Medellín es de cielo y guayacanes

 
En Medellín puede sonar, verse, olerse, probarse y pasar de todo: Lo melódico y lo ruidoso, lo hermoso y lo espantoso, lo fragante y lo fétido, lo exquisito y lo insípido, lo bueno y lo malo…, pero mientras ese cielo calidoscópico siga allí arriba en los atardeceres de verano, y mientras uno se encuentre por ahí un guayacán florecido o alfombrado, esta ciudad será siempre mi amada ciudad de colores en la piel y en el alma, mi ciudad encielada y aflorada, mi ciudad de llantos y cicatrices pero también de risas y esperanzas.
 
Álvaro González Uribe
 
Abogado, columnista y escritor
 
 

Medellín tiene cosas maravillosas pero hay algo que me gusta más: Los colores de esas cosas.

Sí, Medellín es de colores. Medellín es colores de cosas. El azul cerúleo del cielo y el blanco níveo de sus nubes. Hasta el gris invierno de su invierno es más gris. También el blanco, verde y amarillo del Metro, y el verde de las montañas que la contienen y de sus cerros tutelares. El rojo, naranja, morado, marrón, verde y amarillo de los mangos, naranjas, limones, uvas, bananos, manzanas, aguacates y zapotes que posan para la venta en carretillas igualmente de colores.

Y también –¿por qué no? – hasta los colores de los carros, las ropas de la gente, las fachadas de casas y edificios y la misma gente, porque Medellín es tierra de todas las pieles y para todas las pieles y colores de ojos y de cabellos y de palabras y de músicas. Es que palabras y músicas también tienen colores si se aprende a conectar oídos, ojos, recuerdos, imaginación y sentimientos.

Entre tantos colores, ¿con cuáles quedarme?, quizá con todos, sí, pero hay dos fenómenos que para mí son los colores de Medellín y que me aprietan la nostalgia cuando he estado ausente: El arrebolado color múltiple de su cielo en los atardeceres de verano y el color de sus guayacanes florecidos.

Ese cielo se adhirió a mis ojos desde mi infancia. Recuerdo que me quedaba largos ratos mirando embelesado esas enigmáticas nubes alargadas, amarillas, malvas, naranjas y de colores sin nombre, empastelados o fogosos, que muy despacio iban cambiando de forma y color como un calidoscopio. Eso es: El cielo de Medellín en los atardeceres de verano es un inmenso calidoscopio que cambia sus colores y formas caprichosamente al son de los altos vientos, y estoy seguro de que también al son de algo más misterioso que no quiero descubrir jamás porque huiría la magia.

Y los guayacanes… ¡Ay, los guayacanes! Son regalos del paraíso que uno se encuentra por ahí de vez en cuando a la vera de alguna calle o en aquel parque, muchas veces inesperadamente para más maravilla. Uno los ve un día florecidos, erguidos y frondosos y al otro día o a los pocos, si se los vuelve a topar, los ve regados en pétalos alrededor del tronco, derramados en tapetes casi siempre amarillos aunque también rosados. Alfombras mágicas que siguen siendo los mismos guayacanes esparcidos en tierra como un homenaje a quien los nutre, o como un manto del que generosos se despojan tronco y ramas sin dejar de ser el mismo milagro.

(Y sí, lo sé: Es la misma Medellín donde el gris del cemento y pavimento lucha a muerte contra el verde del pasto, y donde apretujados arrumes de ladrillos libran una cruenta batalla contra las montañas, y donde otros colores fatuos y mortales furtivamente tiñen nuestro río Aburrá. Pero yo vivo de esperanzas porque aprendí que la esperanza y el amor son el único alimento del alma).

Medellín en flor, Medellín en cielo, Medellín en luces y sombras, Medellín mi parche. También hemos visto y vemos el rojo de su sangre, escuchado zumbar las esquirlas y balas de su codicia y los estruendos de su ambición organizada o aislada pero siempre airada. Hemos sentido su miedo y escuchado su carcajada macabra pero también su risa torrentosa de niña y su música de todas las cunas y estados del alma: Medellín del bambuco, del pasillo, del tango, de la ranchera, de la carrilera, del bolero, de la guasca, de Lucho Bermúdez, del despecho, de la balada, de la protesta, de la plancha, del rock de Ancón y del metálico, del reguetón, del jazz, de Carmina Burana, de la electrónica: Medellín polifónica, sinfónica y filarmónica.

En Medellín puede sonar, verse, olerse, probarse y pasar de todo: Lo melódico y lo ruidoso, lo hermoso y lo espantoso, lo fragante y lo fétido, lo exquisito y lo insípido, lo bueno y lo malo…, pero mientras ese cielo calidoscópico siga allí arriba en los atardeceres de verano, y mientras uno se encuentre por ahí un guayacán florecido o alfombrado, esta ciudad será siempre mi amada ciudad de colores en la piel y en el alma, mi ciudad encielada y aflorada, mi ciudad de llantos y cicatrices pero también de risas y esperanzas.

Medellín de cielo con colores esparcidos, Medellín de guayacanes con colores derramados.

Edición 567 – Semana del 10 al 16 de Noviembre de 2017
   
 
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