Contra el olvido

  Julio César Carrión Castro
  Universidad del Tolima
   
 

A propósito de los 30 años del asesinato de Bernardo Jaramillo Ossa y de los 25 de la toma y la retoma del palacio de justicia, de la catástrofe de armero y del genocidio de Tacueyó. A propósito de la cotidianidad del crimen y de los reinados y las fiestas... a propósito del engaño, de la simulación y de la indiferencia...

Lo cotidiano de la violencia que pesa sobre los colombianos nos ha ido conduciendo a la asunción de una peculiar psicología: fugazmente nos llenamos de ira y de resentimiento ante la muerte administrada por los diversos agentes del exterminio, para luego encubrir todo el dolor y la amargura en el cómodo refugio del olvido o, peor aún, en una constante ola de festividades que sistemáticamente velan las penas y el dolor.

Las muertes de hoy nos ocultan la tristeza y la pavura que nos dejaron los crímenes de ayer, pero a su vez mañana, estaremos llorando nuevas muertes, sin darnos tiempo para elaborar el duelo, convirtiendo las periódicas penas en asuntos pasajeros, e instalando en el alma colectiva una sórdida convivencia con el horror y una ambigua simbiosis entre la apatía y la esperanza.

Por otra parte, los acontecimientos históricos, que de por sí constituyen materia de polémicas entre las diversas ideologías, son sometidos a las más variadas tergiversaciones y distorsiones interpretativas, por parte del aparataje informativo que manejan periodistas y comunicólogos, expertos en la homogeneización de la opinión ciudadana y quienes, operando como amanuenses de los integrantes del bloque de poder, van forjando una nueva y conveniente historiografía que se sustenta en las manipulaciones del recuerdo y el olvido.

Cualquier tentativa por rescatar la memoria, la verdadera historia, es sometida a distintos mecanismos de coerción por parte de una especie de policía del pensamiento que se encuentra diseminada por todo el cuerpo social: no solo en el gobierno que intenta impedir la protesta y silenciar la oposición, también en la prensa que, publicista del poder, se autocensura; en los intelectuales tartufos que no desean abrir espacios de opinión, enclaustrándose en un mundillo académico, pretencioso y ajeno a la realidad nacional; y en el común de las gentes que, asustadas por el creciente autoritarismo y el militarismo, no se atreven siquiera a reclamar por la diaria violación de sus derechos.

Colombia, hace ya muchos años, está inscrita en la farsa sangrienta de las atrocidades, en la sinrazón del autoritarismo y la crueldad, soportando la irrupción y la presencia constante de múltiples violencias, históricas, políticas y hasta geológicas. Desde los tiempos coloniales hemos vivido expectantes de resultados positivos, frente al desentendimiento oficial y el conformismo generalizado de las gentes, por las cotidianas catástrofes que nos agobian.

Hay una especie de genealogía del desencanto, una agonía y una desesperanza casi cotidianas: Hace ya treinta años, durante los días 6 y 7 noviembre de 1985, se presentó la demencial toma y la retoma del Palacio de Justicia en Bogotá, acto perpetrado a sangre y fuego por un comando guerrillero y por las llamadas “fuerzas del orden”, contra la magistratura y la estructura civil de este país. Por la misma época también, el 13 de noviembre de 1985, ocurrió la previamente anunciada erupción del volcán-nevado del Ruiz, que provocara la total destrucción de un pueblo con el sacrificio de más de treinta mil seres humanos, catástrofe ésta que luctuosamente recordamos sin que se modifiquen las formas de pensar y de sentir de los colombianos. También en el mes de noviembre de ese mismo año de 1985, se conoció la vergüenza histórica del genocidio de Tacueyó, donde delirantes líderes de una supuesta “izquierda”, asesinaron a más de un centenar de personas, tratando de expurgar brutal y autoritariamente, su precaria organización político-militar.

Este país del simulacro, de la farsa y la farándula, a pesar de la enormidad de estas atrocidades, no dejó de fingir “normalidad”, y en el colmo del desatino, del despropósito y del disparate, elegiría en ese mes de noviembre a la nueva reina de los colombianos. Y el 11 de noviembre de 1985 -hace ya treinta años-, fue coronada María Mónica Urbina, como nueva soberana del país, la reiteración de esa falsa expresión de tranquilidad en que se sustenta el poder que ordena el olvido como forma corriente de vivir.

En este país de olvido y muerte se viene imponiendo una generalizada banalización del mal, porque los individuos se han adaptado a lo establecido, convirtiéndose en obligados y silenciosos colaboradores del poder, desapareciendo como seres autónomos y encerrándose cobardemente en el estrecho espacio de sus “asuntos personales”, o en ilusorias dimensiones religiosas, que los apartan de todo compromiso político y los sumergen en el Leteo de esperanzas trasmundanas, para liberarse de su responsabilidad social. Sujetos que, cuando más, expresan una especie de momentáneo sentimentalismo teatral, que les permite simular pena y congoja por las cotidianas muertes, para luego continuar sumidos en la indiferencia.

Edición 439 – Semana del 20 al 26 de marzo de 2015
 
 
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