Violencia de Hidroituango

 

Tan cerca pero tan lejos. Estamos próximos unos de otros, pero tan lejanos. Nadie siente la desgracia ajena. Los recuerdos, la cotidianidad, las propias cosas en las que extendemos la existencia, todo aquello que hace parte de nuestras vidas quedan atrás, quedan en la incertidumbre, casi en la existencia de la nada, en lo innombrable. Ayer se tenía todo, hoy no se tiene nada, sólo los chiros que se llevan puestos.

 
Mauricio Castaño H.
 
Historiador – Colombia Krítica
 
 

De pronto un día 12 de mayo a las cuatro de la tarde la ruina se ensañó con Puerto Valdivia, la festiva y alegre vida se rompió, la vida entró en un proceso de demolición, la desgracia fluyó por el río Cauca y la tragedia se apoderó de su territorio y sus gentes. El pescador lloró su suerte, llora su río ajeno y distante. La red, la atarraya, la barca, la pesca, el agua, el calor, sus gentes eran presente extendido (el hoy es mañana y es ayer). Hoy sólo viven del pasado y de un futuro que se precisa incierto.

Toda una vida construida por años, por décadas, por generaciones enteras, se viene, se vino abajo. Sucedió con el creciente y enfurecido río que amaga con tragarse poblaciones enteras. Aguas arriba la mega obra Hidrohituango resultó un monstruo de mil cabezas, defectuosa en sus construcciones y ahora símbolo de caos y muerte, ha robado la paz a más de 130 mil personas de 12 municipios de Colombia. La vida es zozobra en sus gentes desplazadas que van por las calles y sitios inéditos, desconocidos, son lugares ajenos a su existencia, sus miradas son huidizas como delatando esos mundos idos, agitados en lo más hondo de su ser.

El Puerto, sus casas, sus parcelas hoy tuvieron que ser abandonadas, hoy son ya pedazos de vida en el olvido. Los seres desplazados lloran su suerte, su casa humilde abandonada, su trabajo, su río, sus mascotas, sus animales, sus enseres, todo su mundo ya ido, hoy poco o nada queda. Hoy, contra su voluntad, están forzados a llevar una vida que no eligieron, nadie quiere vivir fuera de su propia casa que es su castillo. Hoy viven en esos horribles y hediondos albergues acostumbrados para refugiados, víctimas, desplazados o personas que sufren la expulsión de su territorio para abrir paso a las mega obras, a las grandes riquezas de unos pocos calculadas en billones que contrastan con miserables pagas a los campesinos para que no se mueran de hambre mientras dura la presión mediática. Otros muchos líderes críticos corrieron peor suerte con el asesinato.

Tan cerca pero tan lejos. Estamos próximos unos de otros, pero tan lejanos. Nadie siente la desgracia ajena. Los recuerdos, la cotidianidad, las propias cosas en las que extendemos la existencia, todo aquello que hace parte de nuestras vidas quedan atrás, quedan en la incertidumbre, casi en la existencia de la nada, en lo innombrable. Ayer se tenía todo, hoy no se tiene nada, sólo los chiros que se llevan puestos.

Nos apegamos, nos arraigamos al territorio al punto de ser nuestra propia existencia, somos los otros en quienes nos reflejamos, somos las calles por donde caminamos, somos los lugares de encuentro, somos los lugares del rezo, somos el bar en donde festejamos, somos juego, somos cultura, somos todo aquello que nos rodea y nos constituye, pero también somos todo aquello que nos destruye, que perdemos.

Estos seres desplazados por la mega obra, van de allá para acá sin rumbo fijo, merodean de un lugar a otro, son nómadas inmóviles, sus miradas hondas guardan historias atropelladas, delatan su mundo incierto. Su inocencia, su desconcierto, su deambular es de alma desconcertada. Es la sensación que se siente cuando se está alrededor de gentes que viven tragedia. Mientras los espectadores van con rumbo fijo a sus trabajos o a un lugar para su pausa laboral, los desplazados por la tragedia no se hallan, sus mundos están convulsionados, agitados por una violencia llamada Hidroituango.

Edición 591 – Semana del 8 al 14 de junio de 2018
   
 
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