Un lento despertar a la política

 

No más votos atados al clientelismo, el miedo y el odio, seamos por fin ciudadanos libres, responsables y fraternos, que deciden soberanamente en las urnas. La segunda vuelta puede ser nuestra segunda oportunidad sobre esta tierra, convirtamos en realidad el sueño de García Márquez.

 
Hernando Llano Ángel
 
Profesor Departamento de Ciencia Jurídica y Política, Universidad Javeriana
 
 

Más urnas, menos tumbas

El 27 de mayo de 2018 pasará a la historia como la fecha en que Colombia empezó lentamente a despertar a la política. No sólo porque se rompió la tendencia abstencionista, aumentando tímidamente la participación electoral en un 53%, sino sobre todo porque fueron los comicios menos violentos en más de medio siglo. Los comicios en donde las urnas y los votos, símbolos de la democracia, predominaron sobre las tumbas y las balas, emblemas mortales de la violencia política. Las elecciones donde Timochenko, por primera vez, se expresó como el ciudadano Rodrigo Londoño Echeverri, líder de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc) y no como el temible comandante de las Farc – EP, asumiendo así el desafío histórico de romper el fatal vínculo de la política con la guerra, junto a más de 10.000 exguerrilleros. Sin duda, el mayor avance político en nuestra historia contemporánea, pues empezamos a comprender vitalmente que la democracia comienza cuando podemos contar cabezas en lugar de cortarlas, parafraseando a James Bryce. No deberíamos olvidar –en medio del pueril jolgorio electoral de los ganadores– que entre 1958 y 2012 se cortaron por los menos 220.000 cabezas de compatriotas, de las cuales el 81.5% fueron civiles y el 18.5% restante combatientes, como se puede verificar en el Informe del Centro Nacional de Memoria Histórica: “¡Basta Ya! Colombia: Memorias de guerra y dignidad”1. Es decir, 8 de cada 10 víctimas mortales, fueron civiles. Poner fin a esta barbarie, de alguna manera se reflejó en las urnas, pues la suma de los votos por todos los candidatos comprometidos con el cumplimiento del Acuerdo de Paz fue de 11.245.3692, frente a los 7.567.439 votos por Iván Duque, quien se opone a la savia vital del acuerdo: la participación política directa de la Farc en el Congreso y su amenaza de extraditarlos, pues los califica de narcoterroristas3.

Más ciudadanía, menos clientelismo

También fue la elección en donde las maquinarias de decrépitos y corruptos partidos se quedaron empantanadas, por más que candidatos, como Vargas Lleras, intentara disfrazarse de independiente, respaldando con millones de firmas ciudadanas su aspiración presidencial, renegando así de Cambio Radical que lo dejó a la vera del camino con sus miles de vivienda y su portentosa capacidad ejecutiva. Las firmas válidas que lo respaldaron fueron 2.752.287 (la Registraduría le anuló el 48%, pues había presentado 5.522.088)4, y la votación que obtuvo fue de apenas 1.407.495. Una contundente demostración del desgaste y los límites del clientelismo, frente al surgimiento de una significativa votación de ciudadanos, mucho más que de simple electores, a favor de candidatos como Petro, Fajardo y de De la Calle, cercana a los 10 millones.

El país político y el país nacional

Por la forma como se están alinderando los respaldos a los candidatos, parece estar reeditándose la famosa expresión gaitanista. De un lado, todo el país político, desde el ejecutivo Vargas Lleras y sus huestes de jóvenes, por lo demás modestos y radicales “demócratas”, como Rodrigo Lara, David Luna y Carlos Fernando Galán. Continuando con el inefable César Gaviria y su numeroso séquito de liberales travestidos en “centrodemócratas” y tránsfugas de segunda vuelta electoral. Sin olvidar el respaldo monolítico del partido Conservador, legado por Andrés Pastrana a Álvaro Uribe Vélez, cuando lo asociaba con el para militarismo como digno para regentar el “corrupto partido conservador” –según expresiones del propio Pastrana– que ahora parece haber olvidado: “Pastrana le dice a Uribe que si quiere se quede con el Partido Conservador”.

Y con esa generación de virtuosos políticos aspira llegar a la Presidencia de la República el joven Iván Duque, ajeno por completo a esas prácticas clientelistas y corruptas, líder totalmente impoluto, para acabar con la “mermelada” y librar, como lo hizo su padre político adoptivo, Álvaro Uribe Vélez, durante ocho años, una lucha implacable y denodada contra “el clientelismo y la corrupción”.

El mismo “presidente eterno”, que le pidió “a todos los congresistas que nos han apoyado que mientras no estén en la cárcel a votar las transferencias, a votar la capitalización de Ecopetrol, a votar la reforma tributaria”, como puede verse en: Uribe: “Mientras no estén en la cárcel”.

Si Duque llega a la Presidencia y cumple su promesa de “cárcel para todos los corruptos”, se arriesga a perder las mayorías políticas en el Congreso. Incluso puede llegar a ser una grave amenaza para el “presidente eterno”. Así las cosas, se comprende plenamente lo que significa su consigna de campaña: “Duque es el que es”. En efecto, es el candidato del Establishment, del País Político que ha gobernado impune e irresponsablemente desde siempre contra el país nacional, que definía así Gaitán: “En Colombia hay dos países: el país político, que piensa en sus empleos, en su mecánica y en su poder y el país nacional que piensa en su trabajo, en su salud, en su cultura, desatendidos por el país político. El país político tiene rutas distintas a las del país nacional. ¡Tremendo drama en la historia de un pueblo!”.

Drama que hoy adquiere una dimensión más compleja, pues ese país nacional se encuentra fragmentado, dividido y estigmatizado por el país político, gracias a la unidad de sus astutos y hábiles dirigentes, que proclaman a Duque como el salvador de Colombia, guiado por la inteligencia superior del “Presidente Eterno”, Álvaro Uribe Vélez. Un pueblo fragmentado en los liderazgos representados por Petro, Fajardo y De la Calle. Dividido, porque se debate entre el miedo, la esperanza, los prejuicios y los odios. Un pueblo que no puede dejar de votar el próximo 17 de junio o girar un voto en blanco contra su propio destino y ser estigmatizado como el principal responsable de la futura crisis y hecatombe nacional, pues si no vota por Duque, entonces Colombia se convertirá en un infierno peor que Venezuela y Nicaragua juntas, víctima del populismo de izquierda que estimula la lucha de clases, el odio y la miseria entre hermanos. La única forma de evitar semejante escenario dantesco es despertando todos al mundo de la política, reconociendo que no existen salvadores y Mesías, sean de derecha o izquierda, que vendrán a redimirnos. Votando masivamente en las urnas, para disuadir a quienes prefieren las tumbas. Por eso debemos reconocernos como una ciudadanía que se libera de héroes y revolucionarios, del “patricio” Duque contra el “plebeyo” Petro y se resiste a la mentirosa división de “ciudadanos de bien” que combaten a los del mal, hasta erradicarlos, encarcelarlos o extraditarlos del territorio nacional. Más nos vale que recordemos las palabras de Belisario Betancur, en su discurso de posesión presidencial: “Dejemos de ser federación de rencores y archipiélago de egoísmos para ser hermandad de iguales, a fin de que no llegue a decirse de nosotros la terrible expresión del historiador, de haber llevado a nuestra gente a que prefiera la violencia a la injusticia”.

Ya hemos empezado a poner fin a la violencia política, pero estamos muy lejos de superar tanta injusticia, y para ello definitivamente necesitamos ser “hermandad de iguales” y no perpetuar más la división entre un País Político, conformado por imaginarios Patricios destinados a gobernar por siempre el País Nacional, integrado desde la colonia por supuestos ignorantes y bárbaros plebeyos, indios y negros que les debemos obediencia y gratitud eterna. No más votos atados al clientelismo, el miedo y el odio, seamos por fin ciudadanos libres, responsables y fraternos, que deciden soberanamente en las urnas. La segunda vuelta puede ser nuestra segunda oportunidad sobre esta tierra, convirtamos en realidad el sueño de García Márquez.

1 ¡Basta Ya¡ Memorias de guerra y dignidad – Centro de Memoria Histórica.

2 Gustavo Petro: 4.850.475; Sergio Fajardo: 4.588.299; Germán Vargas Lleras: 1.407.495 y Humberto de la Calle: 399.100. Incluso, descontando los votos por Vargas Lleras, la suma sería de 9.837.874 frente a 7.567.439 de Duque.

3 De ser así, habría que reconocer que son los narcoterroristas más ingenuos del mundo, pues renunciaron a su fortuna para hacer política. Pero quizá algo de razón tenga Duque, ya que en nuestro país la política resulta ser más rentable y segura que el narcoterrorismo, como bien lo sabe Popeye, que respalda entusiastamente a Duque, el Centro Democrático y el “presidente eterno”, Álvaro Uribe Vélez, que parece será desplazado transitoriamente de tal dignidad por Duque.

Edición 591 – Semana del 8 al 14 de junio de 2018
   
 
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