Refundar la patria de paz

 
  Álvaro González Uribe
  Abogado y columnista – @alvarogonzalezu
 
   
 

Listo. Se reinició el fragor bélico. Y la guerra se hizo país. Hasta que al fin nos acostumbramos, es parte de nuestras vidas y, claro, de nuestras muertes. La guerra conforma este territorio llamado Colombia. Es como nuestras cordilleras, llanos, valles, ríos y mares. Un terremoto, un vendaval, una avalancha. Parte de nuestro diario vivir; un acontecimiento más. La guerra es ya idiosincrasia colombiana.

Nuestro lenguaje: gritos, insultos, ruidos, explosiones; ¡Ar país! Hasta su indumentaria camuflada ha tenido épocas de moda. Con desconsuelo a veces me pregunto si la guerra es necesaria para que seamos Colombia, para mantener este país vigente, ¡qué paradoja! Es que así parece, todo gira en torno a ella: la política, la economía, la justicia, la prensa, la cultura.

Durante algunos meses no hubo masacres ni bombardeos ni batallas. Pero volvieron de nuevo. Retornó Colombia a su rutina cincuentenaria; Colombia volvió a ser Colombia. Ya estaba como raro eso de vivir la guerra solo con vociferaciones, comunicados, discursos, injurias, trinos y amenazas.

Dolor y desesperanza se siente al vivir semejante destino. Y hay una diferencia clave: la mayoría ve pasar la guerra en televisión o en los periódicos, desde los escritorios, curules, tronos o lugares cotidianos, por lo general urbanos. Y no es que a todos no les duela, no, es que es un dolor diferente. A algunos espectadores les preocupa el país, les preocupan de verdad esos campesinos que mueren o huyen aterrados; claro que sus inversiones también, el futuro de sus hijos, el desarrollo, los impuestos de guerra, unos más sensibles y otros menos, muchos nada.

Pero la guerra de verdad, la de los campesinos masacrados o bombardeados mientras duermen sea cual fuere su uniforme, la de los niños destrozados por las minas antipersonal, la de los desplazados, esa guerra real la sufren unos pocos. Los combatientes, claro, pero también miles y miles de civiles. Y, lo más injusto y triste: se trata de los ciudadanos más humildes, los más pobres, los más alejados de las posibilidades del desarrollo, de un desarrollo que en Colombia se ve porque en verdad existe, pero que solo llega a unos pocos y a una parte ínfima del territorio. ¿Eso sí será desarrollo cuando hablamos de toda una nación?

Y muchos se regodean (“¿se los dije?”), porque la guerra es su forma de vida, de ella obtienen beneficios ya sean económicos o políticos; y hasta intelectuales porque hay cierto reconocimiento por saber de la guerra, de sus causas, de sus modalidades, de sus estrategias; intelectuales de la guerra…

La guerra arroja grandes pérdidas individuales y para la economía del país, pero también ganancias para muchos que por tal razón la promueven. Eso pasa en Colombia y en todo el mundo.

Pero no podemos permitir más esta locura autodestructiva. ¡Basta! Hoy la resistencia a la guerra debe ser el único propósito nacional. Hoy esta Colombia tiene el reto más grande que haya podido tener, un reto que en este caso sí significa refundar la patria, pero la patria de paz; cambiar su idiosincrasia; ¡tremendo desafío! Estamos en un punto en el que ya ni para qué negociamos, no hay nada que negociar, ¿qué vamos a negociar? Solo hay que parar y ya; solo hay que decir no más violencia. Parece sencillo dirán muchos, ¡pero es que lo es! Quizá ese es el problema: decirnos que es un asunto muy largo, muy complicado, tanto, que no se puede resolver pronto. Y ahí estamos enredados.

¿Simple? Sí. Pero, ¿no es hora de pensar que es simple?, ¿no es hora de pensar que puede ser cosa de dos firmas?, ¿no dizque hay voluntad de las partes? Claro, los problemas no se resuelven con esas firmas, pero sí es el principio. La equidad, la democracia verdadera y tantas carencias que reclaman unos y otros no se pueden resolver en medio de las balas, de las bombas, de las masacres, de la guerra; las trincheras son oscuras. Todo ese ruido, toda esa sangre, todo ese humo no permiten claridad para pensar.

Edición 448 – Semana del 29 de mayo al 4 de junio de 2015
 
 
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