Paz o justicia: el huevo o la gallina

  Álvaro González Uribe
  Abogado y columnista – @alvarogonzalezu
   
 

No es fácil la discusión: ¿Paz o justicia? ¿Justicia genera paz o paz genera justicia? ¿Para que haya paz debemos sacrificar justicia o para que haya justicia debemos sacrificar paz? ¿Algo de uno y algo de lo otro?

Son dos posiciones en choque: por un lado, las Farc no quieren un día de cárcel, lo que sin duda, en circunstancias normales, es injusto ante los crímenes que han cometido; y, por otro lado, están quienes creen que los miembros de las Farc deben pagar cárcel por sus crímenes porque es lo justo.

La justicia actúa sobre el pasado, sobre hechos y daños ya ocasionados aunque perduren sus secuelas, en especial las víctimas que siempre lo serán; y la paz, hoy, es futura, evitará muchos daños y víctimas y por tanto más injusticia o evitará que se tenga que aplicar justicia, pues esta actúa para castigar hechos injustos.

Si se firma la paz con las Farc estas no volverán a cometer hechos injustos, ese es el objetivo sumado a los acuerdos programáticos, esa es la paz. Muchos -y con razones- no confían en ellas, pero escribo sobre la confianza porque toda negociación tiene que estar basada en la confianza aunque no sea fácil; y, claro, también toda negociación pese a los cálculos de las partes siempre conlleva un albur que también puede ser audacia y que inevitablemente algunos llamarán rendición.

Sin embargo, está la justicia transicional, basada en que las penas no siempre tienen que ser cárcel o que sí lo son debe ser menor su duración; figura un poco gaseosa o elástica, sí, pero de eso se trata, de que sea acomodable a las circunstancias de una época determinada y que sirva a un fin mayor. Y cuidado con esto para que no haya equívocos: transicional viene del verbo transición, que según el Diccionario de la lengua española (RAE), significa “Acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto”; es decir, en nuestro caso pasar del modo guerra al modo paz, de estar en guerra a estar en paz. Es una justicia de tránsito, ocasional.

Aquí viene un tema más complicado, porque el Derecho debe ser inamovible según cierta concepción ortodoxa que no deja de ser válida, respetable y justa… en circunstancias normales.

Sin embargo, también hay que tener en cuenta que el llamado “nuevo Derecho” cambió la concepción de esta disciplina: el ser humano no está al servicio del Derecho sino el Derecho al servicio del ser humano, el Derecho no es un fin sino un medio: un medio para la vida, un medio para la justicia. Cuando una norma es injusta o cuando vaya contra el ser humano o contra la vida no se aplica cabalmente, porque de lo contrario sería negar lo primero: el Derecho al servicio del ser humano, de la justicia, de la vida.

Aunque para algunos suene a blasfemia jurídica, el Derecho deja entonces de ser tal cuando es injusto y por tanto no se debe aplicar siempre y cuando sean los altos jueces quienes formalicen fundamentadamente esa inaplicabilidad. En el caso del proceso de paz que vive Colombia, si el Derecho nacional o internacional se oponen a la paz no se debe aplicar cabalmente porque la paz es la vida y perder la vida a manos de otro es injusto, pues lo opuesto a la paz es la guerra que consiste en matar al enemigo.

Ahora bien, tenemos un sistema que tampoco podemos echar al traste, un sistema jurídico-institucional que nos permite vivir en cierta armonía y que debemos conservar. Por tanto, en este momento crucial debemos inventarnos algo que nos permita la paz sin quebrar el sistema jurídico, una paz que evitará perder vidas, que evitará que se viole el mismo Derecho cientos de veces en nombre de la guerra.

Esto lleva a que se sacrifique algo de justicia por paz ahora para evitar después hechos violentos y por tanto injustos. Por triste, abominable y contundente que sea, el hecho de que hoy haya miles de víctimas no puede ser lo que siga alimentando esa espiral de “guerras recicladas” que produce más y más víctimas, ya sea en nombre de la misma justicia, de la venganza o por la dinámica ciega de la guerra.

Esa debe ser nuestra justicia transicional. Ahora, la justicia transicional va con más condiciones para que el sapo sea más fácil de tragar según algunos o para simplemente lograr la paz, dicen otros: un juicio, una pena alternativa, la verdad, la reparación, y la garantía de no repetición. La verdad total nunca existirá en este ni en otros campos pero en ese clima de confianza hay que aceptar la que se pueda investigar, contar y esclarecer; la reparación no es fácil porque es difícil de medir y porque hay hechos imposibles de reparar en su totalidad; y la no repetición es un asunto también de confianza. Nada sencillo, pero, ¿quién dijo que la paz es fácil?

Sin duda, como ha podido ver el lector, ese elemento confianza es fundamental en este proceso de paz -en todos los procesos de paz-, pero también es frágil. Y no solo es frágil o débil porque pertenece a un ámbito sicológico, sino que además es difícil de obtener, de ganar y de mantener ante una historia de decenas de fracasos de procesos de paz; ante las exageraciones o artificios de los opositores al proceso; ante los equívocos y errores nefastos propios de negociar en medio del conflicto; ante el ejercicio legítimo de las funciones constitucionales del Estado que no se pueden suspender; ante las acciones bélicas de las Farc por esporádicas y discutidas que sean; ante las vociferaciones arrogantes de los negociadores de la guerrilla difíciles de digerir así sean parte del juego político de una negociación; y ante los duros pronunciamientos del Ministro de Defensa en ejercicio de su deber.

Por eso hay que tener mucho cuidado en no perder la confianza mutua pese a momentos de crisis, pues sobre ella está montado el proceso. Antes, por el contrario, las partes cada una por su lado deben ir acrecentando la confianza por medio de diferentes actos y comportamientos. Ello fortalece el proceso frente a cada interlocutor, frente a los ciudadanos y frente a la comunidad internacional. A mayor confianza mayor credibilidad, la cual se traduce en allanar el camino hacia los objetivos definitivos, en avanzar sobre sendas que cada vez más impidan la marcha atrás. Desescalamiento del conflicto, ceses unilaterales al fuego, anuncios serios y cumplibles, entre otros, son maneras de ir ganando esa confianza.

Si no hubiera proceso de paz y en verdad la mayoría de ciudadanos se opusiera a él como se dice en algunos espacios, tanto sus contradictores como sus defensores no estaríamos enfrascados en esta vehemente e interesante discusión sobre paz y justicia; sobre cuál debe primar y hasta cuánto y cuándo y a quiénes debe cobijar; sobre cuál debe ser primero como el popular dilema del huevo o la gallina. Si no hubiera proceso de paz simplemente, como desde hace 50 años, estaríamos en la guerra plena con todas sus consecuencias: muertos, destrucción y una serie imparable de delitos y actos violentos de uno, dos o más bandos.

Delitos que, entre otras cosas, en su mayoría se juzgaban (aún) con reos ausentes. ¿Y eso a qué llevaba? Tirofijo, Raúl Reyes, el Mono Jojoy y Alfonso Cano murieron con cientos de sindicaciones y condenas. Como con tantos otros guerrilleros o delincuentes comunes en la clandestinidad, la justicia era -es- solo atestar anaqueles de expedientes, a la par de llenar cementerios y fosas comunes, y alimentar ríos de sangre y lágrimas. ¿Eso es justicia?

Edición 437 – Semana del 6 al 12 de marzo de 2015
 
 
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