Fernando Dorado
  Activista social
 
   
 

Al finalizar este extraordinario año 2015 –de aprendizaje a todo nivel–, quiero compartir con ustedes en forma sintética unas reflexiones. El objetivo es motivar la realización de dos tareas básicas que le he propuesto a mis más cercanos compañeros y compañeras.

La primera es continuar con la conformación de una “corriente de pensamiento” que sea el soporte real (incluido “lo virtual”) de un particular y especial “tanque de pensamiento crítico”. La idea es simple: escucharnos, leernos, compartir puntos de vista, debatir, discutir. Cada quién sacará sus conclusiones. Cada cual en su espacio, organización, grupo o solo, verá que hace con ese conocimiento. Cada quien impulsará las iniciativas que a bien tenga. Absoluta libertad pero con algo de coordinación para priorizar temas.

La segunda la planteo a partir de la situación en Bogotá pero se puede hacer extensiva a cualquier parte. Se trata de impulsar la coordinación de los esfuerzos organizativos que se realizan en cada localidad a partir de la “defensa” de los logros o avances realizados por los últimos gobiernos de izquierda y progresistas pero, –en medio de ese trabajo–, ir construyendo nuevas formas de democracia directa, deliberativa, participativa, representativa, etc. Este trabajo es más difícil, por los problemas de grupismo, sectarismo, sectorialización de la lucha social, influencia de ONG, intereses particulares, etc., pero no es imposible. ¡Es el trabajo!

Con ese preámbulo presento los siguientes puntos de vista para el debate.

Sobre el pensamiento crítico y el “Marxismo”

Inicio afirmando que no existe el “marxismo”. Lo que existe es el “pensamiento crítico”, al cual han hecho aportes muy importantes Marx, Engels, Lenin, Gramsci, Mao Tse Tung, Trostky, Mariátegui, y muchos otros teóricos y revolucionarios, apoyándose en la producción intelectual de cientos de pensadores de diferentes lugares del mundo (Grecia, Egipto, mundo árabe, China, Europa, América, África, Asia, etc.), de diferentes tiempos y de diversas ramas del conocimiento.

Lo que algunos identifican como “marxismo” es un cuerpo doctrinal que redujo a determinismos económicos algunas de las ideas de Marx, convirtiéndolos en dogmas que desnaturalizaron completamente lo que era las bases de un pensamiento crítico en permanente desarrollo.

Hoy –dentro de ese limitado marco– existen varios “marxismos” que tienen esa raíz y matriz dogmática, que sólo puede ser superada si se vuelve a la esencia del pensamiento crítico que es el rechazo a todo tipo de determinismos.

Así mismo, identificar el pensamiento de Marx con la ciencia es un error. La ciencia o las ciencias están en permanente evolución y desarrollo. Más bien podríamos decir que Marx hizo grandes esfuerzos por construir un pensamiento crítico apoyándose en lo más avanzado de la ciencia de su tiempo.

Pienso que como fruto del desarrollo de las ciencias y de la filosofía (dialéctica, cuántica, sistemas complejos, ciencias de la complejidad, complejidad no-lineal), del avance científico y tecnológico y de los desarrollos de las ciencias sociales con base en las luchas de los pueblos y de los trabajadores, existen importantísimos aportes teóricos de intelectuales como Walter Benjamín, Herbert Marcuse, Aníbal Quijano, Immanuel Wallerstein, David Harvey, Antonio Negri, y muchos otros, que deben ser asimilados por los revolucionarios “prácticos” y convertirlos en pensamiento-acción.

Pero así mismo, estamos en mora de revisar, estudiar y re-crear, conceptos y lecturas de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento que elaboraron los pueblos antiguos y ancestrales, que también nos pueden servir en este momento de la evolución humana, en donde el conocimiento lógico formal que le dio vida al “racionalismo occidental” pareciera no contar con las suficientes herramientas conceptuales para continuar avanzando. Creo que todo ese conocimiento nos puede servir, y de hecho, las “ciencias de la complejidad” empiezan a hallar interesantes conexiones con ese pensamiento llamado “mágico”.

Sobre el concepto de revolución

Uno de los problemas que nos han impedido entendernos es que tenemos disímiles ideas –muchas veces contrarias– sobre lo que es “la revolución”. La mayoría de las veces los malentendidos surgen porque estamos hablando de cosas diferentes. Hay revolución espiritual, científica, política, cultural, social, económica, tecnológica y muchas más. Existe la revolución de las cosas pequeñas y de las cosas grandes. Cada quien, de acuerdo a su formación, situación, concepción y necesidades, le da prioridad a alguna de ellas. Quienes aceptan la existencia de los “modos de producción”, su principal referente de revolución, en el momento actual, es el surgimiento y desarrollo de relaciones sociales de producción de carácter post-capitalista que superen las relaciones de dominación que son la esencia del capitalismo. Quienes creen que ya existen las condiciones materiales y espirituales (objetivas y subjetivas) para que ello se pueda hacer mediante la utilización del Estado, le dan prioridad a la revolución política. Aquellos que piensan –a partir de la evaluación de experiencias anteriores– que así existan condiciones materiales, mientras la cultura individualista no sea superada, esos intentos de revoluciones dirigidas por minorías “iluminadas”, llevarán inevitablemente al fracaso. Por ello, sus referentes serán la revolución cultural, la acción local, la educación, las reformas, “la revolución de las cosas pequeñas”, etc.

Podríamos seguir describiendo cada una de las posiciones de acuerdo a las diversas formaciones, concepciones y necesidades concretas. Sin embargo, en aras de la síntesis planteo mi posición.

Es muy importante “separar” metodológicamente cada una de esas temáticas. En la historia han existido todas esas revoluciones. Todas son realizadas por los seres humanos. En unos casos es una acción consciente, en otras no. En unas situaciones son fruto de esfuerzos individuales muy especializados, en otras, es el resultado de la acción, muchas veces espontánea pero no totalmente inconsciente (más instintiva e intuitiva que racional) de grandes grupos de personas. En algunos casos, las revoluciones políticas logran su objetivo parcial y temporal, pero siempre involucionan con el tiempo hacia formas contrarias a las que se han propuesto. El fenómeno del “bonapartismo” es, en general, la constante. Así se haya llegado al poder por vías pacíficas o armadas. Sin embargo, a pesar de los “retrocesos” y “fracasos”, las revoluciones políticas han logrado avances importantes –así aparezcan limitados en un balance histórico de amplia cobertura–, para desencadenar nuevos procesos de cambio.

Es indudable que, por ejemplo, el paso del feudalismo al capitalismo en Europa, se vio acelerado o facilitado con la “toma” del poder político por parte de la burguesía, que le dio paso a lo que podríamos denominar la forma perfecta de dominación de una clase social sobre el conjunto de la sociedad, con la aparición y creación de la “democracia representativa de carácter parlamentario”. Frente a ese Estado, las clases subalternas, entre ellas el proletariado, no han podido diseñar una estrategia apropiada para hacer lo mismo que la burguesía hizo con las fuerzas retrógradas que sostenían el feudalismo, lo que en mi concepto sugiere inmediatamente que, esas clases subalternas no han construido una “hegemonía cultural, social y económica” lo suficientemente elaborada y consistente, para ser complementada con la revolución política. Pero los intentos son un hecho, es imposible “programarlos” y lo que hay que hacer es aprender de ellos.

En el momento actual, la contradicción fundamental del capitalismo sigue siendo la misma: la socialización cada vez más amplia del proceso productivo, la apropiación cada vez más centralizada y privada de la riqueza social, y el fortalecimiento del consumismo compulsivo y el control ideológico que promueve el individualismo extremo. Pero paralelamente, hace aparición la economía colaborativa, el “prosumidor” (categoría elaborada por Jeremy Rifkin) y nuevas formas de “gobiernos de los bienes comunes” (concepto trabajado por Elinor Ostrom). La fusión entre el productor y el consumidor se logra con base y por efecto del desarrollo del “internet de las cosas” y otros avances tecnológicos en el campo de la energía y la información. Es decir, como lo previó Marx, el desarrollo de las fuerzas productivas (incluidas las del “productor” y “trabajador”) van creando las condiciones para socavar las bases del capitalismo.

Con base en las anteriores formulaciones creo que en el momento actual se están dando las condiciones para actuar en dos niveles: una, la lucha por acceder al control del “Estado heredado”, no con las pretensiones de “hacer” con ese aparato los cambios estructurales que el mundo requiere, pero sí para neutralizar a las fuerzas que se oponen a la democracia (incluida la democracia burguesa) e impulsar cambios paulatinos y parciales en el ámbito de lo político, social y económico. Dos, la lucha por construir con los pueblos y los trabajadores nuevas formas de democracia “desde abajo” que se constituyan en formas de auto-gobierno, siguiendo la orientación desarrollada por Marx en su evaluación de la Comuna de París (1871). El énfasis debe ser colocado en esta segunda tarea, que es la que deberá colocar el ritmo y la fuerza para poder socavar y destruir el Estado heredado y avanzar hacia cambios más profundos.

Estos últimos aspectos serán desarrollados o complementados en los siguientes apartes o subtemas.

Nota: Esta es la parte introductoria de un documento en preparación.

Edición 475 – Semana del 4 al 10 de Diciembre de 2015

   
 
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