El túnel fiscal y la “sobornanza”

 
La lógica es clara: A una constante corrupción estructural corresponde una constante reforma tributaria estructural. Es la acción más facilista, incluso por impopular que sea, pues los gobiernos saben cómo presentarlas a manera de sudor y lágrimas “porque es que no hay otra forma”.
 
Álvaro González-Uribe
 
Abogado, columnista y escritor
 
 

Todos hemos escuchado la expresión ‘hueco fiscal’, relacionada con el concepto déficit fiscal, situación en la que se encuentra un país cuando su gobierno gasta más de los ingresos que recibe. Sale más de lo que entra.

Ese déficit fiscal tiene varias causas y diferentes soluciones según sus motivos, la impronta ideológica de cada gobierno, el contexto económico internacional e incluso la situación política y social del país que lo vive.

El exceso de gasto de un gobierno sobre sus ingresos en una fecha determinada es lo que se denomina ‘hueco fiscal’. También puede tomarse como la parte del exceso del gasto público sobre su ingreso que no está financiada. “Es necesario tapar el hueco fiscal” dicen expertos y legos.

Pero la noción común de hueco fiscal suena estática, así su profundidad se ahonde o se disminuya en el tiempo por cualquier circunstancia. El hueco está ahí, y se puede llenar, agrandar o tapar. Esto, por la sencilla razón de que un hueco, como lo entendemos vulgarmente y en términos económicos, tiene fondo. Profundo o pando pero tiene fondo. Es medible. Se sabe cuánto se requiere para ser tapado.

Sin embargo, cuando un hueco no se puede tapar por mucho que se intente llenar quiere decir que no es suficiente el esfuerzo, que el hueco es excesivamente profundo, que por alguna razón a medida que se tapa se ahonda más, o que sencillamente no tiene fondo. Entonces es un túnel, por dentro del cual fluye algo.

Esta metáfora del hueco –basada en el mismo término económico– la traigo a colación para explicar que en Colombia hoy tenemos, no un hueco fiscal sino un túnel fiscal debido a la corrupción. Aunque las condiciones económicas internacionales mejoren –por ejemplo los precios del petróleo y en general de los ‘commodities’– y aunque disminuya el gasto público o cambie la política económica oficial, no hay forma de tapar el hueco porque la corrupción es una máquina que horada permanentemente.

Mientras la corrupción siga perforando, el hueco fiscal nunca se llenará y todo esfuerzo por taparlo siempre será inútil. Las vergonzosas cifras de Reficar hablan por sí solas. Lo más grave es que muchos gobiernos recurren a las reformas tributarias “estructurales” para aminorar en algo ese desangre ilícito. Los corruptos nos roban a los ciudadanos por partida doble: primero, en obras y servicios que dejamos de recibir oportunamente, en buenas condiciones o nunca, y, segundo, en el dinero que los gobiernos nos sacan luego con más impuestos para cubrir ese robo.

La lógica es clara: A una constante corrupción estructural corresponde una constante reforma tributaria estructural. Es la acción más facilista, incluso por impopular que sea, pues los gobiernos saben cómo presentarlas a manera de sudor y lágrimas “porque es que no hay otra forma”. En Colombia las cifras de varios escándalos de corrupción comparadas con el valor de la última reforma tributaria muestran claramente el mismo y hasta un mayor valor de los primeros frente a la segunda. Claro, no se puede hacer un cálculo exacto dadas las múltiples variables que influyen en la economía. De todas maneras, queda un descontento casi subversivo en los ciudadanos.

Estamos mamados de que nos roben de una manera tan descarada por mucho que se estén destapando algunos casos ahora, que es lo mínimo a pedir ya que no nos pueden devolver los dineros hurtados. Y el descaro sigue cuando tratan de tapar con varias obras (¡inauguraciones pomposas!) las que se han dejado de hacer que reposan en cuentas extranjeras o en inversiones privadas.

El caso Odebrecht es uno de tantos y bastante cuantioso. Eso de que el ritmo de la infraestructura pública de los gobiernos tenga que crecer al ritmo de los sobornos es una manera bastante particular de gobernar. “Que roben pero que hagan obras”. Esa peculiar forma de gobernar debería tener un nombre aceptado por la Real Academia Española: la “sobornanza” en oposición a la tan usada últimamente gobernanza.

Con “sobornanza” y corrupción en general se cava el túnel fiscal. Sin embargo, hay un remedio para clausurar ese túnel fiscal y remplazar la “sobornanza” por la gobernanza: El voto libre y consciente. Y con memoria…

Edición 534 – Semana del 17 al 23 de Marzo de 2017
   
 
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