La recta final que abre el futuro

 

El candidato de la Colombia humana ha logrado de nuevo mover la esperanza del cambio en la mente de los más olvidados, ha logrado tocar las fibras de ese país nacional, que otrora vibro con los discursos del liberalismo progresista y revolucionario del gaitanismo, y con las ideas democratizadoras de Galán, Pardo Leal, Jaramillo y Pizarro.

 
Hector Alonso Moreno
 
Profesor Univalle
 
 

En medio de una fuerte polarización propiciada por los sectores más reaccionarios del país los colombianos nos aprestamos a elegir el próximo 27 de mayo los candidatos que irán a la segunda vuelta presidencial. Iván Duque y Gustavo Petro se perfilan como las opciones más claras según las últimas encuestas. Ambos candidatos representan una clara postura política frente a lo que podríamos señalar como el antes y el después del posconflicto.

Duque representa el sector político de mayor conservadurismo expresado en el viejo régimen hacendatario, en el gamonalato liberal-conservador, en el latifundio mono exportador azucarero y la siembra de Palma Africana; y a los viejos idearios judeo cristianos que junto a las religiones y sectas evangélicas han venido oponiéndose a la transición política del país hacia una democracia plena y en paz.

Representa, igualmente, al sector mas clientelar y corrupto de la tradición política colombiana ligada al paramilitarismo y el narcotráfico. Allí se expresan los candidatos y parlamentarios antiguos y recién electos del binomio de mafia y política; a los políticos tradicionales ligados a los más escandalosos hechos de corrupción de los últimos años. Los apoyos a Iván Duque, recogen la gama de lo más granado de los antivalores democráticos de una sociedad, y al sector político militarista y mafioso de derecha quienes han ostentado el poder en los últimos sesenta años en Colombia y son férreos opositores a los acuerdos de paz.

Allí, en esa campaña, concurre toda la histórica sociedad política tradicional que es el mejor aliado de la incompetencia y de la falta de compromiso con los más sublimes destinos de la patria: la defensa de la vida, la honra, y los bienes de los asociados y el respeto por la soberanía nacional. Esa candidatura uribista representa a los que se han negado a cumplir como elites políticas gobernantes su misión histórica de transformar la sociedad en favor de los derechos humanos fundamentales, económicos, sociales y culturales de los colombianos.

Ellos hacen parte fundamental de la historia errada de la conducción política del país por parte de las elites incrustadas en el poder en los últimos 60 años; en ellos se sintetiza la historia de la incapacidad de los políticos tradicionales por sacar adelante reformas sociales, entre ellas, una reforma agraria que ellos impulsaron en el año 1936, y que posteriormente sirvió de pretexto para un primer ciclo de violencia armada entre sus propias facciones políticas: lucha armada que tuvo connotaciones de una verdadera guerra civil. Las elites que se articulan en la propuesta de Duque son las que le entregaron la riqueza petrolera a las multinacionales a principios del siglo XX, y son las mismas, que muy poco se asombraron ante el magnicidio que profundizó una etapa de las violencias con el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán.

Son igualmente, las mismas elites que ayer acudieron a los balnearios del mediterráneo español de Sitges y Benidorm a fin de acordar la fórmula política de un pacto de gobernabilidad como lo fue el Frente Nacional (1958 – 1974), con el objetivo de perpetuarse en el poder bajo la figura de un régimen bipartidista con responsabilidades compartidas. Son los que se han negado por años a llevar al país hacia la democracia y la pluralidad de partidos, y quienes han comprendido que la violencia política les es funcional a sus propósitos de contabilistas de votos y patrimonialización de lo público para sus intereses.

Ellos, los Uribistas, representan ese viejo régimen bipartidista el que ha tenido gran parte de la responsabilidad histórica de la tragedia nacional y que ha sido auspiciador de la violencia institucional. Son la continuidad de un régimen sustentado en un sistema cerrado y excluyente que ha contribuido a que se acreciente la protesta social y a que la lucha armada guerrillera se justifique para quienes, también desde el otro lado, consideraban que la violencia igualmente les resultaba funcional.

Petro representa algo muy diferente y distante de lo que ha sido el ejercicio mafioso del poder político en Colombia. Es la esperanza de una Colombia humana que ve en el esfuerzo humano la mejor ruta para el emprendimiento. El candidato de la Colombia humana ha logrado de nuevo mover la esperanza del cambio en la mente de los más olvidados, ha logrado tocar las fibras de ese país nacional, que otrora vibro con los discursos del liberalismo progresista y revolucionario del gaitanismo, y con las ideas democratizadoras de Galán, Pardo Leal, Jaramillo y Pizarro.

Petro, ha sabido sembrar en la mente de millones de mujeres y hombres de Colombia la ilusión de que un país diferente es posible; que una Colombia Humana se puede construir de manera real en el posconflicto y que ella está plasmada en sus propuestas de gobierno. La Colombia humana como alternativa futura nos está mostrando que el camino andado por Antanas Mockus en la alcaldía de Bogotá, el sendero cruzado por el alcalde y exgobernador Fajardo en Medellín y Antioquia, la experiencia de gobierno de Alonso Salazar, y su propia experiencia como alcalde de Bogotá; sumado a centenares de experiencias de gobiernos locales donde se ha ejercido la administración pública y la política con transparencia y decencia, son las credenciales suficientes para que los pobres urbanos y rurales de la patria, los sectores medios de la población, y franjas importantes de la burguesía nacional, consideren que un país diferente también es posible ahora.

La Colombia Humana será también la gran alternativa para disputar el poder municipal en las elecciones de alcaldes del próximo año. De ahí, que debamos cuidar este espacio después de las elecciones presidenciales, pues es allí en donde se sembraran las esperanzas ciudadanas como el mejor escenario para construir la verdadera unidad popular. La gran disputa por el poder en Colombia no es ahora; vienen tiempos políticamente favorables para que a lo largo del territorio nacional esa Colombia humana de hoy empiece a echar raíces en los municipios. El futuro exitoso de la Colombia humana la construiremos en las regiones disputando el poder local contra la corrupción, el clientelismo, el gamonalato, y la nefasta relación mafia y política.

Edición 588 – Semana del 18 al 24 de mayo de 2018
   
 
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