El espíritu de Juan Lara

 
El día antes de morir fue la vez que yo lo vi. Don Juan o Juan Lara como es su nombre completo o su gracia, como decimos nosotros, era un hombre de palabra, delgado, alto, con sombrero de vueltas y los dientes de arriba envueltos en oro y plata…
 
Víctor Negrete Barrera
 
Centro de Estudios Sociales y Políticos, Universidad del Sinú
 
 

Con motivo de Semana Santa

Tal vez el hombre no se acuerda de mí… bueno, no tiene por qué acordarse… en cambio yo no he podido olvidarlo nunca… y eso que apenas lo vi una sola vez, recién cumplí los cinco años. Hoy, ya próximo a los ochenta, no he tenido la oportunidad de mirarle otra vez la cara a pesar de estar buscándolo sin sosiego por todas partes y a todas horas. Hace poco supe de él, cuando apareció en el municipio de Valencia, allá en el Alto Sinú. De nada me valió llegar rápido puesto que en la madrugada había marchado sin rumbo conocido, sin dejar un mínimo rastro por donde seguirle sus pasos vagarosos.

Ahora me entero que está aquí en mi propio pueblo. Dicen que fue él quien intentó quemar esta casa de techo pajizo, todavía humeante a pesar de tanta tierra y agua que le han echado. Y aquí mismo donde usted me ve, encima de las raíces retorcidas de este orejero, lo estoy esperando para decirle que soy Lisímaco, el primogénito de Medardo Muñoz, su entrañable amigo que nació y murió en los mismos playones de la ciénaga de Playa Rica, a menos de cincuenta pasos de donde él murió seco por no querer pasar nada de comer ni de beber, a la sombra de un palo de chengue florecido, apenas porque una mujer no le entregó sus encantos después de haberla perseguido todos los días durante varios años.

El día antes de morir fue la vez que yo lo vi. Don Juan o Juan Lara como es su nombre completo o su gracia, como decimos nosotros, era un hombre de palabra, delgado, alto, con sombrero de vueltas y los dientes de arriba envueltos en oro y plata. Por lo menos así fue que yo lo vi el día que mi papá me llevó con él a suplicarle otra vez que comiera algo, y a recordarle que no hay una sola mujer en el mundo, que hay montones de donde escoger.

El agradeció con gentileza el gesto de mi padre y le aseguró con algo de rabia en los ojos negros que las cosas no quedarían así, que las mujeres engreídas pagarían caro su desprecio. Al día siguiente murió. Lo enterraron ahí mismo, dizque por orden expresa de él, con sombrero y todo lo que llevaba puesto, más trece piedras de distintos tamaños y el antojo que lo velaran con mechones las nueve noches reglamentarias. Encima le colocaron una cruz hecha con maderos de polvillo, el árbol que en verano produce tantas flores amarillas que lo convierten en una corona de alegría y admiración.

No faltó el susto o la sorpresa que causó en todos el hecho que don Juan haya muerto con una ligera sonrisa malévola por donde se le metía la claridad del sol, produciéndole unos destellos hasta bonitos en los dientes, según nos contó mi padre cuando regresó del entierro.

Una vez pasó el novenario, después de unas cuantas horas no más, en la tardecita para ser exactos, sucedió algo que nos hizo caer en cuenta que el espíritu de don Juan se había quedado en el pueblo. Y esto no me lo contaron. Yo vi a Zenaida, la causante de la pena y la muerte de don Juan, hacer su costumbre de sacar la mecedora y sentarse en el corredor con la puerta de la sala abierta. Casi enseguida oímos el golpeteo pasero de unos cascos invisibles y de una vez aquel piropo que ella escuchó tantas veces y nosotros sabíamos de memoria:

Aquí me tienes mujer
como garcita en laguna
¿Cómo quieres que me vaya
sin esperanza ninguna?

El susto fue grande al principio pero alcanzamos a calmarnos. Ella palideció, hizo la señal de la cruz, dijo algo y entró apresurada a la casa, cerrando la puerta con estrépito de rabia o de miedo. Diez días después volvimos a verla. Nos la mostraron muerta, irreconocible, con un escapulario en las manos y vestida de blanco porque se fue virgen de este mundo. De este mundo ingrato, como dijo su abuela, porque permitió que el espíritu de un malvado acabara con su nieta querida.

Entonces contó con voz parecida al llanto, que el espíritu siguió tirándole piropos a Zenaida, cantándole décimas, tocándole el cabello, diciéndole vulgaridades al oído, dándole besos en la cara y como todavía se resistía le dio por lanzarle piedras, arrojarle puñados de tierra en los platos de comida, jalarle el toldo y quitarle las sábanas cuando trataba de dormir. Por esta razón mi niña se consumió y está como está, casi en el hueso pelado.

Lo que siguió después todo el mundo lo sabe: el espíritu de don Juan se dedicó a castigar las mujeres engreídas de estos pueblos. Primero las enamora, si lo aceptan hace el amor con ellas y se va tranquilo, sin importar si quedan o no embarazadas. Si lo rechazan pasa lo de Zenaida: las hostiga de tal manera que no les permite un instante de reposo… pobrecitas, me dan lástima las mujeres en las que se fija don Juan.

Ahorita mismo pienso en todo lo que está sufriendo mi compadre, el Quincho Montes, porque don Juan se fijó en su hija. Si, son los que viven en esta casa chamuscada por el fuego… ¿Alcanza a ver a la Juanita, la muchacha de rojo que está llorando? Don Juan está enamorado de ella y como no lo acepta le quemó la casa. ¿Cierto que da pesar?

Yo pasé por lo mismo con la última de mis hijas. Ella terminó entregándosele y tuvo un hijo de él que es nieto mío. Ya pasa de los veinte años y es todo un hombrón pero está sin recibir la gracia de Dios. Por estos dos  motivos estoy aquí: para decirle a don Juan que la Juanita es hija de él y preguntarle si podemos bautizar a mi nieto con su apellido.

Nota. Tomado del libro Relatos de nosotros los cordobeses. Montería, marzo 2017.

Edición 537 – Semana del 7 al 20 Abril de 2017
   
 
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