¿Y renunciar para qué?

  Jaime A. Wilches Tinjacá1
  Hugo F. Guerrero Sierra2
   
 

En Colombia hacemos preguntas equivocadas y por eso tenemos respuestas equivocadas. En la lista de funcionarios públicos que cometen alguna que otra trampilla, le tocó esta vez a un señor del que, hasta hace poco, la mayoría de los colombianos poco o nada sabían. Jorge Pretelt pasa a figurar en los anales de la historia como otro más de esos personajes que se surten del sistema político para dar rienda suelta a sus extralimitados deseos de engordar con cifras de muchos ceros sus cuentas bancarias.

Pero dejemos una cosa clara. En Colombia no se revela un escándalo porque hay un grupo de ciudadanos interesados por la defensa de lo público y la construcción de valores democráticos justos, equitativos e incluyentes. Aquí los escándalos surgen porque alguien no quedó contento al momento de la repartija burocrática o de contratos, y en el momento justo envía una nota anónima con grabación incluida a un sagaz periodista o político que administra la noticia para sus intereses.

El moralismo hace su aparición de la forma más educada posible. Entonces salimos a decir que es el colmo que Pretelt haya jugado con un mecanismo tan sagrado como la tutela, que es un horror que en este país los empresarios administren la justicia y que los jueces cada vez quieren ser más expertos en el arte de posar ante las cámaras de televisión, que en estudiar de manera juiciosa y responsable el Derecho y el valor de la justicia.

Lejos estamos de la Corte que integró hace algunos años Carlos Gaviria, Vladimiro Naranjo, Eduardo Cifuentes, José Gregorio Hernández y Alejandro Martínez Caballero, entre otros. No podemos tildarla de ideal o el modelo absoluto a seguir, pero sí se puede decir que fue una Corte que le devolvió al país la credibilidad en las leyes como fundamentadoras del orden social. Es posible que en la elección de los cinco nombres mencionados, hayan estado de por medio poderosos intereses, pero lo que nos diferencia al momento actual, es que los Magistrados ya no son influyentes intelectuales, sino arlequines de turno o gamonales regionales que repiten como loros el libreto de sus “benefactores”.

Por esa razón, la renuncia de Pretelt no preocupa por ser amigo, o protegido de Álvaro Uribe Vélez, lo que nos pone a pensar este suceso es que la Corte se quedó sin juristas prestigiosos y empezó a echar mano de una andanada de abogados con dudosas carreras en el sector judicial, y que a modo de un baloto se encontraron algún día en un cóctel con un poderoso dirigente, quien luego lo encumbró a la fama asignándoles un honor tan grande como ser el defensor de la norma de normas: la Constitución.

Lo sucedido con Pretelt en cierta medida se puede justificar. Cuando un señor de estas características alcanza privilegios de la noche a la mañana, no tiene cómo administrarlos, pues su bagaje cultural y su lectura del país son tan limitadas que cae ante tentaciones tan inocentes como escuchar la oferta de un soborno para favorecer en una tutela a una empresa del sector petrolero. Pretelt dice que no aceptó el dinero y que la tutela falló en contra de la empresa, pero le castigan la ingenuidad de recibir abogados para comentar fallos, regla que en la Corte Constitucional hace parte, al parecer, de la cotidianidad.

En este sentido, el castigo a Pretelt no es por recibir o no el soborno, lo que le castigan es romper las reglas mínimas en las que este tipo de actos se pactan en secreto y en lugares muy discretos, y no como el Magistrado lo intentó hacer, a través de fiestas, cocteles y citas formales en su despacho. Lo curioso, como ya se dijo, es que no hay ninguna organización ciudadana que le esté pidiendo al Magistrado que renuncie, sino que es su mismo círculo el que castiga con severidad a los que son ineptos en la administración de un poder designado para unos cuantos.

Y aquí volvemos a tomar el tema que hace unas semanas habíamos planteado en torno a Nicolás Gaviria (como se predijo ya nadie por fortuna se acuerda de este joven). El asunto crítico es que situaciones en las que sujetos como Pretelt les falta delicadeza, son traducidas en el lenguaje del ESCÁNDALO, y la repercusión de esta palabra es tan fuerte, pues son solo bulla temporal que con el paso del tiempo se desvanece.

La solución entonces hace parte de nuestro deporte nacional: hacer la pregunta equivocada: ¿Pretelt debe renunciar?, en vez de formular interrogantes como ¿Por qué Pretelt llegó a la Corte sin ninguna advertencia sobre sus procedimientos? ¿Por qué los Magistrados tardaron tanto en la denuncia? –Señores Magistrados pocos comerán el cuento de que estaban recopilando pruebas-. Esta pregunta es complementada con el oportunismo leguleyo del presidente Santos, quien anunció un risueño “Paquete de medidas”, que quedará en eso, un paquete que se arroja hasta que la turba eufórica se calme y resuelva irse para sus casas.

La renuncia de Pretelt nada cambiará en los procedimientos de una Corte que confundió el diálogo con el solapamiento extralimitado y grosero entre política, justicia y favores. Muchos Pretelt (s) están atentos a pasar su hoja de vida, para reemplazar al imprudente Magistrado y prometer ante su padrino que no cometerán las acciones que pongan en riesgo los intereses del círculo de confianza. Esto sumado, a la mayoría de Congresistas que se visten con las togas de la moralidad y gozan cuando llegan estos papayazos, pues no se puede desaprovechar, ni por un instante, que los medios de comunicación dejen de concentrarse en la histórica ineficacia y corrupción del poder legislativo, para enfilar sus baterías contra las instituciones judiciales.

Por el momento Pretelt no ha renunciado e intenta colar una licencia de dos meses con la idea de que, una vez aceptada, con los días la marea baje y todo quede en el olvido. Pero tarde o temprano tendrá que hacerlo, porque su propio círculo lo ha traicionado, y muchos de los que lo abrazaron o aplaudían sus decisiones, aquellos que le acompañaban en cocteles, hoy de manera hipócrita lo señalan y le piden que renuncie, pues está poniendo en peligro los intereses de “la casta”. En la neblina queda la duda de cuantas tutelas se han tranzado bajo las maniobras de la charlita en el lobby o del favorcito porque eres mi amigo. Eso nunca lo sabremos porque el caso Pretelt nos pone una vez de cara a una muy arraigada tradición en Colombia, negarnos a analizar los escándalos en todas sus dimensiones para enfocarnos es sus expresiones más ridículas, en este caso: la de un Magistrado que se dejó tentar y que de manera tardía se arrepintió, por supuesto no como consecuencia de un acto sincero de contrición, sino por no haber sido más prudente en el cubrimiento de su execrable comportamiento.

1 Magíster en Estudios Políticos. Docente e Investigador de la Universidad de La Salle.

2 Ph.D en Relaciones Internacionales. Docente e Investigador de la Universidad de La Salle.

Edición 439 – Semana del 20 al 26 de marzo de 2015
 
 
Importante: Cada autor es responsable de sus ideas y no compromete el pensamiento de Viva la Ciudadanía. Se permite la reproducción de nuestros artículos siempre y cuando se cite la fuente.
 
   
 
 
comentarios suministrados por Disqus