Fernando Dorado
  Activista Social
 
   
 

En verdad, estamos muy cerca de la terminación del conflicto armado en Colombia. Deberíamos estar preparando una fiesta, pero no. Parece que fuéramos a un funeral. Y eso es grave. Ya ha pasado.

Cada quien se siente víctima y no victimario

Uno de los problemas consiste en que una buena cantidad de gente –con justas razones–, quiere ver a los comandantes de las FARC en La Picota (http://bit.ly/1VGKq6i).

Otras personas, también con mucha razón, hacen fuerza porque Uribe pague por sus crímenes. Lo ven juzgado por el Tribunal de Justicia Transicional o por la Corte Penal Internacional (http://bit.ly/1GhOk0a).

Por ahora, teniendo en cuenta lo anunciado en La Habana, y sobre todo, las  declaraciones y actuaciones del Fiscal General, parece que lo primero no va a suceder y lo segundo pudiera tener más posibilidades de ser realidad.

Eso tiene crispado a Uribe, al borde de un ataque de nervios al Procurador, muy preocupados y enojados a sus incondicionales seguidores, entusiasmadas a las víctimas del paramilitarismo y llenos de felicidad a los más apasionados opositores del expresidente.

El aspecto más sensible está contenido en el punto 4 del Comunicado conjunto N° 60 sobre el Acuerdo de creación de una Jurisdicción Especial para la Paz que dice: “(…) el Estado colombiano otorgará la amnistía más amplia posible por delitos políticos y conexos.” (http://bit.ly/1NNj9yt).

El problema consiste en que la categoría de delitos políticos solo acoge a las conductas relacionadas con la rebelión protagonizada por la insurgencia mientras que los militares, funcionarios del Estado y particulares, no son cobijados por dicho concepto.

Los negociadores del gobierno en La Habana y el mismo presidente Santos han sentido la presión. Han dicho que los acuerdos son parciales, que están en desarrollo (http://bit.ly/1PkhyRB).

Mientras tanto, los negociadores de las FARC saben que metieron un gol y se aferran a lo firmado (http://bit.ly/1MhhUaV).

El gobierno sabe que la percepción general entre la población va pasando de la indiferencia inicial a un cierto interés por la polémica que se ha armado.

La paz se hace entre personas y con el contradictor

Pero lo que debe preocupar es que no nos demos cuenta que el problema no es si se firman o no los acuerdos de La Habana. El problema real –que es muy grave–, consiste en que no se haga la paz entre los colombianos.

Si las fuerzas de la guerra, todas, incluyendo uno de los principales protagonistas como es el expresidente Uribe, no hacen parte del acuerdo, no habrá paz en nuestro país.

Si se aspira a que la terminación del conflicto armado entre la guerrilla y el Estado sea un paso efectivo hacia la construcción de la paz, tendremos que encontrar un punto de equilibrio. El gobierno –que representa al Estado– deberá encontrar formas de transar acuerdos con Uribe. Es indispensable.

De no conseguirse ese equilibrio, las mayorías colombianas pueden pasar de una esperanza escéptica a una especie de sorpresa mayúscula y de allí, muy fácilmente, a un rechazo general al acuerdo.

Ese sería el terreno ideal para que la guerra continuara. Así la guerrilla y el gobierno firmaran los acuerdos, la amenaza y la muerte estarían respirándonos en la nuca. Los grupos ilegales siguen armados, las estructuras están vivas y nuevas víctimas estarían a la vista.

Es importante recordar que la guerra en Colombia –como en todo el mundo– siempre es protagonizada por minorías organizadas y armadas, apoyadas en estados mentales y emocionales de un sector de la población, con consecuencias negativas para toda la sociedad.

Es muy preocupante. El triunfalismo es mal consejero. Tenemos seis meses para ajustar el “chico”. Nada sacaremos con una “paz” que se convierta en una precaria tregua mientras se afilan a la sombra los machetes.

Es duro decirlo pero, el entusiasmo por el apretón de manos entre Santos y Timochenko no ha pasado de ser un liviano aire de ilusión en medio de un torbellino de incertidumbres.

Paz más allá de los acuerdos… desarme de los espíritus

La Paz requiere de un verdadero espíritu de reconciliación. No se percibe ese espíritu en nuestros líderes y dirigentes.

Todavía nos amenazamos usando formas sutiles: “no autorizaré matarte”... (http://bit.ly/1jhDhgr) - (http://bit.ly/1OqkvPP).

Buscamos la forma de obtener ventajas en la Mesa: “lo firmado es inmodificable”... (http://bit.ly/1PkhyRB) - (http://bit.ly/1MhhUaV).

El contradictor sigue siendo el “enemigo a muerte” y se lo trata con displicencia y sobradez: “aproveche la oportunidad”... (http://bit.ly/1Ofeua7).

Para construir una verdadera paz, como la que conquistó Mandela, se requiere más que palabras. La forma, las maneras, los mensajes corporales, a veces son más importantes que las palabras. Hay que desarmar al contradictor con una actitud diferente.

Otros creen que la paz es cuestión de leyes y normas, “adecuaciones institucionales”, y todo tipo de componendas legalistas que no “amarran” nada si no existe una verdadera voluntad de paz y reconciliación.

El pueblo y la sociedad están esperando verdaderos mensajes de reconciliación y perdón. Pero se encuentra con todo tipo de manifestaciones contrarias: espíritu vengativo, desacuerdos, rectificaciones, palabras altisonantes, amenazas, chantajes, oposiciones obtusas, etc.

Para construir la paz hay que vivirla.

E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado

Edición 467 – Semana del 9 al 15 de octubre de 2015
   
 
Importante: Cada autor es responsable de sus ideas y no compromete el pensamiento de Viva la Ciudadanía. Se permite la reproducción de nuestros artículos siempre y cuando se cite la fuente.
 
 
 
 
comentarios suministrados por Disqus