Trabajemos juntos
y juntas por la paz con justicia

 

La paz en Colombia no debe depender de lo que nos impongan las personas que creen tener autoridad. La paz con justicia social depende en gran medida de la activa participación en el sistema democrático con nuestra presencia, nuestra presión e insistencia.

 
Germán Zárate Durier
 
Oficina de Diaconía – Iglesia Presbiteriana de Colombia
 
 

“Felices son las personas que trabajan por la Paz, porque ellos (y ellas) serán llamados hijos de Dios”.
Jesús de Nazaret en el Sermón del Monte

Hace mucho tiempo quería escribir una reflexión que nos cuestionara como colombianos frente al proceso de paz. Somos muchos los nacionales que creemos en la necesidad de tener una paz que sea duradera, a pesar de que son más de 50 años que hemos vivido en permanente guerra. Y no se tiene que haber leído el Sermón del Monte para entender que Dios se alegra con los que trabajamos por la paz.

Pero, ¿de qué “Dios” estamos hablando? ¿El que en Antiguo Testamento (de la biblia cristiana) es descrito como guerrero, como implacable con los que no le son fieles a Él y lo que es creado desde la religión para someter a los pueblos a la autoridad de quienes se han abrogado el derecho de ser los guías en esas religiones? ¿Ese Dios que se venga y que avergüenza a los pueblos y personas que no le son fieles y que dice utilizar el poder de sus armas para amedrentar a los muchos débiles y objeto de la injusticia?

En el “Dios” que ha sido aprisionado por doctrinas, que ha perdido su libertad y que es acomodado a los intereses de unos cuantos en detrimento de la mayoría y que no dudan en gritar a los cuatro vientos (pues están asociados con medios que venden noticia y dicen informar) que quienes viven en condiciones de desigualdad es porque “han pecado de tal manera que ese mismo pecado se ha vuelto contra ellos o ellas y nos les deja llegar a donde los dueños del poder han llegado”.

O en el Dios amoroso, perdonador hasta el extremo de dar a la humanidad oportunidades de reconciliarse con sí mismos y construir nuevas posibilidades de vida justa y pacífica a partir de comprenderse los y las unos y unas a los otros y otras.

El Dios del Nuevo Testamento que se atrevió a sacrificar a su propio hijo para que la humanidad, sobre todo los cristianos, entendiéramos que la justicia empezaba por casa, es decir desde su propia humildad, haciéndose como cualquiera de nosotros para que entendiéramos que siendo así tuviéramos la seguridad y la confianza de que Él ama a la humanidad con amor sincero.

La paz es producto de la justicia. No hay paz sin justicia. Y el desafío más importante en Colombia es la justicia social. Y esa justicia social exige de cada Colombiano (y si es realmente cristiano) su participación por la Paz. Reconocer a sus hermanos y hermanas que tienen otras expresiones de fe para trabajar juntos y juntas por una Colombia fraterna va a demandar de mucho tiempo, porque queremos hacer bien las cosas. Y lo que vale la pena cuesta… pero al final… vale la pena.

Ojalá los cristianos en este país algún día entendamos que de nuestra participación como ciudadanos creyentes depende nuestra propia convicción de que somos fieles al Evangelio, a la Buena Noticia.

Busquemos pues la paz, siendo justos los unos y las unas con todos y todas. Démosles ejemplo a los corruptos no siéndolo y rechazando toda manera de perjudicar a otros y otras.

La paz en Colombia no debe depender de lo que nos impongan las personas que creen tener autoridad. La paz con justicia social depende en gran medida de la activa participación en el sistema democrático con nuestra presencia, nuestra presión e insistencia. Preparémonos también para crear espacios de diálogo con quienes NUNCA habíamos pensado que deberíamos hablar y construir procesos de integración social y política.

Edición 586 – Semana del 4 al 10 de mayo de 2018
   
 
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