Reflexiones de un corresponsal novato

 
Mi aterrizaje en Colombia fue, ciertamente, un aterrizaje forzoso. Apenas hacía tres semanas que había llegado a El Dorado para probar algo radicalmente nuevo en mi trayectoria periodística: iba a ser Corresponsal en el extranjero, para la Radio Televisión Vasca. De Bogotá fui al Yarí, a la conferencia guerrillera, y después a Cartagena, a la solemne firma de la paz... Estaba demasiado ocupado en tratar de no tropezar más de lo estrictamente aceptable, cuando llegó el 2 de octubre.
 
Jon Artano Izeta
 
Corresponsal EITB Radio Televisión Vasca
 
 

“¿Qué cómo me siento...? Voy a ir a mirar a mis dos hijos, a darles un abrazo, y a decirles que como la generación de mi padre, la mía también fracasó en tratar de construir para ellos una oportunidad de paz”.

Con esas palabras comienza la respuesta más conmovedora que he recibido en mucho tiempo. Tres minutos y cincuenta y seis segundos de sentimientos, expresados con una elocuencia excepcional. Es uno de los primeros archivos de voz que guardo en mi celular. Data del 2 de octubre. Me la dio un hombre de mediana edad de quién sólo recuerdo que se llama Carlos –si por azar el protagonista se reconociese en esas palabras, le agradecería que me escribiese porque quisiera saber cómo ve el panorama nueve meses más tarde...

Aquí otro extracto de la reflexión de Carlos: “Esta es una sociedad que lleva tres generaciones matándose. El odio es una pasión terrible... y el odio sumado a la mentira es un cocktail explosivo. Es tanto el terror que le metieron a mucha gente que, ante la duda, ha optado por abstenerse. O por votar NO. Yo voté por el SÍ porque tenía la esperanza de ayudar a cambiar el futuro, ¡que es lo único que puedo cambiar! No puedo ni cambiar ni olvidar el pasado; pero tampoco puedo seguir viviendo en él. Al parecer la mitad de esta sociedad prefiere seguir en la incertidumbre de la guerra, del dolor, de la tragedia, que avanzar hacia un proceso civilizado, tranquilo. Hemos tenido la oportunidad de acabar con una marca que se llama Farc, que durante décadas nos causó mucha desgracia. La mayoría en este país decidió que es mejor seguir con ella”.

Había salido del hostal en el que me alojaba para palpar el ambiente en las calles y me encontré a Carlos en la Carrera Séptima, a la altura de la Calle 64. Al mismo tiempo una docena de personas más avanzaban exánimes arrastrando banderas blancas, y cada pocos metros formaban círculos improvisados en la acera. Hablé también con una mujer que dijo estar profundamente triste y un joven universitario que comenzó a sollozar nada más abrir la boca. Recuerdo el shock que me produjo el cruzar la calle y ver a otra gente, mucha más gente, ejercitándose en el BodyTech o entrando al Carulla.

Mi aterrizaje en Colombia fue, ciertamente, un aterrizaje forzoso. Apenas hacía tres semanas que había llegado a El Dorado para probar algo radicalmente nuevo en mi trayectoria periodística: iba a ser Corresponsal en el extranjero, para la Radio Televisión Vasca. De Bogotá fui al Yarí, a la conferencia guerrillera, y después a Cartagena, a la solemne firma de la paz... Estaba demasiado ocupado en tratar de no tropezar más de lo estrictamente aceptable, cuando llegó el 2 de octubre.

El mes anterior a embarcarme en esta aventura lo invertí en leer una serie de libros sobre mi nuevo destino. “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince, que me pareció emotivo y bellísimo; “En busca de El Dorado” de John Hemmings, sobre las avatares y las calamidades que padecieron –e infligieron– los primeros europeos en arribar a esta parte del mundo; “La virgen de los sicarios” de Fernando Vallejo, cuya crueldad excesiva me causo repulsión hasta convertir el relato en algo más lejano que las crónicas de Hemmings sobre Jiménez de Quesada, Belalcázar o Federman; y, por último, “Colombia, una nación pese a sí misma” de David Bushnell...

Una heterogénea antología que debo, no se extrañen, a la sección de lecturas recomendadas de la guía Lonely Planet. ¿A quién iba yo a pedir sugerencias literarias? De los conocedores del país con los que hable, los más prolijos en detalles fueron mi dentista de cabecera que, pese a contar en su haber con una única estancia de pocos días en Bogotá, afirmaba, sin asomo de duda, que Colombia es un infierno de crimen y robo; y un barman de mi barrio, antioqueño él, que me narró su adolescencia en Medellín, cuando Escobar puso precio por cada cabeza de policía muerto.

La mayoría de historias que escuche y que leí, por lo tanto, tenían un denominador común: la violencia. Quien me pidió que escribiera estas cuartillas sobre mi visión del proceso de paz, tuvo a bien mencionarme que... “recuerda que fueron casi 52 años de una inclemente violencia la que tuvimos que padecer en nuestro país”. Estoy seguro de que él convendrá en que la violencia hunde sus raíces más allá del nacimiento de las Farc. Y más allá de la época anterior, conocida como La Violencia, que causó tantas muertes como la guerra entre las Farc y el Estado. Y más allá de las guerras civiles del XIX. La violencia está presente, por lo menos, desde que se comenzó a escribir la historia de la Nueva Granada. Ahora esa ‘marca’ a la que se refería Carlos sí está a punto de desaparecer, no así la violencia.

¿En qué manera ha moldeado ese pasado común el carácter nacional? Es evidente que Colombia ha sido uno de los bancos de pruebas dónde con mayor éxito se han experimentado las tácticas de la posverdad. Pero... ¿Qué es lo que ha convertido a una gran parte del país en terreno fértil para esas fake news, que de primeras me parecieron cómicas, de tan ridículas? ¿Algo que ver tendrá ese pasado marcado a fuego, o no? Una amiga sentenció sobre este asunto: Imagina un perro apaleado durante 500 años, ¿Que reacción esperarías de él, por mucho que tú te acerques con las mejores intenciones?

Cito a Bushnell: “Otra paradoja de la historia colombiana, sin embargo, es que la violencia política, si bien ha sido muy frecuente, se ha mostrado bastante ineficaz, excepto en lo que a producir muertes y destrucción se refiere, pues casi nunca se ha derrocado un gobierno por la fuerza”. Parece que las Farc también saben esa lección. Y su apuesta es decidida. Lo demostraron cuando volvieron a sentarse en La Habana para renegociar lo firmado, sabiendo que todo cambio sería, necesariamente, una cesión por su parte. Lo demostraron trasladándose a esos lugares donde debían haberse encontrado con las zonas veredales. Y lo han demostrado dejando las armas.

Y sin embargo dos tercios de los colombianos siguen pensando que el proceso de paz con las Farc va por mal camino. No sé cuál será el porcentaje entre los exguerrilleros. Ellos también tienen algún motivo para el escepticismo. Al término del evento en Mesetas, cuando los protagonistas descendieron del tablado, vimos que Juan Manuel Santos, pudiendo haberse marchado de inmediato, optó por quedarse un rato para estrechar la mano y charlar un instante con cada una de las personas que le reclamaban la amnistía para los presos. Les miraba a los ojos. No sé qué les dijo a esas personas, pero puedo imaginar que les aseguró que cumplirán su parte. Esperemos que así sea.

Queda mucho por hacer. Quedan los presos (¿Le importan a alguien aparte de a sus allegados y a sus camaradas?), un tema sencillo dentro de lo que cabe, más sencillo desde luego que el primer punto del acuerdo de paz. ¿Cómo pretende el Estado implementar la política de desarrollo agrario integral, si ha sido incapaz de ocupar el vacío dejado por las Farc? Ahí es donde la violencia continúa. 42 líderes sociales asesinados desde el comienzo de la aplicación de los acuerdos de paz. 42 personas. ¿Qué atención se ha dedicado a todos esos casos? Comparémoslo con el impacto mediático del atentado en el centro comercial Andino.

Dicen, y repiten, que no hay una sola Colombia, que hay por lo menos dos: la de las grandes ciudades y la del campo. Y este último ejemplo viene a corroborar no sólo la existencia de esos mundos paralelos, sino también su jerarquización. Y el desinterés por lo que sucede fuera de las urbes ha contribuido a cebar el grupo de los indolentes.

Yo, que apenas he comenzado a rascar la superficie de la realidad colombiana, quiero creer que aquellos que ven el futuro con pesimismo se equivocan. Una receta para trabajar por conseguir una paz estable y duradera –y justa– me la proporcionó otro periodista vasco al que he conocido en Bogotá. Es fotógrafo y se llama Álvaro Ybarra. Lleva cerca de 20 años retratando Colombia, y pude entrevistarlo con motivo de la inauguración de su exposición Macondo en el centro de Memoria Paz y Reconciliación.

Le pedí al autor que escogiera una de sus fotografías, y eligió la de un caballo escondido detrás de un muro. Para Ybarra “es una imagen que representa lo que es Colombia. Un país en el que durante sesenta años se han levantado muchísimos muros. Muros que no te dejan ver lo que hay al otro lado creando prejuicios, estés a uno u otro lado. En definitiva es una representación de lo que ha sido y es el gran reto al que se enfrenta el país: tumbar todos esos muros, esas fronteras, esos prejuicios”.

Edición 549 – Semana del 7 al 13 de Julio de 2017
   
 
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