La sociedad de los invisibles,
su itinerario y olvido

 
Los invisibles, impulsados por su pobreza absoluta, por su carencia de derechos y oportunidades, viven de la esperanza, pero es una esperanza fallida en un estado fallido. Para los invisibles, el Estado y sus instituciones son invisibles, no tienen rostro humano, la democracia es una incertidumbre, los derechos son una afrenta.
 
Mariano Sierra
 
Colaborador Semanario Virtual Caja de Herramientas
 
 

Estamos en el siglo 21 donde guerras, violencia destrucción de la naturaleza, clamores de paz asoman a diario por todo el mundo. La tecnología alcanza grandes progresos, la economía fluye en el mercado de la globalización dando pie a la miseria y al consumismo, donde las creencias sufren las peores crisis espirituales, el amor se prostituye, la política se corrompe en medio del poder y la ambición haciendo un holocausto interminable. Los niños están dejando de ser el futuro, la familia está perdiendo el título de ser la célula de la sociedad, las mujeres sufren el más grave atentado contra su ser y su dignidad. Qué historia le estamos dejando a nuestra juventud que por su lado en medio de su praxis rebelde se abandona a los placeres que la sociedad le ofrece. Y a este escenario social le sumamos la sociedad de los invisibles de la que hace parte todo un conglomerado humano sujeto al olvido, a las injusticias y otros vejámenes.

Los invisibles, esos vulnerables, son quienes sufren el rechazo, son los excluidos del contrato social, político, familiar y económico. Son los seres carentes de lo esencial pero sobre todo carecen del sentido humano. A los invisibles, pensamientos sociales los tienen como la visión deformada de la realidad, al tenor de los grupos sociales de poder, las ideologías, la iglesia y las elites como de los estados que los marginan del gobierno social, ante una sociedad indiferente.

En su clamor llegan al máximo de sus sentidos, de sus fuerzas, de sus capacidades. Vagan en los mercados informales, se ofrecen al mejor postor en toda clase de trabajos domésticos sin percibir ninguna prestación social o servicio de salud, deambulan recogiendo basuras, vendiendo toda clase de productos, se presentan en los buses ofreciendo sus canciones por una moneda, en el campo se les ve arañando la tierra como simples jornaleros, cual siervos sin tierra, o están a la expectativa de las temporadas de cosechas. En fin están en todas partes, (aun en nuestros propios hogares como sucede con nuestros ancianos) en procura de un trabajo cualquiera. Algunos con más suerte desempeñan labores más fijas pero sometidos a largas jornadas y percibiendo salarios muy por debajo del mínimo. El glosario es extenso. La población de Buenaventura, la población del Choco, La Guajira, los presos, los desplazados, los campesinos, los pensionados, las etnias, los “nadies” como decía Eduardo Galeano o sea, aquellos sin voz, aquellos que emigran por doquier desprotegidos totalmente por el estado y la sociedad.

Y qué decir de sus viviendas. Las laderas de las ciudades, los jarillones, las invasiones son su refugio, sometidos a que sobrevengan los desastres naturales y les despoje no solo de sus casas de cartón, sino de la vida misma, donde también hacen su acción violenta los agentes del orden. En las comunidades donde viven asoma la violencia, los asaltos, las violaciones, las balas perdidas. Y así viven confinados esperando cada día con sus rostros sumisos, llenos de temor. ¿Qué hacer? ¿Cada uno se dará su propia respuesta? Decidamos desde los juicios de valor, desde el pensar interior porque talvez nosotros seamos o podamos llegar a ser invisibles. El derecho a la vida es de todos nadie tiene derecho de pisotear a nadie. Cada uno busca salir adelante sin pensar en aquellos invisibles.

Reflexionemos las parábolas de Jesús en especial aquella sobre el samaritano. Allí encontramos casi todas las respuestas que nos hará ser samaritanos del servicio a los demás, samaritanos de la dignidad. No nos convirtamos en hacedores de invisibles como lo hace el estado, la política, la iglesia y tantos otros poderes de la economía, de las ideologías, de las elites.

Reconozcamos en nuestro interior la mística del servicio, del amor, de la política social, de lo invisible, del renacer el evangelio abierto y profundo de quien nunca nos ha abandonado, que vivió el viacrucis de los humillados y ofendidos, de los condenados de la tierra, de los siervos sin tierra y que por ello sufrió la burla y la mayor afrenta. El Inri del desprecio.

Ante los invisibles todas las puertas se cierran, hasta las de nuestros hogares, todo por su carencia de bienes. No poseen casi nada y lo que poseen –sus harapos– los defienden hasta con su vida. Solo poseen la fuerza de la esperanza, de la fe aunque incierta y su espíritu guerrero. Con su vislumbrar cabizbajo viven de utopías en medio de una justicia ciega. Van en medio de todos nosotros, pero ellos van con el alma muerta.

El mundo nos enseña cómo los poderes con sus decisiones impopulares afectan a todos los invisibles, cuya lista aumenta sin cesar. La acción de los derechos humanos ha aminorado el padecimiento, pero el problema está allí, como un polvorín cual Ricaurte en San Mateo. La invisibilidad trata de buscar espacios de liberación e incorporación. Pero también movimientos sociales luchan porque estos invisibles se hagan visibles ante donde les corresponde, se les respete su ser, su dignidad, sus derechos, su estatus humano. ¿De qué sirve que pregonemos que todos somos iguales, vulnerables, dotados de libertad, de pensamiento y de oportunidades, sin con unas mínimas restricciones sociales nos convertimos en ciudadanos invisibles?

Los invisibles, impulsados por su pobreza absoluta, por su carencia de derechos y oportunidades, viven de la esperanza, pero es una esperanza fallida en un estado fallido. Para los invisibles, el Estado y sus instituciones son invisibles, no tienen rostro humano, la democracia es una incertidumbre, los derechos son una afrenta. Los invisibles para el Estado no son sujetos de derechos humanos, sino simples objetos. Solo hacen presencia estatal cuando se requiere su voto.

Con la actitud de ingobernabilidad, el estado expropia los derechos del pueblo, expropia el poder del pueblo, expropia al ser de su dignidad, expropia la libertad humana y somete a parte de ese pueblo a sucumbir en la invisibilidad. Pero, no obstante, lo que jamás le podrá expropiar a nadie es su libertad, su pensamiento libre y crítico, su rebeldía justa, sus principios y valores y su valor como persona, que, en medio del desastre moral, llevan y defienden con entereza en su espíritu revolucionario.

¿Y desde cuando están los invisibles? Su presencia, con sus calamidades diversas, data desde siglos. Como se observa, el Estado ha sido incapaz de solucionar los problemas que aquejan no solo a los invisibles sino a toda la población sin recursos. El poder político socava la capacidad de gestión social para abordar las crisis lo que implica la desconfianza que se tiene en el estado, en su papel de gobierno. Los invisibles no son una ficción histórica como se hace creer, son una realidad histórica.

Retomando la Génesis de los invisibles en el país, hay que decir que su descendencia la tenemos desde la colonia, pasando por la independencia y la republica hasta nuestros días. Desde esos perversos tiempos las sombras de los invisibles nos persiguen. Porque en esos tiempos como ahora se atentó contra la dignidad, se cometieron abusos, racismos, desalojos, menosprecio, discriminación, violación de derechos. Al decir de un historiador, en esa época la fuerza de la iglesia también impuso y lo sigue haciendo, sus participaciones pandémicas así… “Delito y pena se cambiaron por el pecado y la penitencia”.

La invisibilidad se superará cuando exista voluntad política y sentido social en la gobernabilidad, a través de proyectos de gestión social y de parte de la sociedad también se depuren los espacios de indiferencia. Los invisibles son ciudadanos de pleno derecho y ante los despropósitos que contra ellos se generan, urge la denuncia pública, decir la verdad contra las injusticias como acto de liberación. La denuncia se apoya de otra parte en la resistencia civil, en la rebeldía política, en la desobediencia civil y la objeción de conciencia contra las leyes que contribuyan a generar desequilibrios sociales. Rebatir el desprecio hacia los invisibles es una consigna espiritual, social y política no aceptando la estigmatización ni el papel de exclusión, como también la búsqueda de abolir la invisibilidad.

Al interior de la sociedad varios grupos sociales tratan de reivindicarle sus derechos. La no existencia de derechos implica que los invisibles sean tratados como cosas. Los derechos implican respeto, dignidad, estatus del ser humano. Amor, Derecho, justicia y orden, son marco constitucional y democrático que hacen posible que los invisibles se incorporen a la sociedad como lo que son, “Seres humanos”. Para los invisibles la incertidumbre y la esperanza son emociones básicas de supervivencia que permiten superar obstáculos. Viven de la esperanza sin la esperanza.

La incertidumbre es una democracia que –a pesar de existir en la práctica– las cosas no son lo que son. A eso llamamos la discrepancia entre la praxis y la teoría, o sea, el discurso político perturbador y engañoso, que oculta la realidad social, realidad que nos acompaña desde siempre.

La democracia se convierte en procesos inciertos, manipulados por quienes disponen del poder total. Los invisibles viven el arte de la resistencia y para sobrevivir no les queda otra cosa como se dice de ingerir su propia bilis, reprimir la violencia hasta donde aguante. Los invisibles se exponen como uno de los conflictos vigentes más arraigados de todos los tiempos, que el estado no ha podido enfrentar ni solucionar no obstante que se abroga triunfalismos al llevar a cabo un proceso de paz, que no es otra cosa que acordar ceses al fuego, pues en medio de tanto jolgorio los conflictos sociales fluyen por doquier.

El proceso de la paz ha sido un escudo para esconder muchos embustes, para que cínicamente se nieguen derechos y para sumar más invisibles cuando se le niega a los pensionados sus derechos. Los invisibles son una problemática que la globalización hace crecer y ahondar al unísono con las gestiones de gobierno que invisibiliza a los invisibles, para olvidarlos, para omitir su presencia. Para los invisibles el Estado fabrica ilusiones y mentiras de quimera en quimera.

La reflexión social nos enseña, que se encuentra en debate el entendimiento sobre la dignidad humana, siempre pisoteada por las argucias estatales. También la reflexión nos enseña la indignidad y las formas de proceder ético, social, político y de justicia de quienes asumen el manejo del país en sus distintos poderes. Enseña igualmente, los limites cuando se trata de ver los problemas sociales que como siempre sus soluciones son invisibles. En nuestra sociedad y en el mundo, hace presencia con gran despliegue todo un tejido de placeres y sufrimientos de sectores que claman, No más, basta ya. Mirar a nuestro alrededor, es ver seres que claman justicia, condenada en su paupérrima condición humana, donde se halla también aunque visible, la naturaleza, que se une a aquellos invisibles por la destrucción del mayor depredador del mundo…El hombre.

Desde este humilde observatorio y reflexionario social, acudamos para que tomemos el pulso al país dentro del contexto social, económico, político, religioso y el desarrollo, de un proceso que esperamos no sea fallido, sobre la situación de los invisibles sociales, y de tantos otros vulnerables sociales. Este pulso va de la mano del recurso de una conciencia ultrajada que se manifiesta en los movimientos de indignados, por la afrenta contra los invisibles hacia su persona, hacia su dignidad, hacia todos nosotros que hacemos parte de la sociedad como ellos.

Edición 572 – Semana del 15 al 21 de Diciembre de 2017

   
 
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