Fernando Dorado
  Activista social
 
   
 

Finalmente, en medio de vacilaciones y cálculos políticos, Juan Manuel Santos se la jugó por la terminación del conflicto armado. La forma vacilante como accedió a estrechar la mano del comandante principal de las FARC, es un reflejo de la manera como todo el país asume la inminente salida negociada a dicho conflicto. Entre dudas y escepticismos pero con esperanza e ilusión.

Más allá de los detalles de lo anunciado, de los acuerdos sobre justicia transicional, los plazos para la firma definitiva de los acuerdos y la fecha para la dejación de las armas por cuenta de los guerrilleros, lo más importante es determinar y tener muy en claro, qué fuerzas están detrás de lo pactado, para poder actuar en consecuencia.

Es evidente que la burguesía trans-nacionalizada y el imperio tienen la decisión de dar por terminado el conflicto armado. Es la fuerza económica que empuja a Santos. La instrumentalización de esa guerra a su favor ya cumplió sus objetivos. Ahora, aspiran a instrumentalizar también la paz. Pretenden una “paz neoliberal”.

A su lado, las fuerzas democráticas que representan a los trabajadores, pequeños y medianos empresarios y productores urbanos y rurales, y sectores maginados de la población, están convencidas que la terminación del conflicto armado es una condición indispensable para liberar las fuerzas creativas de la sociedad. Es la fuerza política que estimula y sostiene a Santos. Aspiran a una “paz plena y duradera” que garantice justicia y equidad social y económica para las mayorías nacionales.

Por otra parte, los grandes terratenientes herederos de los antiguos encomenderos y esclavistas que no han superado su visión colonial y feudal, aliados con algunos militares y mafias que viven de la guerra, se oponen a los acuerdos anunciados. Son la fuerza de la tradición oligárquica que frena a Santos. Representan la cultura de la muerte, la concepción clerical de la vida y la visión clasista y racista del poder. Quieren una “paz de los sepulcros”, aspiran al exterminio de sus enemigos. No renuncian al odio y a la venganza. Usan el miedo, la incertidumbre y la vacilación para eternizar la división y mantener su dominio.

Sin embargo, la decisión de los jefes de las FARC, del gobierno, de las principales fuerzas económicas y de los sectores políticos más avanzados del país, es irreversible. Los hechos son contundentes, la terminación del conflicto armado en Colombia es un hecho.

Lo que se empieza a jugar hacia el futuro inmediato es cómo esas fuerzas disímiles pero aliadas en torno a ese objetivo coyuntural pero primordial, se posicionan frente a las nuevas condiciones que ofrecerá ese nuevo ambiente político.

En lo inmediato los anuncios influirán de alguna forma en las elecciones locales y regionales del 25 de octubre. Las fuerzas guerreristas llamarán a derrotar lo que ellos denominan la “entrega de la nación al castro-chavismo” mientras las fuerzas democráticas se unirán en torno a la construcción de la paz.

Quienes presenten los acuerdos como un triunfo de la guerrilla, contribuirán –inconsciente e ingenuamente–, con el posicionamiento de la percepción que la derecha extrema quiere imponer entre las mayorías de la sociedad de que el Estado ha claudicado ante la guerrilla.

Quienes presentan los acuerdos como una derrota de la insurgencia, como una expresión de la claudicación y la “conciliación de clases”, no sólo muestran su total desconexión con la realidad nacional y mundial sino que alentarán a sectores exiguos de la sociedad a que mantengan reductos armados que inevitablemente se convertirán en excusas para que los guerreristas de derecha también mantengan sus grupos armados.

Pero así mismo, quienes presenten los acuerdos como la concreción de una supuesta voluntad de las clases dominantes de democratizar la sociedad y promover la equidad social, ayudan a posicionar un enorme y criminal engaño. La creencia candorosa que la terminación del conflicto armado traerá automáticamente la conquista de la paz, es mortal. Es una invención que juega a favor del gran capital que a la sombra de esa mentira pretende implementar la segunda fase de expropiación neoliberal de la riqueza colectiva, de amplios territorios estratégicos y de bienes públicos de todos los colombianos. Ese tipo de elaboraciones son dañinas y falsas, contribuyen a que la burguesía confeccione e implemente su “paz perrata” (http://bit.ly/18u7aWh).

Por el contrario, para ser coherentes, hay que presentar los acuerdos como un triunfo de la sociedad en su conjunto. Hay que hacer entender que la superación negociada del conflicto armado es una muestra de realismo político: el Estado no pudo derrotar militarmente a la guerrilla y ésta tampoco logró conquistar el poder político por esa vía. Hay que posicionar la idea de que un ambiente de paz es la condición ideal para que las fuerzas avanzadas de la sociedad logren concretar sus metas de transformación social, económica, política y cultural.

La puja inmediata será por ganar las elecciones del 25 de octubre. La lucha por la paz volverá a ser un componente en la lucha política inmediata. No basta apoyar los acuerdos, es la forma como se presente lo que juega a favor o en contra. La consigna de “no a la impunidad” en manos de Uribe y el “triunfalismo fariano”, jugarán en la misma dirección.

La sensibilidad a flor de piel que se quiere estimular por parte del uribismo frente a las supuestas ventajas que se otorgan a los guerrilleros, deberá ser contrarrestada con una fina pedagogía que ponga el perdón como principal arma para lograr la reconciliación.

Se viene un período trascendental para nuestro país. La campaña de desinformación ya se inició y la principal herramienta será la humildad, la serenidad, el debate fraterno, la búsqueda del interés colectivo, el no dejarse provocar, la comprensión del legítimo dolor y la identificación del odio vestido de aparente sufrimiento; el aislamiento de los guerreristas de profesión y el acompañamiento solidario a las auténticas víctimas del conflicto armado.

La lucha por la paz se traslada ahora al campo de la cultura y la simbología. El prepotente y amenazador –pertenezca al bando que sea–, quedará identificado con la violencia y deberá ser sancionado con el único instrumento eficaz: la sanción moral y su derrota política.

El respeto pleno de los derechos humanos y ciudadanos, tanto por parte del Estado como de todos los individuos y actores sociales, deberá ponerse al frente de la lucha por hacer efectivo un clima de resolución civilizada de nuestros conflictos.

Lograr el posicionamiento de prácticas democráticas, que combinen la tolerancia con el espíritu crítico, tanto al interior de la sociedad como de las instituciones estatales, las organizaciones sociales y los partidos políticos, tendrá que ser una meta de quienes quieran construir seriamente la paz. No de aquella “paz” que niega los conflictos sino de la que estimula la contradicción sana y el debate creador.

Podemos y debemos dar un salto cualitativo como pueblo, sociedad y nación. Superar más de 60 años de violencia continua y desgastante es parte de ese avance cualificado. Todo está dado para vencer la desesperanza y el escepticismo.

Pero a su vez, no podemos idealizar los actos en sí. La fotografía de Santos y Timochenko estrechándose las manos con la aquiescencia y colaboración de Raúl Castro, debe ser convertida en acción consciente para concretar la terminación del conflicto con el apoyo de las mayorías de nuestro país. La verdadera lucha por la paz recién comienza.

Y… ¡es posible ganarla!

ferdorado@gmail.com – Twitter: @ferdorado

Edición 465 – Semana del 25 de septiembre al 1º de octubre de 2015
   
 
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