El cartel del voto

 
Esta convulsión llamada Colombia se encuentra hoy más convulsionada que siempre, pero con dos diferencias: Puede empeorar o puede mejorar según las decisiones que tomemos los ciudadanos en las próximas elecciones y según la limpieza y transparencia de las mismas. Sin embargo, de nuevo se cierne el monstruo de la corrupción electoral que ha sido histórico y que tiene mil caras.
 
Álvaro González Uribe
 
Abogado, columnista y escritor
 
 

En Colombia cada semana destapan un nuevo cartel. Una ‘gran superficie’, una feria de objetos, servicios y hasta enfermedades “¡para la dama, para el caballero, para el niño, lleve, lleve!”. Pérfida conducta que afecta al ciudadano sin que lo sepa, de no ser por las investigaciones y denuncias de la prensa y de los organismos de control aunque tarden.

Vienen elecciones. Dos o quizá tres de las más importantes en nuestra historia ante la coyuntura especial de hoy: El acuerdo de paz que finalizó un conflicto de 50 años y que se debe implementar; la polémica participación electoral del grupo insurgente desarmado; los opositores a dicho acuerdo e implementación arreciando; la crisis de los partidos; los escandalosos y caudalosos destapes de corrupción; y una difícil situación económica pese a los buenos augurios leves de los últimos días.

A lo anterior se suma el cobarde y cruel terrorismo del ELN; las disputas entre grupos armados ilegales por los territorios cocaleros y por los abandonados por las Farc; las crisis pensional, de la salud y de la justicia que requieren reformas urgentes; la difícil situación de Venezuela que cada vez repercute más en nuestro país; el fenómeno de las redes sociales exacerbadas y plagadas de mentiras que falsean la democracia; y, en general, una crisis institucional, social y política relacionada con estos y otros hechos álgidos.

Esta convulsión llamada Colombia se encuentra hoy más convulsionada que siempre, pero con dos diferencias: Puede empeorar o puede mejorar según las decisiones que tomemos los ciudadanos en las próximas elecciones y según la limpieza y transparencia de las mismas. Sin embargo, de nuevo se cierne el monstruo de la corrupción electoral que ha sido histórico y que tiene mil caras.

Son muchas las formas de corromper el ejercicio del voto. Desde la compra de pequeños hatos de votantes hasta millonarias compras a granel con buses repletos de trashumantes rebaños que distorsionan la democracia en municipios enteros, en departamentos y en el país. En efectivo o en especie como por ejemplo con tejas o tamales que no por ser ya una caricatura deja de seguir siendo común. La compra física del voto es la corrupción electoral burda, por decirlo de alguna manera. Pero es aún muy efectiva.

Hay otras trampas: El carrusel que llaman, introducir fraudulentamente tarjetones en las urnas y adulterar planillas entre varias artimañas de una creatividad perversa. Pero hay mayores sofisticaciones como las financiaciones mafiosas o bajo la mesa para saltarse los topes de las campañas. También son corrupción las maquinarias, es decir, el intercambio de votos por puestos públicos o contratos y, en general, usar el poder y los bienes del Estado para influir en el voto.

Bien lo dijo el lunes Alejandra Barrios Cabrera, directora de la MOE (Misión de Observación Electoral): “La compra de votos no es solo del tamal: también se da en grandes contratos del Estado donde se roban el dinero de la salud, la educación y de la niñez”.

Esa astucia, ¿qué digo?, mejor corrupción tan colombiana se vale de cientos de tretas para enturbiar la democracia en todos los ámbitos territoriales. Son tantas que, aunque todas no obedecen a un capo único ni son propias de un solo partido, las podemos llamar ‘el gran cartel del voto’.

O, si se quiere, los carteles del voto.

Esos delitos no se cometen repentinamente porque a alguien se le ocurren, ¡tengo una idea! No. Son orquestados por caciques y dirigentes de mediano y gran poder. Son planeados detalladamente desde mucho antes de las elecciones. Ya lo están haciendo mientras usted lee esta columna. No descansan. El “iter criminis” (camino del delito) ya comenzó desde Bogotá hasta la más lejana vereda con mesas de votación. Son minuciosos, hábiles bandidos de cuello blanco, ruana, poncho o camiseta.

Planean los delitos electorales en oscuras oficinas públicas y privadas. O iluminadas, ya no hay vergüenza. En clubes sociales y en cantinas. En las bancas de los parques y en las esquinas. En los restaurantes elegantes, en los corrientazos y en las tiendas de barrio. En todos los rincones de Colombia.

Esto lo digo para que los ciudadanos -al menos quienes queremos una democracia limpia- estemos atentos. Escuchar, ver, pensar, inferir. Mirar bajo la mesa. Es nuestra labor denunciar el más mínimo asomo de corrupción  electoral que presenciemos, conozcamos de cualquier manera o sospechemos. Debemos emprender una cruzada cívica y legal pero contundente contra el peor cartel que además es el origen de todos los carteles: El cartel del voto. Ojos abiertos y oídos despiertos en todas partes. No es solo una labor del Estado o de las ONG.

Colombia seguirá siendo un cartel si todos no luchamos contra el cartel del voto.

Edición 574 – Semana del 2 al 8 de Febrero de 2018
   
 
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