Realidades de la campaña presidencial

 

Destaca el que asistamos en vez de las grandes coaliciones, a una verdadera implosión de los partidos, lo que en buena parte resulta de su naturaleza fundamental de agrupaciones para las elecciones, no para la política, representada en los intereses de sus parlamentarios y no en la representación de diversos o específicos sectores y clases sociales.

 
Antonio Madariaga Reales
 
Asesor Corporación Viva la Ciudadanía
 
 

Hace solo 18 meses el lugar común de la percepción electoral estaba fundado sobre varias “verdades” aparentemente irrefutables, (como las “pruebas” del fiscal que se desmoronan una a una). Una de ellas era que German Vargas Lleras iba a ser sin duda alguna el próximo presidente. Cuenta con maquinaria política, el manejo de billones de pesos, (más de 14), el respaldo de Santos, no tiene escrúpulos en la política, conoce el Estado por dentro y para muchos, está predestinado a serlo, como si de un derecho de sucesión o de sangre se tratase.

Otra “verdad” era que la campaña política estaría centrada en el tema de la paz, con una hasta ese momento considerada obvia, tarea de Vargas Lleras, de restringir todo lo posible los alcances del Acuerdo Final. En ese escenario lo que aparecía como más probable entonces era un candidato de la paz, (De la Calle), y la cerrera oposición a la misma de Uribe y el que el dijera.

También se consideraba “verdad” del momento era que la campaña tendría poco contenido sobre aspectos centrales de la sociedad colombiana y del Estado y estaría marcada por la virulencia, las agresiones y los ataques personales y primarían las coaliciones entre caracterizadas fuerzas políticas.

En el transcurso de la campaña esas “verdades” están profundamente cuestionadas. Hoy ni hay certeza de quien será el próximo presidente, ni el eje del debate electoral es la paz, ni la campaña está centrada en banalidades, ni la característica son las coaliciones.

Destaca entre lo sucedido el que asistamos en vez de las grandes coaliciones, a una verdadera implosión de los partidos, lo que en buena parte resulta de su naturaleza fundamental de agrupaciones para las elecciones, no para la política, representada en los intereses de sus parlamentarios y no en la representación de diversos o específicos sectores y clases sociales. Hoy el partido liberal se encuentra dividido entre quienes apoyan a Duque, a Vargas Lleras, unos pocos a su candidato oficial De la Calle y aun bases que apoyan a Petro. La U vive una división básica entre quienes apoyan a Duque y quienes apoyan a Vargas Lleras, al igual que el partido conservador. Entre los Verdes y el Polo a pesar de la coalición y del esfuerzo por mantener el apoyo a Fajardo, este se ha ido erosionando progresivamente hacia Petro.

Sin una reforma política que se proponga la formalización, la adquisición progresiva de derechos, la reforma del sistema electoral y la democratización interna de los partidos, este espectáculo se repetirá una y otra vez, evidenciando la precariedad de nuestro sistema político-electoral y por lo tanto la fragilidad de nuestra democracia.

También resulta que progresivamente ha bajado la pugnacidad personal (inclusive los candidatos firmaron a instancias del Consejo Nacional de Paz, Reconciliación y Convivencia y algunas otras organizaciones, un pacto para sacar la violencia de la campaña), y se han posicionado en la agenda del debate electoral temas cruciales y bastante lejanos de los componentes prosaicos de nuestra vida política y nuestras contiendas electorales. La defensa del medio ambiente, el sentido y valor social de la propiedad, el tamaño y las funciones del Estado, la reforma rural, la industrialización, el modelo de atención en salud, la corrupción, etc. Hoy nos encontramos ante propuestas claramente diferenciadas sobre el modelo de sociedad y de Estado, pero más importante aún, las principales no son marginales. De hecho, las candidaturas hoy más opcionadas, (Duque y Petro) efectivamente representan modelos antagónicos dentro de la democracia.

Un elemento alentador en medio de las múltiples fallas de nuestro sistema político es la recuperación de la plaza pública como escenario de la reflexión sobre la sociedad y el Estado. Allí el mérito corresponde principalmente a Gustavo Petro, quien, en un fenómeno no suficientemente comprendido, ha logrado renovar ese espacio para la democracia, antes dependiente del transporte, la camiseta, la gorra y el tamal, para hacer de él, en multitudinarias concentraciones un lugar de debate, pero sobre todo de pedagogía política. Y ese no es un mérito menor. Esta contienda electoral ha aumentado la politización de diversos sectores de la sociedad y eso robustece la democracia.

Desde una perspectiva racional y suponiendo que las reglas de juego comportan certezas en la democracia, pero que su devenir produce resultados inciertos, se podría uno aventurar a decir que lo que ha sucedido en la campaña es un margen mayor de incertidumbre, porque las propuestas de los candidatos efectivamente introducen una escogencia entre opciones realmente distintas. Y aunque eso tiene mucho de verdad, no lo es menos el que se acumulen por las actuaciones del malhadado Consejo Nacional Electoral y por los sesgos de la Registraduría que llevan a cuestionar la efectiva certeza de las reglas.

Las formas de selección de los jurados, su capacitación, (se ha llegado a decirles que como Vivian Morales todavía aparece en el tarjetón, los votos que por ella se depositen deben contabilizarse con los de Duque), el error en la impresión del tarjetón al excluir el logo de la campaña Colombia Humana, violando el principio de igualdad y dañando la identidad de esa campaña y los demás riesgos que claramente ha señalado la Moe, minan de manera considerable la confianza en las elecciones, favorecen un ambiente de dudas pero hay que decirlo de manera clara ofrecen condiciones efectivas para facilitar el fraude.

Tiene la Registraduría la obligación de brindar garantías; no existen razones válidas para que no se imprima correctamente el tarjetón, excluyendo del mismo a Vivian Morales e incluyendo el logo de la campaña de Petro.

Coda 1: El traslado humanitario de Santrich a la custodia de la Iglesia Católica es un primer paso; poner por delante su aporte a la verdad y a la justicia y reparación, derechos de las víctimas, frente a las sindicaciones de la justicia norteamericana es un imperativo de soberanía y compromiso con la paz.

Coda 2: Los resultados del Examen Periódico Universal, hecho al estado colombiano en Ginebra, demuestran una vez más que el logro del Acuerdo para terminar el conflicto con las Farc cuenta con total apoyo internacional, pero que ello no oculta la preocupación de muchos países por la incapacidad del gobierno para avanzar de manera más eficaz en la protección de líderes sociales y en disminuir los penosos índices de abuso y maltrato a las mujeres.

Edición 587 – Semana del 11 al 17 de mayo de 2018
   
 
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