Autonomía y pluralismo, engaño y utopía

 
  Libardo García Gallego
 
 
   
 

Un axioma sociológico: “Se piensa según como se vive”; dos derechos fundamentales: libertad de pensamiento y libertad de expresión; una verdad incontrovertible: la iglesia, la escuela y los medios de comunicación son los aparatos de dominación  más eficaces.

En teoría somos autónomos porque en la práctica en vez de enseñarnos a pensar desde la niñez nos imponen todo tipo de códigos, de ideas, de creencias; manipulan nuestro cerebro de manera que nos sea imposible llegar a ser autónomos. Y ¿cómo nos manipulan?  A través de la religión, de los prejuicios, de los mitos, de las creencias, todo bajo el disfraz del vocablo “cultura”. Los padres y los maestros,  casi siempre alienados por esa cultura, se encargan de transmitir los mensajes que ordenan los gobernantes. Y los medios de comunicación (radio, TV, periódicos, revistas) refuerzan a cada instante los discursos paternales y magisteriales.

Después que han moldeado nuestras mentes nos vienen con el cuento que somos libres de pensar lo que queramos e inclusive que podemos difundir por todas partes nuestros pensamientos. ¡Qué mentira, qué farsa, qué despiste, es todo esto!, Ellos son ventrílocuos, nosotros marionetas.
Lo cierto es que la sociedad oscila entre dos campos ideológicos, conocidos como derecha e izquierda, los de arriba y los de abajo. De un lado están quienes afirman que el orden o el desorden de la humanidad obedecen a una decisión divina, imposible de sustituir por las personas, y del otro quienes confían más en el poder de los humanos que en el de los dioses. Una parte de la sociedad le atribuye la pobreza a la pereza, a los vicios, a su analfabetismo, a la brutalidad congénita de los individuos, mientras que otros la explican a partir del ventajismo de quienes se apoderaron de los medios de producción, inventándose variadas formas de extraer utilidades de aquellos privados de dichos medios. Hay los que consideran indispensable un Estado autocrático y represivo que imponga las órdenes que a ellos interesa; en contraposición están los partidarios de un Estado democrático, igualitario y participativo. La derecha practica la caridad, ofrece limosnas; la izquierda exige igualdad, inclusión y justicia social.

Del lado derecho están los proclives a las dinastías y dictaduras, quienes creyéndose poseedores de la verdad y dueños absolutos del Estado, imponen sus leyes arbitrarias y les niegan cualquier posibilidad a los demás, obligando a estos a sublevarse contra la exclusión y la marginalidad impuesta por esas castas privilegiadas. Fue lo que hicieron los guerrilleros ante la ausencia de Estado democrático, garantista de los derechos humanos a todos los colombianos y colombianas.

También cuentan en estos dos campos las aguas tibias, los sumisos, cobardes  y resignados, los que se limitan a pedir un acuerdo consensuado entre posiciones irreconciliables. Forman parte de este grupo los ignorantes autodenominados apolíticos, los muertos de hambre que venden su conciencia por un almuerzo, por un bulto de cemento o por una teja. Los que ignoran que son generadores de plusvalía y se comen el cuento que viven gracias a los ricos.

Los militantes del Centro Democrático piensan todo lo contrario de los del Partido Comunista y en medio de esos extremos se ubican todos los demás partidos, unos más cercanos a Álvaro Uribe y otros más afines a Jaime Caicedo.

Todo lo anterior es lo que le llaman pluralismo ideológico, algo inexistente, pues las formas de pensar de la sociedad las determinan hasta ahora los dueños del poder. La autonomía de pensamiento es muy escasa, por no decir inexistente.

Los más optimistas estamos por una sociedad pluralista, siempre y cuando: primero,  democraticemos la vida en el hogar y la educación en todos los niveles; segundo, se exonere por completo a los menores de edad de cualquier práctica religiosa; tercero, se facilite a todos los hombres y mujeres la libre difusión de sus distintas opiniones alrededor de cada tema o problema local, regional o nacional; cuarto, propiedad social o estatal sobre los medios de producción y propiedad privada sobre los medios de consumo o, por lo menos, fijación de límites a la propiedad privada.

Esta es nuestra legítima utopía, nuestro más sublime sueño: una sociedad laica civilizada, pacífica, sin fuerzas armadas; un estado laico, no teocrático; una sociedad donde se le garanticen todos los derechos humanos a cada persona y donde no existan los excesos de riqueza ni los privilegios heredados; una sociedad que conviva en armonía con la naturaleza, con la madre tierra, sin contaminarla, sin desertificarla, sin destruirla.

Esta UTOPÍA no será posible dentro del sistema capitalista, pero sí lo es en el socialismo. Marchemos por la izquierda hacia el Socialismo.

Edición 458 – Semana del 7 al 13 de julio de 2015
 
 
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