Educar desde el ser humano, dignifica

 
  Marta Ligia Gómez Vélez
  Especialista en Periodismo Urbano,
Asesora de Comunicaciones Corporación Viva La Ciudadanía
 
   
 

Sólo potenciando al ser humano con aquello que nos hace humanos, como es el amor y la compasión, podemos limitar nuestra inhumanidad.
Leonardo Boff / Pensar al ser humano después de Auschwitz

Las educación necesita ser pensada en todos sus aspectos desde una mirada integral, hemos educado a partir de las lógicas esquemáticas del conocimiento dejando por fuera la comprensión del mundo y hoy enfrentamos una sociedad que no consigue pensar en el futuro de manera colectiva, para lograrlo hay que dignificar su ejercicio y hay que poner en el centro al ser humano, para hacerlo hay que potenciar el amor y la solidaridad al tiempo que el saber.

Esta problemática se evidencia al interior de nuestras instituciones educativas, escuelas y universidades con sistemas rígidos, que muy escasamente permiten o “cierran” los ojos a las nuevas ideas, están orientados principalmente a tratar de informar con cierto grado óptimo de pedagogía. La estrategia pedagógica que predomina es la memorización, en la que el desarrollo inteligencia, la creación y la investigación que dan a un lado. De esta manera el enseñar a explorar, el desarrollar la capacidad analítica y creativa antes que lo repetitivo, el descubrir la inteligencia y la personalidad de cada individuo, son el verdadero aunque muchas veces utópico objetivo de la educación.

La educación es fruto no solo de la escuela sino además de la familia, la comunidad, el trabajo y los medios de comunicación, condicionando significativamente el proceso de aprendizaje por factores extra escolares principalmente el medio socio-cultural y las condiciones bio-socio-económicas del entorno cercano al estudiante, es así que la calidad de la educación está dada por la interacción de subsistemas como la salud el trabajo, la alimentación y la recreación.

Uno de los mayores desafíos que enfrenta entonces los educadores en el nuevo siglo es la del transformar la visión del ser docente repetidor de contenidos, de este modo acompañar más adecuadamente a sus estudiantes en sus procesos de indagación introduciendo en su quehacer pedagógico una actitud crítica y evaluativa continuamente con las teorías y prácticas que  rodean la labor docente y desplegar una búsqueda constante de nuevas opciones que enriquezcan la relación entre enseñanza – aprendizaje partiendo en que son la base fundamental para que el docente y estudiante logren extractar lo esencial de los contenidos, propiciando la participación y creatividad de su propio proceso.

Pero para que ese desafío sea posible las condiciones de la docencia también tienen que cambiar. Le pedimos mucho a esta profesión, le entregamos el futuro del país y el sistema pocas veces le corresponde a esa exigencia. La dignidad de la educación y del docente es un asunto público al que no le hemos puesto el suficiente cuidado ni la suficiente fuerza que necesita para que efectivamente la educación esté en el centro.

Una verdadera propuesta pedagógica hace partícipe activo al ser del proceso de aprendizaje asumiendo los principios de autonomía, autoexigencia, creatividad e interdependencia, principios que inciden significativamente en el proceso de formación integral. Necesitamos articular lo que hoy está separado pues la complejidad de la realidad siempre ha estado ahí, lo que nos hacía falta era definirla, aludirla e intentar aprenderla.

El mundo en sí mismo no existe. Su existencia es posible a partir del relacionamiento de los elementos que lo componen. Ninguno de dichos elementos es suficiente. El agua es un elemento más de los elementos de la naturaleza, el sol, un miembro más del universo, los seres vivos, elementos de todo el conjunto de la naturaleza. Todos somos elementos de un todo y si no dimensionáramos las relaciones que se establecen en ese gran universo, difícilmente sobreviviríamos.

El reto de educar no sólo es un reto de la escuela. Todas las estructuras sociales pese a vivir en un mundo holístico, problémico, cambiante, insisten en darle continuidad a estáticas y viejas estructuras: organizaciones compartimentada y jerarquizada, profesionales especializados y desconectados, conocimiento fragmentado en disciplinas, unidades y lecciones aisladas, sin posibilidad de ver la relación dentro y entre ellas, y entre éstas y la realidad que vive el estudiante.

La escuela tiene el reto de enfrentarnos al mundo de la cooperación no desde el discurso sino desde la construcción cotidiana cooperativa. Dicha construcción sólo es posible de valorar cuando se enfrenta a dilemas concretos. Es sencillo cooperar con los damnificados de un incendio cuando estoy viéndolo desde la televisión. En esos casos, acudimos a cooperar, donando comida, ropa y/o en algunos casos desplazándonos al lugar y ayudando a quienes lo necesitan. Pero otro es el reto de la cooperación cuando tu casa y la de tu vecino son las que se están quemando. Sólo dispones de un balde y te enfrentas al dilema de apagar tu propio incendio o el del lado. Y entonces vale la pena adentrarse en la comprensión de la cooperación no como valor a cultivar sino visto como dilema. Serán momentos reales los que permitirán a los niños ser o no cooperativos.

Una educación basada en comunidades de aprendizaje comprende que el conocimiento no significa tener información sino saber qué hacer con ella y efectivamente poder hacer algo, ser capaz de hacerlo. Esto nos conduce a una relación fundamental entre el ser, conocer, hacer y convivir. Entender el sentido de la cooperación implica entender el sentido de la inclusión, y al entenderlo permite poner el en centro una educación que esté basada en los derechos humanos, que los potencie y que los defienda. Y eso tiene que permear a todos los miembros de la comunidad educativa. No podemos tener una educación digna si no dignificamos a los docentes, no podemos tener una educación digna si no entendemos la diversidad de los estudiantes.

Edición 453 – Semana del 3 al 9 de julio de 2015
 
 
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