Alberto Rabilotta
  ALAI AMLATINA
 
   
 

El 19 de octubre próximo los canadienses irán a las urnas y las “fotografías” de los sondeos muestran una clara división de la intención del voto que puede poner fin a una década de gobiernos del Partido Conservador de Canadá (PCC) del primer ministro Stephen Harper, quien en ese breve lapso provocó cambios radicales en instituciones importantes para la vida democrática, en los programas sociales, en la economía nacional y en la política exterior, al punto que para muchos ciudadanos el Canadá actual es irreconocible respecto al país de hace apenas 10 o 20 años.

La construcción del Estado del bienestar en Canadá, que sin duda alguna fue el más amplio y elaborado del Continente (y que prometo será el objeto de un largo artículo en el futuro), duró varias décadas –desde la Gran Depresión de los años 30 hasta finales de los años 60 del siglo 20– y marcó de manera significativa la identidad social e individual de los canadienses. Los sucesivos gobiernos Conservadores y Liberales, desde los años 80 y hasta el 2005, fueron corroyendo este Estado del bienestar, pero su desmantelamiento es obra del primer ministro Harper.

Es en este contexto histórico que los canadienses irán a las urnas el 19 de octubre para elegir a los 338 diputados del Parlamento federal, y por el momento los sondeos muestran la posibilidad de un Parlamento con dos bancadas principales y de fuerzas comparables: la del PCC de Stephen Harper y la del Nuevo Partido Demócrata (NPD) dirigido por Thomas Mulcair. Una tercera fuerza montante es el Partido Liberal de Canadá (PLC) dirigido por Justin Trudeau, hijo del ex primer ministro Pierre E. Trudeau.

Si se considera que Harper lleva una década al frente del gobierno en Ottawa y que es el gobernante de los países “avanzados” de Occidente que con mayor control, fuerza y determinación aplicó el recetario neoliberal, con los conocidos resultados de desindustrialización, concentración de la riqueza en pocas manos, debilitamiento de la democracia y de la sociedad, ésta es sin la menor duda una elección crucial para el futuro de la sociedad canadiense.

Los “vientos de agosto”…

Con las arcas del PCC repletas y aprovechando las dificultades de financiamiento del NPD y del PLC, el pasado 2 de agosto, Harper disolvió el Parlamento y lanzó la que sin duda pasará a ser la campaña electoral más larga y costosa de la historia del Canadá. Un verdadero maratón político destinado –en los planes de Harper– a darle un nuevo mandato electoral.

Pero el mes de agosto trajo cambios en los “vientos” en el mundo político anglosajón, o sea en Estados Unidos (EEUU) y en Gran Bretaña, como veremos, y según parece también en Canadá. En resumen, por primera vez desde hace muchas décadas, en los países centrales del imperio neoliberal se nota un creciente rechazo al “establishment”, a las elites que controlan de manera autoritaria, por no decir dictatorial, los poderes de la política y la economía, o sea al inmutable estatus quo neoliberal que está provocando el actual proceso de empobrecimiento, desocupación y disolución social que acompaña la radical concentración de riquezas en unas pocas manos.

Es así que de manera imprevista, en las primarias para elegir los candidatos de los partidos Republicano y Demócrata para la elección presidencial en EEUU, aparecieron dos candidatos que los “expertos” consideraron como “marginales” (el incontrolable multimillonario Donald Trump en el campo Republicano, y Bernie Sanders, Senador de Vermont que se define como socialista), pero que rápidamente catalizaron ese profundo malestar contra el “establishment” 1, como demuestra el sondeo de Quinnipiac University2: el 71 por ciento de los votantes estadounidenses están “insatisfechos” con la manera cómo funciona la nación, y el 41 por ciento “muy insatisfechos”.

En Gran Bretaña se ha visto, empujado por los imprevisibles “vientos de agosto”, el surgimiento con fuerza del diputado Jeremy Corbyn, del ala izquierda del Partido Laborista Británico (PLB), como candidato a la jefatura del PLB. El atractivo de Corbyn es que ataca con fuerza y claridad meridiana las pasadas y actuales políticas neoliberales y propone desmantelarlas, y que critica duramente a los ex líderes Laboristas Tony Blair y Gordon Brown. Hasta finales de agosto los sondeos vaticinaban una posible victoria de Corbyn, pero tanto en este caso como en los de Trump y Sanders en EEUU, no hay que desestimar la poderosa embestida que el “establishment”3 ya emprendió para eliminarlos de la competencia.

Los “vientos de agosto” también se manifestaron en Canadá con el surgimiento del NPD, un partido socialdemócrata, como la fuerza política ascendente en la mayor parte del país. Previamente, en esta alegoría atmosférica, hubo el “tornado” de las elecciones de mayo pasado en la provincia de Alberta que desalojó a los Conservadores que desde más de ocho décadas venían gobernando, y puso en el gobierno al NPD de Alberta dirigido por Rachel Notley tras una decisiva victoria electoral4.

Qué nos dicen los sondeos

Los actuales sondeos en Canadá ponen al NPD de Mulcair con posibilidades de ser la primera minoría en el Parlamento, seguido por el PCC de Harper y el PLC de Trudeau5.

Pero la experiencia de haber observado varias elecciones en Canadá, así como el hecho de que todavía falta mes y medio de campaña electoral y que el porcentaje de indecisos es elevado, implica que no hay que descartar las sorpresas, entre ellas una polarización como la que en 1993 casi borró del mapa electoral al antiguo Partido Progresista Conservador.

En los últimos días de agosto, los sondeos indicaban un posible plafonamiento del NPD como consecuencia del ascenso del PLC de Justin Trudeau en la provincia de Ontario.

Pero lo que es evidente por el momento, con el sistema uninominal de origen británico6 y destinado a perpetuar el bipartidismo conservadores-liberales (elección cerrada en cada una de las 338 circunscripciones electorales, y en la cual gana el candidato con el mayor número de votos), es que a menos de una polarización del voto hacia finales de la campaña electoral el próximo Parlamento federal será uno de “tres minorías” importantes.

En efecto, a menos de una polarización que permita a uno de los tres partidos alcanzar la mayoría de 170 diputados en el Parlamento, la formación de un gobierno dependerá, como mínimo, de un acuerdo tácito del NPD de Mulcair con el PLC de Trudeau para los “votos de confianza”, como el del presupuesto, ya que es políticamente difícil imaginar un acuerdo entre el PCC de Harper con cualquiera de las dos otras fuerzas legislativas.

Según los sondeos el Partido Verde de Canadá (PVC) de Elizabeth May y el Bloque Quebequense (BQ) de Gilles Duceppe en la provincia de Quebec, serán a lo sumo fuerzas marginales en la balanza política poselectoral.

La “herencia” de Harper

Para entender por qué para los canadienses ésta es una elección crucial, hay que referirse al papel que Stephen Harper ha jugado en la aceleración de un proceso de desmantelamiento del Estado del bienestar que, para ser justos, había comenzado mucho antes de su llegada al gobierno en el 2006.

La personalidad, determinación ideológica y capacidad de control de Harper, que parafraseando al respetado columnista Thomas Walkom ha formado “el gobierno de una sola persona”7 explica en parte sus logros en materia de aplicar las políticas neoliberales que han desmantelado las políticas, empresas estatales e instituciones con mandato parlamentario que caracterizaron el modelo canadiense del Estado del bienestar y que, recordemos, habían sobrevivido a las políticas de privatizaciones y de liberalización comercial aplicadas a partir de los años 80 del siglo 20.

Harper es el personaje político visible de este proceso, y sin duda sus objetivos sociales, políticos y económicos reflejan más la ideología de los neoconservadores estadounidenses8 que la historia del movimiento Conservador canadiense, que no por nada desde 1867 y hasta la llegada de Harper se definía como “Progresista Conservador”.

Los resortes que impulsaron a Harper hay que buscarlos en los poderosos intereses de las transnacionales canadienses del petróleo y gas natural, las auríferas como Barrick Gold, las comercializadoras de granos, los bancos, etcétera, y también en las firmas del sector financiero de Wall Street y de la City de Londres9.

Por todo eso, y mucho más, es claro que ésta es una elección crucial, aunque nunca hay que dejar de lado los “pero…”

1 El 3 de septiembre 2015 Google registraba 675 mil lazos que responden a “Anti-Establishment Candidates Trump, Sanders”: https://goo.gl/jDAPGG

3 Financial Times: http://goo.gl/oC0qnp

4 Elección en Alberta: http://goo.gl/4ZnRZZ

6 Sistema electoral canadiense: http://goo.gl/HdYbdL

7 Thomas Walkom, Toronto Star: http://goo.gl/66UsNm

8 James Laxer: http://goo.gl/wQggs2; Tom Flanagan: http://goo.gl/FY9Ypi

9 La estrecha relación entre los Conservadores y las empresas auríferas -con grandes inversiones en América latina, el Caribe, África, Asia y Europa- remonta a 1993, cuando el primer ministro Brian Mulroney abandona la política y pasa a integrar casi inmediatamente el Consejo de dirección de la minera Barrick Gold, donde permaneció hasta diciembre del 2013. La vinculación se renovó el 27 de marzo del 2015 con la contratación de John Baird, ex ministro de Relaciones Exteriores de Harper que renunció a su puesto de Diputado y de ministro el 3 de febrero del 2015 para ser nombrado casi inmediatamente como miembro del “Consejo de asesores internacionales” de Barrick Gold. Baird, que sin duda pasará a la historia como el Canciller canadiense que más se alineó con las agresivas políticas del imperialismo en todo el mundo, entró en ese consejo de “asesores internacionales” acompañado de nada menos que Newt Gringrich, ex Representante Republicano recordado por haber llevado, desde el Congreso, al Partido Republicano hacia posiciones ultraconservadoras. Ambos, Baird y Gringrich, aconsejarán a John Thornton, quien asumió la dirección de Barrick después de haber sido un alto ejecutivo de Goldman Sachs.

Edición 462 – Semana del 4 al 10 de septiembre de 2015
   
 
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