Palabras de guerra

 
Es una responsabilidad dar ejemplo al pueblo de cómo comportarse, porque no se trata solo de evitar más violencia, sangre y muertos que por supuesto es lo más importante, se trata igualmente de entender que hacer política es también educar a los ciudadanos…
 
Álvaro González-Uribe
 
Abogado, columnista y escritor
 
 

Entiendo aunque no comparto que mediante el lenguaje pendenciero la oposición quiera interferir los vientos de paz que empezaron a soplar en Colombia. Pero que los involucrados en el acuerdo de paz utilicen ese lenguaje sí que es un absurdo, sea quien fuere su interlocutor.

Dejación de armas y también
dejación del lenguaje bélico y camorrero…

De todas maneras, por comprensible que políticamente sea, es inaudito ese lenguaje por parte de la oposición. El solo hecho de estar en la civilidad obliga a un lenguaje con expresiones propias de tal estado, sin que ello implique perder la identidad política.

¿Repetir la lección? Los airados discursos en el Congreso durante la denominada época de la Violencia (1946 – 1956) tenían como inmediata réplica machetazos, disparos y muertes atroces –con cortes propios– en pueblos y campos de Colombia, mientras los congresistas en contienda de oratorias salían luego a tomar juntos un chocolate santafereño o un ‘whisky’ en elegantes salones y clubes de Bogotá como si nada se hubieran dicho.

Moderar el lenguaje en fondo y en forma es una obligación social que nace de las oportunidades de estudio y preparación, como también de ejercer la opción escogida de hacer política por medio de la palabra, del diálogo e incluso –y claro– de las discusiones democráticas apasionadas pero fundamentadas y con el objetivo siempre de buscar una Colombia mejor, sean cuales fueren la ideología o las pretensiones electorales.

El presidente Santos sí que menos debe adoptar el mismo lenguaje de algunos opositores. No puede caer en la trampa de jugar en esa cancha de las expresiones coléricas o cáusticas, y a veces de los improperios y agresiones verbales. Sobre todo, el presidente debe recordar que es nada más y nada menos un premio Nobel de paz. No se trata de poner la otra mejilla porque las actuaciones hay que defenderlas, pero sí de responder solo cuando sea necesario y con palabras propias de su dignidad nacional e internacional.

También es una obligación de los dirigentes de las Farc cambiar de lenguaje si optaron por esta otra forma de lucha. Hay que reconocer que su discurso ha mutado en los últimos tres años, pero algunos como Jesús Santrich siguen azuzando con salidas de tono que en nada ayudan a su grupo ni a la paz.

Aunque existan antagonistas al modo como la ha buscado el actual gobierno, la paz que estamos logrando, la paz que todos queremos (¿no es así opositores?), requiere –ya sea para conservarla y potenciarla o ya sea para obtenerla con otros métodos– de palabras mesuradas, de expresiones civiles y civilizadas y de ideas aireadas sin formas violentas. Al fin y al cabo, si se busca la paz, si se busca que el ruido de las armas no sea la expresión que domine a Colombia, el sonido calmo e inteligente es el que debe reinar sin perder las ideas fogosas y hasta extremas. Los gritos, insultos, injurias y mentiras –hoy posverdades– oscurecen la mente; son el “argumento” de quien no tiene argumentos.

Basten solo tres ejemplos de la última semana sin necesidad de contexto: “volveremos trizas” (exministro Fernando Londoño), “se quedaron viendo un chispero” (presidente Santos), “extirparla de raíz” (Fiscal General)... Sean justos o injustos los motivos, ese lenguaje indica que nuestra dirigencia sigue en pie de guerra y así jamás habrá paz de ninguna manera en Colombia, como tampoco así se consiguió ni se conseguirá ganar ninguna guerra. Un reto: cambiar el lenguaje.

Se puede…

No solo se puede sino que se debe. Es una responsabilidad de nuestra clase política sea cual fuere su orilla. Es una responsabilidad dar ejemplo al pueblo de cómo comportarse, porque no se trata solo de evitar más violencia, sangre y muertos que por supuesto es lo más importante, se trata igualmente de entender que hacer política es también educar a los ciudadanos, pues estos ven en sus dirigentes una gran cartilla de cómo actuar en todos los actos de su vida.

Se ha dicho hasta la saciedad que la paz no es solo el silencio de los fusiles y es cierto: la paz es integral y es un proceso largo que abarca varios campos. Pero ante todo, la paz es una forma de vida, es una cultura. Y parte clave de esa cultura es el lenguaje.

Edición 541 – Semana del 12 al 18 de Mayo de 2017
   
 
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