Ética en tiempos electorales

 
Hoy como nunca toma vigencia la premisa según la cual, el sentido profundo de la democracia está en que interpela no solo al régimen político sino a las formas de ser y actuar en la vida privada y pública pues además de exigir garantías en las reglas de juego, cada votante en el convencimiento de su justeza, debe disponerse a acatarlas y defenderlas con sus propias actitudes.
 
Corporación Región
 
 

Asistimos a un tiempo crucial en la definición del tipo de sociedad que queremos y las garantías para su ejecución a futuro. Uno de los mecanismos democráticos por excelencia, la posibilidad de elegir y ser elegido, está a prueba. Lo ocurrido en los recientes comicios, con la escasez de formularios para las consultas inter partidarias en algunas mesas, la improcedente identificación personal de los votantes en cada una de ellas negando el principio de ejercer este derecho en secreto, así como el descubrimiento in fraganti de verdaderas empresas para la compra-venta de votos, más que fallas coyunturales muestran la debilidad histórica del sistema electoral y su impacto en la restricción de la democracia representativa. De ahí la demanda de cambios urgentes y a fondo en el marco de una reforma política y electoral.

El resultado de estas elecciones nos deja un sabor agridulce que sintetizamos en esta paradoja: de un lado, se afirman las clientelas regionales y sus prácticas gamonalistas y clientelistas, vaciando de sentido no solo la política electoral sino al Congreso como institución; y al mismo tiempo, la pluralidad en su conformación, pues aunque con mayoría de representantes de los partidos tradicionales, la llegada de nuevas fuerzas políticas con un amplio espectro de intereses, permite prever un interesante campo de debate y pugna en el terreno legislativo en los próximos cuatro años. En sentido estricto, no habría un bloque hegemónico con poder absoluto ni en el Senado ni en la Cámara, y esto es bueno para nuestra democracia.

Siguen las elecciones presidenciales. Sea cual fuere el escenario y más allá de los necesarios controles institucionales, la legitimidad y la claridad de la decisión, hay de nuevo un campo importante para el ejercicio de la ciudadanía. Hoy como nunca toma vigencia la premisa según la cual, el sentido profundo de la democracia está en que interpela no solo al régimen político sino a las formas de ser y actuar en la vida privada y pública pues además de exigir garantías en las reglas de juego, cada votante en el convencimiento de su justeza, debe disponerse a acatarlas y defenderlas con sus propias actitudes.

¿De cuáles actitudes hablamos?

En primerísimo lugar de la superación de la indiferencia. Una ciudadanía que mayoritariamente desdeña su derecho a expresarse y elegir, contribuye a la perpetuación de los peores males de nuestra vida política. Si esa masa asumiera su responsabilidad y su poder de decidir, tendríamos una enorme esperanza de cambio.

Otra actitud, como hemos reiterado, es invalidar la utilización de toda forma de violencia verbal o física. Los insultos, las agresiones y por supuesto el atentado personal, deben erradicarse para siempre de nuestras relaciones y reflejarse con contundencia a la hora de ejercer nuestro derecho al voto. Esto en nuestro país tiene carácter de urgencia, dada la constatación histórica de prácticas promovidas por personas y grupos encaminadas a eliminar físicamente a sus contrincantes.

Debemos también distanciarnos de cualquier forma de sectarismo, esa actitud que consiste en declararse poseedor único de la verdad, mientras cualquier cosa que provenga de quienes no sean de los suyos, es de entrada sospechosa o malintencionada. Como sabemos, hay una porción de la población de votantes que tiene ya definida su preferencia, independiente de argumentos y contenidos programáticos; esto, aunque no es deseable, es inevitable. Lo que no podemos es dejar de reconocer en las otras opciones y propuestas, un esquema de pensamiento consecuente con sus convicciones, que, aunque no compartamos, pueden ser razonables.

Esto nos lleva también a revisar la práctica de desdibujar al opositor con la mentira, la ridiculización, la difamación; y no estamos en el terreno de la imaginación y la fantasía, por el contrario, existen empresas globales que venden sus servicios sin el más mínimo escrúpulo, para sembrar y generalizar el miedo, encarnándolo en algunos candidatos; como sabemos, las redes sociales, son el canal preferido para materializar estas estrategias, efectivas debido a que amplios grupos se comportan de manera sumisa y seguidista, incapaces de ejercer un mínimo filtro crítico a la gran cantidad de basura que circula por allí.

Tanto quienes promueven estas prácticas, como quienes las acogen y reproducen de manera acrítica, deberán comprender que hacen daño no sólo a toda la colectividad sino que cuestionan moralmente a cada persona. Un mínimo sentido de la ética indica que el fin no justifica los medios. Una sociedad manipulada, atemorizada, engañada, que termina validando el uso de la mentira y la violencia, pierde la soberanía y la dignidad para ejercer su derecho al voto.

La ciudadanía tiene en sus manos la posibilidad de cambiar. Llamamos a un ejercicio racional, analítico y sensato. Pero, sobre todo, ético. Si mayoritariamente actuáramos con responsabilidad moral y política, sea cual fuere el resultado, celebraríamos nuestra independencia y poder de decisión.

Edición 582 – Semana del 6 al 12 de abril de 2018
   
 
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