El caso Santrich

 

Me cuesta creer que Santrich, cuyo principal instrumento de acción es desde hace años la palabra, que hasta donde se sabe además de los últimos años en La Habana y antes de eso no tenía mando operativo, pudiera ser la persona que, en mi limitado conocimiento pudiera dirigir una operación internacional de tráfico de cocaína…

 
Antonio Madariaga Reales
 
Asesor Corporación Viva la Ciudadanía
 
 

Conocí a Jesús Santrich en La Habana, cuando la Mesa de Negociación solicitó a Viva la Ciudadanía, a Cinep y a Foro Nacional por Colombia, realizar un proceso de deliberación para la formulación de un Proyecto de ley Estatutaria de garantías para la participación ciudadana y la protesta social, proyecto de ley estatutaria, que a propósito no ha sido tramitado aún.

Nosotros solicitamos en aquella ocasión a la mesa, que nos permitieran tener previo al encuentro con toda la Mesa, reuniones por separado con las dos delegaciones porque teníamos la percepción, ampliamente corroborada posteriormente, que era posible que las dos delegaciones esperaran distintas cosas del encargo que nos hacían. Tuvimos entonces, el mismo día y por algunas horas reuniones con ambas delegaciones.

La realizada con parte de la delegación de las Farc se efectuó en la mañana de ese día, con varios integrantes de la delegación y Victoria Sandino. Los únicos negociadores que permanecieron todo el tiempo en la reunión fueron Rodrigo Granda y Jesús Santrich.

Como lo he comentado posteriormente con algunas personas, me impresionó fuertemente Santrich por varias razones; por su aguda inteligencia; por sus solidas convicciones, su extensa y profunda formación, pero sobre todo por su aprecio por las palabras. Me produjo la sensación en ese entonces, que, entre otras cosas por su invidencia, había cultivado una prodigiosa memoria donde recordaba con asombrosa precisión no sólo lo que decía el texto del punto dos, también la escogencia de las frases y palabras del mismo, lo que según él decían y lo que ocultaban y los debates que le acompañaron. En ese y en los escasos y breves encuentros que hemos tenido posteriormente con Santrich, todos a propósito del encargo que nos hicieran y de nuestra decisión personal e institucional hecha pública, de defensa e impulso a la implementación del acuerdo final, he reafirmado la percepción inicial que tuve, acentuada por algunas conversaciones en esos breves momentos, del valor que la palabra, como instrumento, como sugerencia, como convicción y como fuente de placer estético tiene para Santrich.

Por eso en primer lugar me cuesta creer que Santrich, cuyo principal instrumento de acción es desde hace años la palabra, que hasta donde se sabe además de los últimos años en La Habana y antes de eso no tenía mando operativo, pudiera ser la persona que, en mi limitado conocimiento pudiera dirigir una operación internacional de tráfico de cocaína, pero más inverosímil aún, que alguien pudiera creer que ese hombre custodiado y monitoreado las 24 horas, pudiera conseguir 10 toneladas del polvo.

En el mundo de los pillos en Medellín al “cruce”, “la vuelta”, también le llaman “montar la trampa”. La valoración de las pruebas, que el Fiscal califica de irrefutables excediendo sus funciones, las hará dentro de su competencia la Jurisdicción Especial para la Paz, pero para este profano, además de lo “ridículas” que puedan ser, como lo ha sustentado Gustavo Gallón, él sí connotado jurista, aparecen con nitidez las características de una trampa, montada con inusitada celeridad, donde hasta ahora no aparecen por ninguna parte las expresiones materiales, la plata y la cocaína, de lo que parece ser un enorme embuchado, de un fiscal que está dispuesto a lo que sea con tal de demostrar que siempre dirá la “última palabra”, lo que sería cómico si no estuviera produciendo los dramáticos efectos que está produciendo al proceso de paz.

Lo que por otra parte me asombra, no he podido dejar de hacerlo, y me entristece, es la incapacidad de esta sociedad, después de 50 años de guerra y en particular del presidente Nobel de Paz, para poner el interés por ese gran bien público que es la paz, expresada en el acuerdo imperfecto para la paz imperfecta que tercamente persiguió durante cinco años, por encima de la necesidad de agradar a la DEA.

Así, la sociedad colombiana sigue impávidamente, de manera indiferente, de hecho, en los medios es una noticia marginal, como se consume, por hambre, la vida de Santrich. Algo está mal en el alma nacional. Estaba mal, cuando quienes se consumían en cautiverio en las selvas eran, Íngrid Betancur, Clara Rojas y los soldados y policías y está mal cuando se trata de Santrich y hay quienes lo celebran como castigo retributivo por las acciones de las Farc – EP y piden castigos mayores y para más miembros del partido de la rosa, como lo hacen sin ambages, Duque y Vargas Lleras.

Será tarea importante de la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No-Repetición además del reconocimiento del daño, tanto individual como colectivo, a personas, instituciones, territorios, poblaciones y comunidades que causó la guerra, que si se piensa en lógica de convivencia y no repetición, deberá incluir los daños producidos al “ethos” democrático, a las relaciones entre lo íntimo, lo colectivo y lo público y producir recomendaciones para resarcir ese daño y reconstruir ese “ethos” roto para construir democracia desde y en todas las esferas mencionadas.

Para mí que también soy un tributario del valor de la palabra, un aburrido preciosista del lenguaje y un admirador de lo que es posible crear desde el uso del lenguaje, encuentro allí una fuente indudable de empatía con Santrich. Así que, sin ser su amigo, ni su compañero de militancia ni de antes ni de ahora, lo digo con todas las letras y sin rubor alguno, independientemente de las diferencias que en el terreno político pueda tener con él, siento una gran simpatía por Santrich, no quisiera que muriera de hambre, y lo digo, aunque pueda no servir de mucho.

Coda: Conforme se acerca la fecha de la primera vuelta de la elección presidencial, se hace más evidente la fragilidad del sistema electoral colombiano y las oportunidades que ofrece para el fraude. Por tal razón la ciudadanía tiene que vigilar las elecciones. Muchos observadores, pero sobre todo muchos testigos electorales es la respuesta ciudadana.

Edición 586 – Semana del 4 al 10 de mayo de 2018
   
 
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