Álvaro González Uribe
  Abogado, escritor y columnista – @alvarogonzalezu
 
   
 

Parece contradictorio juntar las expresiones palabra y silencio en una sola frase, pero precisamente lo que ha ocurrido en Colombia es malograr, negar o desaparecer la palabra incómoda.

Narrar públicamente hechos delictuales mediante todas las formas posibles, al igual que opinar sobre ellos, es una de las armas más eficaces contra el crimen, pues se trata de un ejercicio expedito no sometido a plazos ni a recovecos juridicoprocesales, siempre y cuando, claro, se haga con seriedad y profesionalismo.

El Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) acaba de publicar el informe “La palabra y el silencio”, una investigación sobre el asesinato y la violencia contra los periodistas en Colombia desde 1977 hasta la fecha. Según este trabajo, en dicho lapso han sido asesinados 152 periodistas por causa de su profesión.

También el informe da cuenta de amenazas, extorsiones, secuestros y otras obstrucciones contra periodistas que han llevado a Colombia a ocupar los últimos lugares en indicadores de libertad de prensa en el mundo. Además, no solo se trata impedir a la fuerza que la palabra nazca, sino también de vengar la palabra ya dicha, lo cual se convierte a su vez en amenaza general para todo el periodismo colombiano.

¡Aquí pasó algo!, ¡aquí pasa algo! o ¡aquí pasará algo!, es lo que en resumen grita un periodista cuando denuncia. Y claro, el actor de ese algo no quiere que se sepa lo que hizo, hace o hará, y si lo hace y lo cuentan quiere vengarse. Precisamente, el trabajo del CNMH habla de “acallar, amedrentar, aleccionar, desaparecer, presionar, silenciar” como los verbos rectores con que se ha pretendido apagar o se ha apagado efectivamente la palabra del periodista.

El estudio trae móviles, regiones, modalidades, tipo de víctimas y de victimarios y, en general, las diferentes caracterizaciones y circunstancias de esas violencias. Por ejemplo, si en Colombia estamos cada día más impresionados por los altos niveles de corrupción que hemos alcanzado, no se nos haga extraño que el mayor motivo de esos 152 asesinatos de periodistas es la corrupción con 30 casos. Le siguen el narcotráfico con 27, las guerrillas con 23 y los paramilitares con 22. Incluso, creo muy posible que varios de los asesinatos que se dice provienen del narcotráfico, las guerrillas y los paramilitares de alguna manera estén relacionados con corrupción.

Sobre todo en un país donde la justicia es lenta y deficiente, la prensa se constituye, no en su reemplazo porque nada debe reemplazar las instituciones oficiales, pero sí en una gran impulsora de la justicia y de la pulcritud en el manejo de lo público. No sé qué tanto pueda uno decir que los delincuentes, en especial los de cuello blanco o silenciosos, teman más a la prensa que a la justicia colombiana. Quizá sí.

Por eso es tan importante que la prensa sea libre, independiente, rigurosa y responsable, pues los ciudadanos tienden a creer más en esta que en la justicia y que en las autoridades.

La oscuridad es el medio en el cual se amparan la corrupción y el crimen en general, y los periodistas van por ahí con linternas iluminando rincones, oficinas, calles, campos y cajones. El periodista abre, destapa, alumbra, lee, escucha, desenmaraña, ata cabos y devela para luego publicar. Por eso es blanco de ataques de los criminales de todas las pelambres. Por eso la palabra valiente debe romper el silencio y por eso el silencio criminal quiere romper la palabra valiente.

Bienvenida esta publicación del CNMH, bienvenidas esta y todas las investigaciones que nos abofeteen en la cara a los colombianos que “aquí pasó algo”; que esto no ha sido charlando, que en este país han sucedido cosas execrables que debemos recordar y esculpir en todos los muros para que no se repitan. No crean, sé de gente que dice que aquí no ha pasado nada o poco, que aquí se exagera. Y eso para no hablar en esta nota de quienes justifican ese algo sucedido que merecen miles de columnas más.

Edición 476 – Semana del 11 al 17 de Diciembre de 2015
   
 
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