

- Cambiando el individualismo a ultranza por el cultivo de la individualidad creativa que conduce a la singularidad irrepetible de cada persona.

Otra cosa muy esencial que podernos hacer, tiene que ver con la nueva generación de Seres Humanos que estamos formando: hacer todo lo posible por educarlos en un modelo de mentalidad diferente al dominante, con valores y referentes de convivencia en armonía con nosotros, con los otros y con el planeta a fin de no volver a reproducir en nuestros hijos, la mayoría de veces sin darnos cuenta, los errores que nos han llevado a la actual crisis.

Hija, sé que me dices que soy una “pesada” porque no te dejo ver todas las horas de pantalla que te gustaría en la tele, el Ipad, el móvil, y en lugar de eso te propongo otras actividades más divertidas e instructivas; porque no te dejo comer todas las golosinas, galletas, helados, chuches que te gustaría y en su lugar te voy animando a que comas frutas y alimentos que no hagan daño al cuerpo humano; porque no te dejo tomar gaseosas mientras te explico que no quitan la sed y que por el contrario van dañando las células del cuerpo; porque te digo que te sirvas en el plato sólo lo que realmente vas a comer y cierres el grifo cuando no necesites agua pues no tenemos derecho a desperdiciar la comida y el agua sabiendo que millones de personas están muriendo de hambre y sed; porque te sugiero que no compres lo que no necesitas ni puedas disfrutar, pues no tiene sentido ni favorece a nadie despilfarrar recursos y esfuerzos de todos; porque no te permito hacer cosas de nena más grande en relación a la edad que tienes, evitando así que te conviertas antes de tiempo en una consumidora compulsiva de cosas que no necesitas ni corresponden a tu edad; porque no te dejo ver tranquila a la Barbie y te voy dando mis opiniones al oído, aconsejándote que no pretendas parecerte a “ella” ni a la Violeta porque no son referentes reales sino imágenes creadas para el consumo, e insistiéndote en que nunca dejes de ser tú misma porque ahí radica tu fuerza y tu belleza, las cuales se pierden cuando las personas comienzan a copiar a otras y dejan de ser ellas mismas; porque te insisto en que recicles en casa, en el colegio, en la calle; y sigue la lista…

¡Si hija, claro que tienes razón! Soy una “pesada” y una “machacona”, pero luego cuando te veo pensando, diciendo y haciendo “otras cosas” con una sensibilidad plena de solidaridad por los demás, de sabiduría de la vida, de inocencia, de belleza, y todas ellas plenas de amor, mi alma se vuelve a conmover y siento alegría al ver cómo, acertadamente, con pequeños gestos estamos ayudando a cambiar el mundo.

Es verdad que el mundo no lo cambiamos nosotras, pero también es verdad que no cambiará sin el aporte constructivo de cada uno de nosotros. Por eso es importante que hagamos un cambio de consciencia, que entendamos que la responsabilidad es de todos y que asumamos nuestro compromiso con ello. Si todos los padres y madres formáramos en un nuevo modelo de mentalidad a nuestros hijos e hijas y no replicáramos en ellos los parámetros de vida y de consumo en el cual nosotros nacimos, ya estaríamos haciendo un gran aporte a la Humanidad y al planeta. No dudo que al sumar cientos y miles de niñas y de niños con nuevos valores y actitudes ante la Vida, estaremos cambiando el porcentaje de población mundial consciente, y entonces muchos más estaremos trabajando en la revolución de las pequeñas cosas. Ciertamente, el cambio se hace sumando y multiplicando, no restando ni dividiendo.3

1 De la serie “Cuentos para padres y madres antes de que se duerman” de Sandra Campos.

2 Master en proyectos de ciudad de la Universidad de Barcelona. Directora de la Asociación IMAGO www.imagocatalunya.org y madre.

3 Editor: Orlando Aguilera Martínez.

Edición N° 00426 – Semana del 21 al 27 de Noviembre – 2014
 
 
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