Claridad y democracia

 
Cuando los gobernantes adoptan decisiones que como propuestas no fueron inteligibles siendo candidatos llegan los desengaños. El discurso diáfano, además, facilita las rendiciones de cuentas que son otro elemento esencial en la democracia moderna. ¿La ciudadanía cómo va a pedir cuentas a un gobernante de quien no tuvo claro qué le prometió?
 
Álvaro González Uribe
 
Abogado, columnista y escritor
 
 

Hay un componente clave de la democracia que poco se menciona: La claridad. Claridad en los procesos, en los conceptos y en el discurso. La confusión, la oscuridad, la sinuosidad y el abigarramiento son propicios para el fraude, los errores y las decisiones equivocadas.

Quiero referirme a la claridad en el discurso de los candidatos. Los ciudadanos somos dados a pensar que quien usa términos extraños o rebuscados es el que más sabe y el más capaz. Nos obnubilamos ante el discurso plagado de cifras, gráficas y palabras pomposas. Abundancia de adjetivos sobre sustantivos es ya sospecha de banalidad.

Detrás de la conversación “técnica” desubicada, rimbombante o extensa se esconden la ignorancia, la arrogancia o el engaño. En el mejor de los casos se oculta el candidato que desconoce cómo conectarse con el ciudadano; el candidato que no diferencia una junta directiva, una cátedra magistral o un consejo de ministros del ciudadano común que es el más abundante en cualquier población. Y esa desconexión es fatal, tanto como candidato como cuando gobernante si llega a serlo.

El discurso profuso, confuso y difuso es antidemocrático porque la democracia debe estar basada en el entendimiento con el objetivo de lograr el voto consciente. Un candidato debe comunicar sus ideas de manera nítida, precisa y concisa con el fin de que el ciudadano sepa por quién, por qué y para qué vota.

Cuando los gobernantes adoptan decisiones que como propuestas no fueron inteligibles siendo candidatos llegan los desengaños. El discurso diáfano, además, facilita las rendiciones de cuentas que son otro elemento esencial en la democracia moderna. ¿La ciudadanía cómo va a pedir cuentas a un gobernante de quien no tuvo claro qué le prometió?

También están quienes mienten en campaña: los demagogos o populistas. Nunca han faltado. Hábiles y astutos pero jamás estadistas. Saben ser claros, cortos y simples pues, al igual que la verdad, la mentira para que sea creíble requiere ser expresada de una manera entendible por todos. Saber mentir es un arte, dicen, pero saber comunicar la verdad es otro arte. Comunicar no es producir palabras, es saber hacer entender el mensaje que se quiere expresar.

Pero la comunicación clara y concisa necesaria para la democracia no solo se debe quedar en las campañas electorales. Es fundamental la comunicación expedita y pertinente del gobernante con los gobernados, ya sea por sí mismo o por sus representantes. Gobernante que no comunica o que lo hace mal da espacio para que otros lo hagan por él con el peligro de las tergiversaciones de buena o mala fe. En muchos casos la misma oposición se encarga de comunicar lo que el gobernante no expresó o dijo mal. Gobernante que no comunica bien no gobierna bien.

También se equivoca el que satura los medios de comunicación repetidamente. Su discurso se vuelve ruido, minando su credibilidad y gobernabilidad. El gobernante, al igual que el candidato, debe ser como nuestro famoso Código Civil redactado por Andrés Bello: Con las palabras contadas, pesadas y medidas.

Un ejemplo de mala comunicación fue el proceso de paz con las Farc: La falta de pedagogía por parte del gobierno sobre lo que se estaba discutiendo y sobre lo acordado en La Habana fue una gran determinante para la victoria del No en el plebiscito. Se lo he escuchado varias veces el candidato presidencial Sergio Fajardo. De acuerdo. Las falsas verdades que de mala y buena fe circularon –y en general todas las falsas verdades o posverdades– fueron efectivas por la deficiente información de los ciudadanos. Cuando no hay información o es equivocada los ciudadanos tragan entero porque no tienen elementos suficientes para discernir. Es apenas lógico.

Dijo el sociólogo alemán Max Weber (1864 – 1920) que las tres cualidades fundamentales de un político deben ser la mesura, la responsabilidad y la pasión. Nada más cierto: Mesura para no atosigar y volver humo las palabras, responsabilidad para prometer solo lo que puede realizar, y pasión para entusiasmar al ciudadano y volverlo parte de su proyecto. Mesura sin responsabilidad y pasión es aritmética. Responsabilidad sin mesura y pasión es vacuidad, y pasión sin mesura y responsabilidad es arrebato.

Edición 566 – Semana del 3 al 9 de Noviembre de 2017
   
 
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