Tejer narraciones:
la construcción de la verdad como valor social

 
La narración es, en cierta medida, un dispositivo de memoria viva. Por esto mismo no es un asunto menor, pero tampoco es un asunto que se resuelva con la aplicación de instrumentos, de técnicas narrativas. Va un poco más allá, porque está vinculado al aspecto colectivo del derecho a la verdad, que una sociedad sepa lo que pasó.
 
Oscar Gómez Córdoba
 
Asesor Estrategia de Lobbying y presión política, Corporación Viva la Ciudadanía
 
 

La preocupación por cómo se narra la verdad de la historia del conflicto en Colombia no es un asunto que se reduzca a consideraciones de formalidad, o que se valore en relación con el resultado esperado de tal o cual estilo. La narración: la forma en que se relate, se cuente, tiene implicaciones en la construcción de una verdad social. La verdad, desde estas consideraciones, es la puesta en escena de un diálogo social; no puede ser vista como el resultado de un informe, por más completo que se elabore, sino que debe ir más allá. De aquí se desprende otro de los retos que debe asumir la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la no Repetición. En lo que sigue, aportaremos algunos elementos que permitan una reflexión sobre este propósito.

Del diseño institucional y objetivos de la CEV se desprenden los usos que debe haber sobre la verdad producto del esclarecimiento. Se señala que esta verdad debe “ofrecer una explicación amplia de la complejidad del conflicto, de tal forma que promueva un entendimiento compartido en la sociedad”. Tanto en el ofrecer la explicación, como en el promover el entendimiento compartido, hay dos operaciones que se relacionan directamente con los dispositivos de narración. Ofrecer la explicación, a nuestro modo de ver, es el agenciamiento que se requiere para que la verdad que se ha esclarecido diga algo a la sociedad: para que emerja una realidad del conflicto y su historia que no se tenía; para que los hechos no sean aislados, o las responsabilidades enmarcadas en “guerras sucias”; para que lo anónimo empiece a tener nombre. Pero, además, esa oferta debe promover un entendimiento compartido; es decir, generar diálogo, encuentros, reflexiones: que la verdad sea objeto de narraciones, de diálogos públicos, privados, escolares, informales.

Se ha considerado que las comisiones de la verdad y el informe que producen, ayudan en la disminución de las mentiras que sobre la guerra y el conflicto han circulado en esas sociedades. Por supuesto que superar las mentiras sobre el conflicto y la guerra no es un asunto de superponer mecánicamente sobre la mentira el informe de la comisión. Supone, por el contrario, desmontar el andamiaje que ha posibilitado que la mentira, hasta cierto punto, se mantenga como versión aceptada por una sociedad o un conjunto de la misma. Por lo mismo, la narración deben ser dispositivos que contribuyan, en estas operaciones de desmontaje, a construir versiones más amplias y complejas.

Narrar es narrar al alguien, es un diálogo con un sujeto, no hacia el vacío. Al menos, en este sentido comprendemos las operaciones de ofrecer una explicación y promover el entendimiento compartido en la sociedad: la verdad no es un dato, un hecho, sino la compresión social. El resultado de la CEV no es sólo un informe que espera a su lector. Narrar es construir una relación activa entre los actores de una sociedad; en este sentido, hay que configurar los relatos para los diferentes públicos. De aquí se desprende una consideración sobre la narración que va más allá del tiempo presente y junto a las diferentes generaciones. En efecto, si pensamos que la verdad debe ayudar a las garantías de no repetición y construcción de paz estable y duradera, su vigencia en el tiempo es a largo plazo, debe por tanto hablar a las futuras generaciones. Se narra, entonces, también para las generaciones que aún no nacen. Por eso, la narración, más allá del mandato de la CEV es un vínculo para las generaciones.

La narración es, en cierta medida, un dispositivo de memoria viva. Por esto mismo no es un asunto menor, pero tampoco es un asunto que se resuelva con la aplicación de instrumentos, de técnicas narrativas. Va un poco más allá, porque está vinculado al aspecto colectivo del derecho a la verdad, que una sociedad sepa lo que pasó. Narrar es dar una explicación. No hablamos de una fórmula para contar el cuento, hablamos de una forma de relacionamiento, una forma de comunicar, una forma que vincular actores, generaciones, instituciones.

Ahora bien, la narración, además que no se hace al vacío, sino a un actor, a un sujeto social, también vincula contenidos, que, en el marco de los conflictos y guerras, dan cuenta sobre la identidad de un país, de una nación. En efecto, los contenidos de esa verdad, no son sólo los datos de una historia, son las configuraciones de la forma como una sociedad ha resuelto sus conflictos, quiénes han sido las víctimas, quiénes los responsables, cuáles las consecuencias y cuáles las experiencias a transmitir. Son contenidos, que deben transformar a los sujetos, a los actores y a la sociedad. Narrar no es para que el otro sea un sujeto pasivo, sino para que se generen transformaciones: tener una comprensión del pasado debe ayudar a configurar una sociedad más democrática, amplia y plural.

Un resultado esperado en esta narración que haga la CEV sobre lo que esclarezca, es que se puedan generar una multiplicación de narradores de esa verdad. Que la narración no quede confiscada en la propiedad de los testimonios o en los informes expertos, sino que el sentir, la experiencia, los hechos, las explicaciones, sean las narraciones de muchos narradores que hacen de la verdad una narración pública en todas las tramas y tejidos de una sociedad.

Edición 575 – Semana del 9 al 15 de Febrero de 2018

   
 
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