La pertinaz presencia del demonio

  Julio César Carrión Castro
  Universidad del Tolima
   
 

La noción del Mal, que antaño se representaba mediante la poderosa y escalofriante figura del diablo y que metafísicamente constituía un elemento de controversia y debate entre los filósofos y los teólogos, incluso superando toda la reiteración literaria, ha adquirido un particular interés no exento de abstracciones teóricas, a partir de los análisis y las tesis expuesta por Hannah Arendt, referidas a la denominada “banalidad del mal”. El mal, ente metafísico que ha acompañado por miles de años el devenir histórico de Occidente, pareciera que cobra otra eficiencia y una nueva vida, ahora de carácter pragmático.

La teología siempre intentó explicar la existencia del mal, acudiendo a la teoría de la existencia incuestionable de un Dios bueno. Tanto la filosofía judía, como la cristiana, atribuyen el mal a la acción directa de la voluntad humana, que fue creada libre por Dios. El mal es, entonces, una violación a la ley de Dios por parte del hombre y en última instancia por influencia de ese personaje metafísico, inframundano, llamado Satanás.

Apartándonos de la hipótesis teísta, para tratar de explicar racionalmente el problema del mal, aceptando solamente hipótesis naturales y sociales, se podría ensayar un diálogo crítico con referencia al pensamiento contemporáneo, entendiendo que lo que se considera “el mal” posee raíces culturales, sociales, económicas y políticas. Sería este un ejercicio teórico y político que debe significar, por supuesto, la superación de todo optimismo metafísico, rebasar la idea de que nos encontramos en “el mejor de los mundos posibles”, como ya fue confrontado de manera profundamente crítica por Voltaire, que descartó mordazmente, tanto el desbordado optimismo metafísico de Leibniz y de Wolff, como el de muchos de los enciclopedistas que predicaban el poder invencible de la razón y la confianza en el progreso que anhelaban, sustentados en las que consideraban infinitas posibilidades de la ciencia y la tecnología.

En gracia de esta discusión y partiendo de la aceptación de que el mal existe al igual que existe el bien, aceptando también, que en líneas generales sabemos qué significa hacer el bien o hacer el mal, habría que modificar el cuestionamiento filosófico: se trata, específicamente, de averiguar ¿de dónde proviene el mal sociológico, la maldad humana?

Hannah Arendt en su libro “Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal”, luego de analizar, durante el juicio realizado a este criminal, las diversas situaciones y circunstancias reveladoras del holocausto nazi, de ese proceso de matanza administrada que comprometió a toda la sociedad alemana, llega a la desgarradora conclusión de que, “Eichmann no constituía un caso de enajenación en el sentido jurídico, ni tampoco de insania moral”, que “precisamente hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”. Asimismo, que la inmensa mayoría del pueblo alemán creía en Hitler, que eran plenamente conscientes de los lineamientos estratégicos de sus líderes y que confiaban en sus planes para la realización histórica de su destino como pueblo, que todos los jerarcas nazis encargados de este proceso masivo de exterminio, que eufemísticamente denominaron “la solución final”, poseían títulos universitarios, y que “la maquinaria de exterminio había sido planeada y perfeccionada en todos sus detalles mucho antes de los horrores de la guerra…”. Incluso, asevera Hannah Arendt, algunos judíos, como obedientes ciudadanos cumplidores de la ley, colaboraron eficientemente en proyectos de construcción de cámaras de gas. En conclusión, dice, que todo este proceso criminal se cumplió bajo el ordenamiento jurídico y legal, de un Estado que asumió el crimen como un deber, y como fundamento de realización de su proyecto histórico.

Aunque este estudio no se presentó como un tratado sobre la naturaleza del mal, si buscaba explicar las consecuencias deshumanizantes que tiene la conversión de los seres humanos en simples “ruedecillas de una maquinaria administrativa” que les lleva a la total trivialización o “banalización” del genocidio, lo que significa, según Hannah Arendt que Eichmann “…actuó en todo momento dentro de los límites impuestos por sus obligaciones de conciencia”. Se trató, pues, de un individuo común y corriente, superficial, promedio, que pareciera estar supeditado al imperativo categórico kantiano, un personaje que asumió sus actos dentro del marco moral trazado de manera regulada y homogeneizada, por el Estado nacionalsocialista. Un ser humano, como tantos, diseñado y formado conforme a los intereses del poder.

El demonio del progreso, aliado del fascismo

La fuerza ideológica del nacionalsocialismo está centrada en su proyecto modernizador; el fascismo está orientado hacia el progreso tecnológico y operativo, se trata de una ideología progresista. El fascismo y el progreso comparten el mismo concepto de historia como lo develó Walter Benjamín, en sus “Tesis sobre la historia”:

(Tesis 8). La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el «estado de excepción» en el que vivimos. Hemos de llegar a un concepto de la historia que le corresponda. Tendremos entonces en mientes como cometido nuestro provocar el verdadero estado de excepción; con lo cual mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo. No en último término consiste la fortuna de éste en que sus enemigos salen a su encuentro, en nombre del progreso, como al de una norma histórica. No es en absoluto filosófico el asombro acerca de que las cosas que estamos viviendo sean «todavía» posibles en el siglo veinte. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser de éste: que la representación de historia de la que procede no se mantiene.

Benjamín señala de qué manera expresiones políticas, al parecer  diferentes como el fascismo y la socialdemocracia, comparten una misma opinión y unas mismas experiencias sobre los procesos históricos. Esta concepción “moderna” del pensamiento y de la historia, los hace cómplices ya que no representan más que los intereses de las clases dominantes. Esa modernidad del fascismo, de la socialdemocracia o la del régimen estalinista, es la misma del “progreso” capitalista y su óptica es la del dominio sobre el mundo, sustentándose en una íntima relación con los desarrollos científico-tecnológicos y en el fomento de la industria militar, que ha llevado hasta la puesta en marcha del exterminismo, como opción de guerra y de dominio.

Allí donde el infierno era metáfora, una realidad imaginaria, finalmente se trocó en realización humana, demasiado humana, y no se trata ahora de buscar patologías perversas en el comportamiento de quienes propiciaron el desarrollo y montaje de estos centros de horror infernal, de estos centros de exterminio, pues, como lo atestiguó el sobreviviente Primo Levi, en los lager o campos de concentración como el de Auschwitz, no encontró demonios sino funcionarios, claro, sádicos y psicópatas los había también, pero no era lo más representativo, eran funcionarios; “seres humanos medios, medianamente inteligentes, medianamente malvados: salvo excepciones no eran monstruos, tenían nuestro mismo rostro, pero habían sido mal educados. Eran en su mayoría gente gregaria y funcionarios vulgares y diligentes: algunos fanáticamente persuadidos por la palabra nazi, muchos indiferentes, o temerosos del castigo, o deseosos de hacer carrera, o demasiado obedientes” (Levi, Primo, “Los hundidos y los salvados”, El Aleph Editores, Barcelona 2005. Página 269) (según Alice Miller no se trataría de una “mala educación”, sino todo lo contrario, de una educación perfecta, que no falló, que fue un éxito rotundo, como lo recomiendan las tesis de la pedagogía para la obediencia y la subalternidad acrítica).

Se trató de la institucionalización del asesinato, de la creación de fábricas de muerte y esto se logró con la participación de personas corrientes, individuos formados por la pedagogía establecida y con los patrones legales, financieros, académicos y empresariales, forjados ya por los desarrollos de la mentalidad burguesa: la llamada “solución final”, Auschwitz, no fue más que una expresión o manifestación de lo posible según las tesis del progreso. Se trató del exterminio masivo de seres humanos por parte de una maquinaria tecnológico-racional que operó conforme a los postulados del desarrollo y el progreso industrial capitalista; “vale la pena reseñar que fue en tales campos de exterminio donde se exhibió mejor el fundamento de la racionalidad instrumental del capitalismo: allí se organizó como un proceso de producción el asesinato masivo, mostrando la enorme eficiencia de los genocidas, el gran rendimiento de los hornos crematorios instalados en serie y la rentabilidad de esa especie de reciclaje que significó la recuperación de joyas y vestidos, del cabello y hasta de las piezas dentales de las víctimas del holocausto nazi para ser utilizados de nuevo en el proceso de la industria y el consumo”.(Cf. Carrión, Julio César, “Pedagogía, política y otros delirios (Sombras de humo)”, Universidad del Tolima, Ibagué 2006, Página 43). En fin, si se analiza el funcionamiento de los campos de concentración y de exterminio, fácilmente se capta la racionalidad implícita en cada una de sus actividades. Se trató de fábricas de muerte y destrucción, que incorporaban necesariamente los elementos de una racionalidad administrativa, fríamente ordenada y planificada, como los mismos procesos productivos del sistema capitalista.

Hemos visto cómo la sociedad occidental y cristiana se fue  acostumbrando a las masacres y al exterminio, a partir de la aparición de la llamada “guerra total”, durante la primera guerra mundial, con el empleo de toda la racionalidad instrumental e industrial puesta al servicio de la muerte, lo que significó, asimismo, poner de manifiesto la irracionalidad de esa orgullosa racionalidad ilustrada, mostrar que la violencia exterminista ha sido desde siempre empleada, ya en las masacres perpetradas contra los pueblos aborígenes, en el tráfico de esclavos negros, en las muchas guerras de conquista e invasión, en las guerras colonialistas, o en los permanentes genocidios que hacen parte del panorama político contemporáneo. Enzo Traverso escribió:

“Las guerras totales también desvelaron una hipocresía acerca de la noción de derecho público europeo propio del contexto de civilización y de progreso que se había alcanzado en Europa en el siglo XIX, en la medida en que estas guerras reproducían en el mundo occidental, algunos rasgos de las guerras coloniales del siglo XIX; unas guerras que siempre fueron concebidas como guerras de conquista y de exterminio, durante las cuales nunca se podía establecer una distinción entre combatientes y civiles. La gran novedad del siglo XX es, pues, que las características de las guerras coloniales se reprodujeron en el corazón mismo de Europa occidental, pero con unos medios técnicos de destrucción mucho más poderosos que los utilizados en el siglo anterior en Asia o en África.

La guerra total fue un gigantesco laboratorio antropológico en el cual se diseñaron las condiciones fundamentales de los genocidios modernos y del exterminio industrial del siglo XX. Durante la Primera Guerra Mundial, los soldados, por ejemplo, dejaron de aparecer como los héroes de las guerras tradicionales y se proletarizaron; a la hora de combatir, estaban simplemente incorporados a una máquina en la cual tenían que ejecutar tareas parciales, al igual que un obrero puede trabajar en una oficina o en una fábrica”. (Memoria y conflicto. Las violencias del siglo XX Enzo Traverso)

En esta perspectiva debemos ver las violencias de la Segunda Guerra Mundial y las que han seguido, como  una continuidad de esa imparable violencia que caracteriza todo el proceso de expansión y dominio de la burguesía: el fascismo, el nazismo y, en medio de la guerra, los campos de concentración y de exterminio, “no pueden ser interpretados y analizados solamente como una recaída en una barbarie ancestral, sino también como la expresión de una barbarie moderna, de una violencia que no se puede concebir fuera de las estructuras y de los elementos constitutivos de la civilización industrial, técnica, occidental y moderna”.

Ya nadie puede afirmar seriamente que las diversas formas de muerte administrada, en campos de concentración y de exterminio, mediante las guerras químicas, el empleo de armas convencionales y no convencionales, por el uso de bombas y otras formas de aniquilación masiva, represente una evidente presencia del infierno o del demonio metafísico, ni siquiera se puede decir que sea una especie de "regresión" a supuestas etapas bárbaras de la historia, sino que debemos aceptar esto como una clara expresión de la llamada civilización industrial occidental.

Como lo ha expresado Michell Lowy:

“Las atrocidades en masa, perfeccionadas tecnológicamente y organizadas burocráticamente, pertenecen únicamente a nuestra civilización industrial avanzada. Auschwitz e Hiroshima no son "regresiones": son crímenes irremediable y exclusivamente modernos…

…En muchos aspectos, Hiroshima representa un nivel superior de modernidad, tanto por la novedad científica y tecnológica representada por la bomba atómica, como por el carácter todavía más distante, impersonal, puramente "técnico" del acto exterminador: apretar un botón, abrir la escotilla que libera la carga nuclear…

…Esta modernidad la volvemos a encontrar en la cúpula norteamericana que toma la decisión -después de haber sopesado cuidadosa y "racionalmente" los pro y los contra- de exterminar a la población de Hiroshima y Nagasaki: un organigrama burocrático complejo, integrado por científicos, generales, técnicos, funcionarios y políticos tan grises como Harry Truman, en contraposición con la irracionalidad de los ataques de odio de Adolfo Hitler y sus secuaces…

…Por último, la guerra estadounidense en Viet Nam, atroz por el número de víctimas exterminadas por los bombardeos, el napalm o las ejecuciones colectivas constituye, en varios aspectos, una intervención extremadamente moderna: se basa en una planificación "racional" -con la utilización de computadoras y de un ejército de especialistas-, que moviliza un armamento muy sofisticado, utilizando la tecnología de punta de los años sesenta y setenta: los aviones bombarderos B-52, napalm, herbicidas, bombas de fragmentación, etcétera.”

(Löwy, Michael. La dialéctica de la civilización: barbarie y modernidad en el siglo XX Revista Herramienta Nº 22, Marxismo Ediciones Herramienta.)

Y no se agota con estos ejemplos la paradójica actividad moderna y “progresista” de los vencedores. Hoy persiste la gran eficacia empresarial y militar imperialista, en favor de un desarrollo global que permita a las naciones atrasadas superar el subdesarrollo, asimismo se realiza una permanente campaña por la universalización  de la democracia, y en pro de la más amplia difusión y distribución de los derechos humanos. Estos llamados “principios universales” se han constituido en algo así como artículos de fe, en objetos de una falsa idolatría, que no admite ningún tipo de herejía, ninguna posibilidad de pluralismo ético ni las diversidades culturales. Se han impuesto desde la “racionalidad occidental” a todo el mundo y pareciera que buscan la conformación de una civilización mundial única, una perfecta comunión, un total ecumenismo.

Esta publicitada concepción del universalismo moral de los derechos humanos ha llevado a la promoción del intervencionismo y la injerencia militar y política por parte de los países presuntamente dueños de estos “ideales” y poderosamente armados que, con la disculpa de garantizar su aplicación y cumplimiento en las más diversas sociedades y culturas, contando con el organismo llamado  Naciones Unidas y con el apoyo de Estados dependientes, a motu proprio se han impuesto ante todos los pueblos del mundo, como los únicos garantes del “cumplimiento” de tales derechos.

El intervencionismo militar, los “ataques preventivos”, las “misiones humanitarias”, y demás acciones bélicas contra pueblos y gobiernos que señalan como violadores de esta supuesta “ética mínima planetaria”, en realidad velan, ocultan y enmascaran las verdaderas intenciones geopolíticas y expansivas que mueven a estos Estados y organizaciones autodenominados “protectores de los derechos humanos”, empeñados en buscar justificaciones teóricas para la agresión, las invasiones y el uso de la fuerza contra aquellos países que no se amoldan a sus intereses imperiales.

Las Naciones Unidas, convertidas hoy en una mera oficina de administración de los negocios imperiales, autoriza esos “ataques preventivos” e intervenciones armadas, en nombre de la “libertad”, de la “democracia” y del “humanitarismo”, en cualquier parte del mundo, prevalida del reconocimiento de autoridad legítima que le garantizan esos mismos Estados poderosos. Con todos esos elementos se han enmascarado las intromisiones bélicas y el establecimiento de Estados títeres del poder imperial.

Todos esos esfuerzos por salvar la civilización forjada por el capitalismo, incluida la lucha por imponer los derechos humanos en todo el mundo, constituye, por decir lo menos, un trabajo inútil frente al hundimiento e irreversible Ocaso de Occidente, a la inminente catástrofe que ya vivimos y que ha sido elaborada durante la modernidad por la, al parecer, insustituible ideología del progreso, por esa “dirección única” que llamara Walter Benjamín, impuesta a toda la humanidad mediante la fuerza de las armas, de los convencimientos ilustrados y del mercado.

La fatalidad del uniformismo y la homogeneidad ecuménica decretada por Occidente para todos los seres humanos; esa perversa pérdida de toda pluralidad y el sometimiento a un destino manifiesto de progreso y armonía que caracterizaría el devenir histórico de la humanidad -tanto en la versión del capitalismo tardío, hoy mundializado, como en la del fracasado “socialismo real”- ha conducido, luego de la muerte de Dios que señalara Nietzsche, a la muerte del hombre, reducido, tras el falso optimismo de un “final feliz” -como fin de las ideologías, fin de la historia e imposición del “pensamiento único”- a una escatología mesiánica y redentorista representada en el imperativo global de unos derechos humanos insertos en una falsa concepción humanista; “no hay nada más repulsivo éticamente que la idea de que, detrás de una superficie de diferencias, todos compartimos el mismo núcleo de humanidad,-ha puntualizado Slavov Zizek-. No vivimos en un mundo abstracto. Los derechos humanos, planteados como panacea universal, en un mundo cargado de miserias e inequidades, no dejan de ser una burla teórica por parte de los grupos hegemónicos: un perverso juego diabólico, acerca de cosas que nunca han existido, como la brujería, las posesiones, los pactos diabólicos o el mismo diablo y el infierno…

Edición N° 00427 – Semana del 28 de Noviembre al 4 de Diciembre – 2014
 
 
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