Desastres en medio ambiente

 
  Alonso Ojeda Awad
  Ex embajador de Colombia en Europa
 
   
 

Casi sin excepción los colombianos por acción u omisión hemos decidido emprenderla contra el medio ambiente. Esta delirante situación que se presenta, a lo largo y ancho de nuestra nación, nos retrata de cuerpo entero como una sociedad envuelta en la esquizofrenia que no le permite medir las graves consecuencias que para su vida y la de todos sus descendientes se está generando a diario, por las más diversas razones, ya sean económicas o políticas, que en últimas es una sola razón que nos cobija a unos más que a otros, denominada  “inconciencia”. Por ejemplo, las insurgencias queriendo demostrar su fortaleza militar deciden, como táctica de guerra, volar oleoductos y regar petróleo crudo en ríos y ciénagas de donde se abastecen los acueductos de pueblos y veredas, dejando a centenares de compatriotas sin la posibilidad de adquirir este elemento vital y fundamental para la vida. Así mismo este petróleo crudo avanza por pastizales, bosques y lagunas de agua dejando sin el oxígeno necesario a las especies acuíferas que necesitan el aire para vivir.

Mientras esto ocurre en una parte importante de nuestra geografía, en la otra, la minería que va en desmesurado aumento y entre ellas la ilegal, que contamina con el nefasto mercurio las fuentes de agua de los ríos y en ellas los peces, consumidos luego por la población en general, sin darse por enterados de los peligros letales que portan dichos pescados. Allí no para este desfile de envenenamiento y destrucción, sí no que sigue su curso hasta el mar, donde desembocan los ríos portadores de estas cargas letales de mercurio, dando comienzo al otro ciclo de “muerte” en los océanos, a peces, moluscos, mariscos y toda forma de vida marina. Esta situación es tan grave que podemos estar repitiendo el doloroso drama de los japoneses, quienes en la década de los años cincuenta del siglo pasado, fueron sorprendidos por la enfermedad de Minamata, como la llamaron, síndrome neurológico grave y permanente causado por el envenenamiento con mercurio. El nombre viene de la ciudad japonesa de Minamata, ciudad portuaria donde ocurrió la catástrofe, causada por el vertimiento de aguas contaminadas a la bahía, sin ningún recato por parte de las fábricas de industrias existentes en la población en referencia, llevando a sus pobladores al consumo de pescados y mariscos que almacenaban significativas cantidades de mercuriales, las que luego se depositan en la base del cerebro ocasionando la enfermedad neurológica descrita.

Otro aspecto lamentable del medio ambiente tiene que ver con la forma devastadora como se han tratado y talado nuestros bosques y selvas. El caso de la serranía de San Lucas es verdaderamente triste. Según los estudiosos del tema, hace 20 años tenía entre 500.000 y 600.000 hectáreas de bosque en buen estado. Hoy estas cifras se han reducido en un 30%. A este ritmo, es decir, de no parar esta agresión sistemática contra los bosques, en poco tiempo se habrán convertido en amplias zonas desérticas, donde la vida exuberante que hemos conocido no llegará a mantenerse por el daño sistemático que se le hace.

Hay que parar la expansión masiva de plantaciones de palma de aceite, de caña de azúcar y de otros monocultivos para producir agro combustibles a costa de talar las selvas y los bosques tropicales y otros ecosistemas igualmente biodiversos. En el Valle del Cauca y en Cauca se han destruido centenares de hectáreas de bosque para convertirlas en tierras aptas para el monocultivo de la caña de azúcar. En igual forma miles de hectáreas de bosques y selvas se destruyen para convertirlas en plantaciones de palma aceitera en la región del Pacífico, en departamentos del caribe así como en los llanos orientales. Por intereses particulares exclusivamente, se agrede en forma desmesurada y se destruye a gran escala los bosques tropicales que son los generadores del agua y del equilibrio ecológico.

Frente a este panorama socialmente devastador los colombianos debemos levantar la voz y proclamar la defensa del medio ambiente como razón suprema de la supervivencia de la especie humana y sostenibilidad. Por tal motivo debemos identificarnos en tres objetivos políticos básicos, a saber:

1.-El petróleo y sus derivados deben ser sacados del conflicto armado. La voladura de oleoductos destruye el sistema ecológico a nivel nacional con alcance internacional, además de poner en riesgo de enfermedad y muerte centenares de colombianos en condición de vulnerabilidad al ser víctimas de un modelo social y económico que los ha subvalorado durante toda la existencia.

2.- La minería debe someterse a estrictas medidas de control y seguimiento que le impidan ser la fuente de contaminación más amenazante a la salud y supervivencia de todas las especies entre ellas el ser humano. El oro no se come ni se bebe, por tal motivo debemos declararnos “territorio libre de minería”.

3. Debe cesar la política de destrucción de selvas y bosques destinados a los monocultivos como aceite de palma, azúcar y otros de tan ingrata recordación.

Solamente en esta forma podremos disminuir el inmenso daño que causamos a diario al medio ambiente y por ende al ser humano como parte de él, debemos dedicarnos a buscar caminos efectivos y prácticos de reparación para que al menos a las generaciones futuras podamos entregarle un planeta sostenible, el que no heredaran de nosotros, sino el que tomamos prestado de ellos. De no ser así el desastre generado terminará involucrándonos a todos.

Vicepresidente Comité Permanente de Defensa de los Derechos Humanos – CPDH.

Edición 453 – Semana del 3 al 9 de julio de 2015
 
 
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