Aguando la fiesta del torneo de fútbol “rentado” en Colombia

 
Esta vez, están claras las fortalezas de cada equipo, Millos y Santafecito, como le dicen sus fans, que no es en ningún caso, su disposición ofensiva en cualquier circunstancia, la capacidad probada de hacer goles, que es lo que se estila entre los mejores clubes del mundo, que hoy por hoy, tienen oligopolizado el mercado del balompié.
 
Miguel Ángel Herrera Zgaib
 
Profesor asociado, Ciencia Política, Universidad Nacional de Colombia. Director proyecto “Ideología, Fútbol y Política” www.seminariointernacionalgramsci.blogspot.com
 
 

El pasado miércoles a las 7:30 pm., rojos y azules disputaron el primero de dos partidos que definen al ganador del segundo semestre del fútbol “rentado”, una división temporal que fue pensada para obtener más rendimientos del deporte de las multitudes. No era así cuando se construyeron las dos hinchadas históricas, que no se mataban entre sí, y la tradición de las contiendas era de gritos, cánticos y susurros. Entonces eran celebraciones anuales, y empezaron después del 9 de abril de 1948.

Los dos finalistas, Santa Fe y Millonarios, fueron los mejores de este cabo de año, en medio de la mediocridad ambiente, de la que no son la excepción. Como tampoco lo es la política, tal y como pinta para el año 2018, donde también dirimen fuerzas y proyectos, azules y rojos, partidarios de la paz y cínicos cultores de la guerra contra los de abajo.

Los modos como se impusieron ambos equipos bogotanos en las semifinales no fueron del todo claros, al disputar sus lugares de privilegio con Tolima y América de Cali. No poco tuvieron que ver las decisiones de los árbitros, y las bravatas de los directivos, y los equipos técnicos dentro del campo de juego.

Lo anterior tiene su parecido como el modo general de decidir quiénes serán los candidatos presidenciales y los congresistas probables en la doble justa de 2018. Apenas un pilín de democracia, como ocurriera con la consulta hecha por el partido liberal en la que ganó Humberto/Heriberto de la Calle.

Para quienes, por supuesto, tampoco olvidan la interlocución del canillita, el lustrabotas de los políticos de turno, antes que asesinaran a Jaime, el inolvidable Garzón, que se mantiene en la impunidad, al lado de otro masacrado mucho más célebre, el Che, y que no decir del rosario de infamias que tachonan de vergüenza la historia contemporánea de la Colombia que se juega a medias por el posconflicto.

Una doble transición

El fútbol colombiano rentado –como la política nacional– viven una transición. Entre tanto, las figuras se venden regularmente al extranjero, y la mayoría de los equipos, sin excepción, lo que quieren, primero que todo, es obtener ganancias, y la hinchada, los tifosi, ocupan un lugar secundario. Se les trata, de manera equivocada, como ignorantes, y se les busca engañar utilizando todas las formas religiosas imperantes.

Agitando el trapo respectivo, azul o rojo, o amenazando con la muerte real o civil, como placebo para la mediocridad que gangrena el cuerpo y el alma de una nación contrahecha, según decires propios y ajenos, como los de Antonio García, Rubén Jaramillo, Marco Palacios de un lado, y del otro, los de los historiadores Eric Hobsbawn, David Bushnell, y en su último libro, Daniel Pecáut.

Esta vez, están claras las fortalezas de cada equipo, Millos y Santafecito, como le dicen sus fans, que no es en ningún caso, su disposición ofensiva en cualquier circunstancia, la capacidad probada de hacer goles, que es lo que se estila entre los mejores clubes del mundo, que hoy por hoy, tienen oligopolizado el mercado del balompié.

Los rojos lo que tienen a su favor es la táctica de los francotiradores, con Pérez como su principal estratega, para hacer daño al rival con pelota quieta, como dicen nuestros mediocres comentaristas, que reparten, de modo general, ignorancia altanera y prejuicios a granel. Por su parte, los azules se dedican a correr por las puntas, y a tirar centros, para que algún “palomero” goleador anote los goles necesarios, que ambos en casos son más bien escasos.

No es muy difícil hacer símiles con la mediocridad reinante en la política colombiana, cuando vivimos el desenlace de una coyuntura estratégica, es ni más ni menos, la que marca el tránsito del imperio de la muerte y el horror, a la disposición para la vida con el mínimo de exclusiones, la paz anhelada y negada de mil y una formas, el disfrute prometido, y ahora exigido de la igualdad social, que no se satisface con reglas vacías, incumplidas y tergiversadas por los grandes intereses, y donde los árbitros se compran también, o se hacen los de la vista gorda.

¿Quiénes ganarán?

Con el resultado del miércoles en el Campín, van ganando los azules, por la mínima diferencia, a los rojos. Y como es natural se despabilan las conjeturas. Mientras que en la política nacional, a propósito de las curules para las víctimas, para no referirnos a la suerte inmediata de la reforma agraria, la pelota va de lado a lado, y la máxima instancia judicial, la Corte Constitucional, de boquilla escurrió el bulto.

Pero, en las instancias intermedias, la juez de tutela, y el Tribunal Administrativo de Cundinamarca, se decide, si la marrulla de uno, el presidente conservador del Congreso, Efraín, que no se puede confundir con el personaje de la María, prospera, señalando que, en efecto, si había quórum como para deliberar, pero, no para decidir. Aunque está claro para todos, que la corrupción ambiente, multiplicó por tres la silla vacía de Marulanda en el Caguán, anticipándose a los conejos de la oligarquía bipartidista.

Esto quiere decir, que en materia de cuentas, había 99 congresistas habilitados en la realidad para decidir sobre las circunscripciones de paz, y, no 102. Y para hacer esta suma no necesitamos el apoyo del bendito Fajardo, y su coro de voces destempladas, de derecha e izquierda, esto es, los murmullos de Claudia, y el mejor senador, Jorge E., perdido entre esta maraña, y botando fuegos contra Gustavo, quien denunció las corruptelas del PDA.

Esta acción le valió ganar la Alcaldía de Bogotá, donde cometió, en efecto, descomunales yerros, porque no supo manejar las basuras, y dejó así, ensuciar su administración. Pero, en nada comparable, con el concierto de los hermanos Moreno, nietos de Gurropín, cuya Anapo tuvo ecos en el M-19, con quienes Robledo y Clarita tuvieron una conducta vergonzante y vergonzosa, hasta intentar acallar la valiente y oportuna acción del comité de ética de ese partido, que fue el penúltimo, si no el último acto de dignidad y decencia de un proyecto hundido, por la descarada inconsecuencia y doblez moral de sus principales dirigentes.

Pero, volviendo al culto inteligente de la redonda, de la pecosa, falta un nuevo encuentro, donde puede repetir Millos, o ganar el mejor de los equipos mediocres de este “rentado”, quienes han tenido ambos, jugosos rendimientos, haciendo el conocido ejercicio de la acumulación originaria del capital, a través del entretenimiento de los hinchas, y la fe de carbonero de la fanaticada que no ha sido capaz de democratizar el gobierno del equipo y sus finanzas.

A pesar de todas las bestialidades padecidas, y archiconocidas, apoyando, en últimas, la aurea mediocritas de los directivos negociantes, que no rinden cuentas a nadie. A cambio de cuasi orgasmos interrumpidos, que no pocas veces se transforman en violencia asesina en las calles y los barrios, donde se desparraman las energías, convertidas en desilusión e ira.

El riesgo ha sido que, en últimas, quienes ganan son los grandes capitalistas propietarios de los mejores clubes, con excepciones notables, donde son los socios los que definen los rumbos de sus propios clubes deportivos. Algo parecido está cocinándose en la concreción de la paz neoliberal, con la que trafican sin vergüenza la mayor parte de los políticos aspirantes de arriba abajo.

Casi todos señalan a la Farc, dizque como responsable del desastre de la guerra de más de medio siglo. Otro tanto se le atribuye al ELN, quien también insiste en la paz, pero deliberada con el común, sin un ejercicio de cúpula, como al final de cuentas lo fue lo ocurrido en La Habana, entre las delegaciones de gobierno y Farc – EP, aunque hubo incursiones furtivas de la sociedad civil, a la que ahora, la reacción y la derecha, con la complicidad de no pocos liberales y conservadores, se le quiere birlar la oportunidad que dejen escuchar su voz en el Congreso.

¿De qué final se trata en lo electoral y en lo deportivo?

Quizás no se equivocan los comentaristas tradicionales que dicen que esta final es un asunto de sus directores técnicos, Russo y Pérez, un argentino y un uruguayo, y el despliegue táctico de cada uno de sus dirigidos. Por lo pronto va ganando Russo, en pocos días sabremos, si esto es definitivo, o hay una resurrección del equipo con mejor rendimiento que hace goles de laboratorio, con un elenco de buenos pateadores, a lo que no se puede reducir el deporte del balompié.

Ellos, los directores y los dueños de los clubes, han definido en la segunda parte de este campeonato cómo ordenar tácticamente la recuperación de la crisis de sus equipos, que parecía tocar fondo. En lo que nada tienen que ver los aficionados que les dan la “gasolina”, el billete que permite que se mantengan después de las estafas, los robos, el lavado descarado, y el hurto continuado de los haberes de estas instituciones que existen desde 1948.

En resumen, es claro el contraste con los integrantes de la selección nacional que disputarán el mundial en Rusia, con la que poco o casi nada contribuyen los equipos finalistas. Porque allí están los jugadores por los que más se paga, y los que más reditúan a sus clubes de origen. Los que juegan esta final hacen parte de las segundas y terceras filas, en materia de pagos igualmente multimillonarios.

En materia de elecciones hay la oportunidad de que los aficionados de la política, los que votan todavía, se rebelen contra tanta sinvergüencería y mediocridad, y favorezcan, en primer lugar, a los que están por la paz con transformaciones necesarias para combatir la desigualdad social eficazmente; y para lo cual es necesario que elijan a quienes han dado prueba con su vida, del compromiso con los intereses de los de abajo, de los muchos.

Hasta aquí llegan las similitudes con el fútbol, donde los goles los hacen 22 rivales, aquí los votos son asunto de toda la ciudadanía, que tiene la oportunidad de limpiar el establo/estadio de Augías. Claro, primero tendremos la final de fútbol, pero, la que sigue es la más importante, las dos elecciones, para Congreso, y la presidencial.

En ambos escenarios hay la novedad de un sector del estadio, las familias y su tribuna, en un caso, y de las víctimas del otro, dispuestos para pesar en modo definitivo en los resultados.

Con todo, para evitar los ataques “acostumbrados” habrá más de mil policías en las afueras, y millones de ciudadanos en las elecciones. Con la doble convicción que el fútbol y la política con sus reglas actuales tienen que cambiarse para recuperar el deporte y la política a favor de y por las multitudes, la ciudadanía subalterna, liberándose del dopaje del dinero por sobre todas las cosas, y de la minoría de edad sentimental y mental. Estamos en el tiempo plural de goles y votos, y no es posible confundirnos, ni confundirlos. ¡Cada loro en su estaca!

Edición 572 – Semana del 15 al 21 de Diciembre de 2017

   
 
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