Álvaro González Uribe
  Abogado, escritor y columnista – @alvarogonzalezu
 
   
 

Pese a que desde hace muchos años dejaron de ser una prenda exclusiva de los hombres, los pantalones continúan siendo un símbolo masculino, hasta el punto de que se formó y sigue vigente la cultura de los pantalones asociada al machismo, al igual que al vigor y a la fuerza, pero, lo que es peor, también a la violencia.

Lo más censurable es que muchos –incluyendo mujeres- admiran ciegamente a quienes “tienen pantalones”, a quienes “los tienen bien amarrados”: “¡Es que ese [y también esa] sí tiene pantalones!”, es una expresión común de esa cultura machista que ya más que en vigor y coraje derivó en fuerza y violencia.

En la vida hay momentos y épocas en que debemos ser firmes y rigurosos ante los embates que nos toca encarar provenientes de otros seres humanos, de la naturaleza e incluso de nosotros mismos, pero esa firmeza y rigurosidad deben ser inteligentes y medidas porque su exceso puede anularlas e incluso incrementar lo que deseamos enfrentar.

Muchas veces hemos escuchado palabras de admiración hacia Pablo Escobar aduciendo que el tipo era un “verraco”, que tenía pantalones. Es decir, para la cultura de los pantalones esa supuesta cualidad está por encima y hasta tapa las atrocidades que cometió ese monstruo.

Y esa cultura sigue vigente en varios campos. Por ejemplo, al presidente Santos le piden que debe tener más pantalones en el manejo de la crisis con Venezuela.

Por supuesto que nadie quiere que Maduro siga en su loca carrera de provocaciones, groserías y atropellos. Sin embargo, los críticos que azuzan a Santos para que sea más contundente y “pantalonudo” son vagos cuando no nulos en definir en qué consiste esa mayor contundencia que reclaman. Se quedan pidiendo simplemente pantalones pero advierten que tampoco quieren que se desate una guerra. Un ejemplo fue la columna de Juan Lozano el lunes pasado en el periódico El Tiempo.

Uno se pegunta entonces qué es lo que quieren, a no ser que se trate de una simple oposición ciega, bastante inocua si no peligrosa. Con candela no se juega.

¿Qué esperan del gobierno? ¿Que saque los tanques para que atraviesen la frontera? ¿Que nuestras tropas entren al vecino país y capturen a miembros de la Guardia Nacional de Venezuela? ¿Que el presidente Santos se rebaje al lenguaje de Maduro y comience a insultarlo? ¿Qué Colombia constriña el voto de algunos países de la OEA y la ONU para que voten en contra de Venezuela? ¡Por Dios!, sindéresis. La política internacional es también el arte de lo posible como toda política.

Obvio que es abominable lo que sucede con los colombianos deportados. Para que dicha situación cese y vuelva a su estado anterior hay que trabajar duro nada más y nada menos que con el mismo que la originó: Maduro. Ni Santos, ni la canciller, ni los países amigos, ni los organismos internacionales pueden hacer por sí solos nada al respecto. No fueron los pantalones sino la diplomacia la que obtuvo dos logros claves: la hoja de ruta de siete puntos y poner la crisis en vitrina internacional.

Ahora, Venezuela es libre de cerrar las fronteras que quiera, todos los países pueden hacerlo. No es lo ideal porque las fronteras son dinámicas y tienen un mundo propio diferente al de los países que separan, característica que requiere un trato excepcional y una regulación bilateral especial en los cuales precisamente se trabajará.

Pero claro, eso de pedir pantalones a los gobernantes es lo más fácil y popular para la oposición, siempre ha sucedido así, en especial en América Latina tan proclive a la fuerza y a las dictaduras. No por otra razón hemos sido tierra de dictadores “con pantalones” que llegan por la fuerza y con esta se mantienen por años de los años. Pedir pantalones es un acto populista que además da votos, en especial en época electoral.

¡Pantalones, más pantalones! y ojalá camuflados, clama el pueblo que no vive la guerra, siempre lo ha clamado en ejercicio de esa cultura machista. Si ese es el lenguaje, yo prefiero faldas bien puestas, muchas faldas gobernándonos.

Aldaba: En el mundo y lenguaje de la cultura de los pantalones, en un país como Colombia con tanto tiempo de dolores, desengaños y recuerdos de atrocidades, para hacer la paz se requieren más pantalones que para seguir la guerra. Hoy tenemos una esperanza ya casi realidad. Muy bien por el presidente Santos y por Rodrigo Londoño, pero me quito el sombrero ante un hombre y una institución que poco se han mencionado desde el miércoles pasado en la noche: Humberto De la Calle y las Fuerzas Armadas de Colombia.

Edición 465 – Semana del 25 de septiembre al 1º de octubre de 2015
   
 
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