Democracia sin partidos

 

Lo acaecido con el candidato del Partido Liberal, Humberto de la Calle Lombana, no solo expone la conducta sinuosa de su director, el ex presidente César Gaviria Trujillo, sino la inexistente disciplina de los políticos profesionales liberales, que optaron por abandonar al candidato elegido en la consulta interna, con el claro objetivo de asegurar puestos y contratos, al migrar sus clientelas hacia las campañas de los candidatos Iván Duque y Petro, entre otras.

 
Germán Ayala Osorio
 
Comunicador social y politólogo
 
 

Asumidos los Partidos Políticos como una suerte de mediadores naturales entre el Estado y las demandas sentidas y públicamente expuestas por agentes de la sociedad civil, estas colectividades requieren no solo estar en permanente conexión con esos grupos de poder, sino ofrecer y mantener la coherencia programática, política e ideológica que les permita cumplir a cabalidad con esa función de mediación. Función que tiene, en el diseño de políticas públicas, a un ejercicio práctico en el que es posible reconocer cuál es la visión de país y de Nación que tiene la dirigencia política. A juzgar por el diseño e implementación de políticas públicas como Agro Ingreso Seguro, Familias en Acción, política minero-energética y las de transporte masivo en ciudades capitales, está claro que la visión de país, de Estado y de nación de la clase política colombiana es pobre, ambientalmente insostenible, sectorial y mezquina.

Para el caso colombiano, y en particular, a partir de los resultados de la jornada electoral del 27 de mayo de 2018, es evidente que nuestros mediadores naturales devienen en una profunda crisis que se manifiesta en su incoherencia ideológica y profunda incapacidad para erigirse como faros que iluminen los caminos de una democracia que, como la colombiana, deviene formal, precaria, restringida y electoral; de igual manera, hoy los Partidos Políticos colombianos no sirven para guiar a quienes militan dentro de sus estructuras y por supuesto, a quienes desde la distancia siguen sus principios y pueden llegar en un momento dado a votar por los candidatos que reciben sus avales.

Lo acaecido con el candidato del Partido Liberal, Humberto de la Calle Lombana, no solo expone la conducta sinuosa de su director, el ex presidente César Gaviria Trujillo, sino la inexistente disciplina de los políticos profesionales liberales, que optaron por abandonar al candidato elegido en la consulta interna1, con el claro objetivo de asegurar puestos y contratos, al migrar sus clientelas hacia las campañas de los candidatos Iván Duque y Petro, entre otras.

La crisis que hoy afronta el Partido Liberal deja a esta colectividad en el mismo nivel del Partido Conservador: ambos comparten la misma condición de colectividades insepultas. Similar situación acontece por las huestes de las microempresas electorales Cambio Radical y Partido de la U. Del primero, hay que decir que la migración de sus políticos hacia la campaña de Iván Duque Márquez se explica por el inexistente carisma de Germán Vargas Lleras, quien fungió por largos años como su líder natural y propietario. Además, se suma a la debacle y a la indisciplina partidista al interior de esa agrupación, la decisión de Vargas Lleras2 de presentarse por firmas, tratando de tomar distancia de los escándalos por corrupción al interior de Cambio Radical y de escabullir a la responsabilidad que le corresponde asumir por la entrega de avales a políticos señalados de cometer toda suerte de crímenes. Al final, las maquinarias consolidadas por Vargas Lleras durante los 8 años en los que acompañó al Gobierno de Santos terminaron jugando a favor del ungido de Uribe. En cuanto al Partido de la U, al no tener candidato, la dispersión de sus miembros estaba asegurada de tiempo atrás.

Después de esta primera vuelta presidencial, el gran ganador fue Uribe, quien, con su microempresa electoral, Centro Democrático, logró sumar los intereses de cientos de congresistas que aportaron a la campaña de Duque clientelas (contratistas del Estado) y ciudadanos cooptados y constreñidos electoralmente. No hay que desconocer que hay aún en Colombia millones de colombianos que votan, disciplinada y conscientemente3, por el que diga Uribe, asunto que no solo corrobora la debilidad de los Partidos Políticos, sino que coadyuva a la consolidación del caudillismo.

Aunque la crisis de los partidos políticos no es exclusiva de Colombia, la situación se torna más compleja en el país y para su régimen democrático, por la baja cultura política y el bajo capital social de cientos de miles ciudadanos habilitados para votar. No podemos negar los altos índices de ignorancia de millones de colombianos que ejercen su derecho al voto, guiados por los resultados de las encuestas, por lo informado a través de medios de comunicación afectos a Uribe como el noticiero4 RCN5, o en el peor de los casos, por lo dicho, sugerido u ordenado por su caudillo.

Por esa vía, el comportamiento electoral del colombiano promedio se soporta en buena medida en decisiones no ancladas en juiciosos análisis de las ventajas o desventajas de votar en torno a un determinado proyecto político. Es más, cientos de millones de colombianos no votan por proyectos políticos, sino por políticos carismáticos, por ungidos, o por quienes ofrezcan prebendas, puestos y contratos.

Sin partidos políticos la democracia cojea y eso no se puede negar, pero un régimen democrático que cuenta con la participación de ciudadanos con bajo capital social y cultural es un escenario propicio para que aparezcan caudillos que no solo pasan por encima de los partidos, sino que en momentos específicos terminan por llevar al régimen político a estadios proclives a la instauración de gobiernos de mano dura que suelen terminar en dictaduras o en régimen populistas.

Uribe y Petro, dos caudillos

El paso de Duque y Petro a la segunda vuelta presidencial es un hecho político que confirma la debilidad de los partidos políticos tradicionales y el afianzamiento de microempresas electorales de reciente conformación como el CD. Se suma a lo anterior, la consolidación del caudillismo en cabeza del caballista-latifundista- ganadero, Álvaro Uribe Vélez y en el propio candidato presidencial, Gustavo Petro Urrego.

Duque no tiene el talante de caudillo que, si tienen Uribe y Petro, por cuanto su presencia como candidato presidencial obedece, exclusivamente, a una decisión tomada y orientada por el propietario y líder natural del CD. Es decir, si se da su elección como presidente de Colombia (2018 – 2022), esta se daría en buena medida por la confluencia de intereses de un sector del Establecimiento que acompaña de tiempo atrás a Uribe, a los propios sectores cristianos; a los expuestos por militares y agentes de la sociedad civil que se beneficiaron de la forma como Uribe6 entendió las relaciones entre los sectores público y privado entre el 2002 y el 2010. Es decir, con Duque el voto de opinión es prácticamente insignificante.

Lo contrario sucede con Petro, quien a pesar de ser un caudillo que desafía al Establecimiento, arrastra votos de opinión, esto es, aquellos no asociados al establecimiento de componendas y al intercambio de favores por votos. Es más, Petro, por su origen social y político, despierta toda suerte de emociones y esperanzas en quienes al estar cansado de un generalizado estado de cosas inconstitucional (ECI), votarán por él, no por reconocer en éste a un caudillo, sino porque guardan la esperanza de que pueda revertir esas circunstancias contextuales que le restan legitimidad al Estado.

Así entonces, en el actual escenario político-electoral colombiano es fácil identificar un claro enfrentamiento entre un caudillo que quiere ser presidente por primera vez y otro que busca regresar a la Casa de Nariño, en el cuerpo de su ungido.

Justamente, en la posibilidad de que Uribe7 regrese al poder político están los problemas que afronta en estos momentos la democracia colombiana. En primer lugar, porque persisten proyectos políticos de corte mesiánico que poco contribuyen a la consolidación de los partidos políticos. Por el contrario, el comportamiento mesiánico de Uribe y Petro hunden en general a sus propias empresas electorales y a los demás partidos, en el más profundo sin sentido filosófico, hasta convertirlos en sedes de campaña y estructuras logísticas para mover clientelas y agitar las banderas de proyectos políticos de corte individual. Peor resulta el panorama, cuando avezados políticos aplauden a rabiar al caudillo antioqueño, debilitando la Política y los ejercicios de discusión y el diálogo que son constitutivos y connaturales a la acción política de buscar guiar los destinos del Estado colombiano.

Adenda: Votar por Petro significa rechazar un proyecto ético-político que sirvió para entronizar el Todo Vale y el ethos mafioso. El reto hoy es proscribir esas vergonzantes conductas que se naturalizaron entre el 2002 y el 2010.

1 Véase: “Oneroso y costoso triunfo”.

2 Véase: “Cordón umbilical”.

3 No hay que descartar que dentro de los millones que votan por el que diga Uribe, existan ciudadanos que toman decisiones soportadas en la ignorancia y en la incapacidad cognitiva de hacer valoraciones en torno a los daños que Uribe le produjo al país en materia moral, ética, ambiental, económica, social y política. Véase: “Los daños que Uribe Vélez le hizo”.

4 Véase: “RCN: el Courier de Palacio”.

Edición 590 – Semana del 1º al 7 de junio de 2018
   
 
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