La importancia
estratégica de construir confianza

 

Puede afirmarse que, para la sociedad colombiana actual, el reto de construir confianza generalizada es una de sus tareas más críticas y urgentes. Lo que sucede es que esto es un resultado del funcionamiento del conjunto de la sociedad y no propiamente de campañas publicitarias que declaran el clásico “los buenos somos más”. Es algo profundo, no cosmético.

 
Rubén Fernández Andrade
 
Sub Director Centro de Fe y Culturas Medellín
 
 

A fines del siglo XX Niklas Luhman, en un libro clásico ya, denominado precisamente “Confianza”, afirmaba que este atributo era tan importante en la sociedad, que una ausencia crítica de ella, no le permitiría a un individuo, ni siquiera levantarse de la cama. La verdad es que cada paso que damos está soportado sobre una enorme batería de confianzas, la mayoría de las veces inconsciente: partimos de confiar en quien construyó nuestra casa, en quien proceso y transportó la leche que nos tomamos, en quienes proveen servicios como energía y agua, en quien conduce el bus en que vamos y quien construyó el puente por el que pasamos, y así un larguísimo etcétera.

Esta condición ha entrado, por supuesto, en el campo de las estrategias políticas. El miedo, el temor generalizado a los demás y la desconfianza, son el terreno abonado para los autoritarismos. Por esta razón ese ambiente es cultivado por ese tipo de proyectos. Los caballitos de batalla electoral de Trump, se han convertido en una receta que se sigue en todo el mundo. En síntesis, la idea es convencer a los votantes de que “todo está muy mal, todo es un desastre, la razón de todos nuestros males son los otros, especialmente los extraños… y aquí vengo yo a cambiar completamente la situación.” En Colombia, una parte de las fuerzas políticas que eligieron al nuevo presidente, pero también algunos de quienes soportaron la propuesta de Colombia Humana, se sumaron a este guion.

Lo contrario, ambientes generalizados de acogida del extraño, de confianza en los demás y en las instituciones, de valoración de las diferencias, es propio de la democracia profunda. Pero es evidente que es una posición mucho más difícil de pregonar que la anterior, por cuanto hay fenómenos objetivos que nadie puede ignorar. La corrupción, por ejemplo, es uno de esos males masivamente devastadores de la confianza. Grave para nosotros como país, pues hoy, después del resultado del partido de la Selección el próximo domingo, es la mayor preocupación nacional.

Cuando la sensación generalizada es que en la institucionalidad pública nada se mueve, si no está mediado por las coimas o los acuerdos por debajo de la mesa, el costo que paga toda la sociedad es inconmensurable. En Colombia este panorama es desolador: las distintas encuestas de percepción de la corrupción (Transparency International, Gobierno Nacional-Gallup, 2017) indican que la mayoría de los empresarios o empresarias que aspiran a contratar con una entidad del Estado, creen que solo se puede ganar por vías retorcidas. Esto significa que de ellos, los honrados quedan por fuera pues no tienen ningún estímulo para presentarse, y los que si lo hacen, se ven presionados a construir, no la mejor propuesta, sino la que puede ganarse maximizando las ganancias, incluyendo en los costos el valor de la coima, a costa de la calidad del producto o servicio que se presta.

La confianza en las instituciones es una de las dimensiones que hablan de la mayor o menor densidad de la democracia en un país. De hecho, una institución pública que funcione de manera previsible y correcta es un bien público de enorme valor. Hay un ejemplo nítido reciente: Con todos sus defectos y sus problemas, el comportamiento de la Registraduría Nacional del Estado Civil, especialmente en la segunda vuelta, es una muestra de la importancia de contar con una entidad que funciona bien. Baste imaginar lo que hubiera podido desatarse, en un ambiente tan caldeado como el que existía, si la Registraduría se hubiera comportado de manera ineficiente y no confiable.

Puede afirmarse que para la sociedad colombiana actual, el reto de construir confianza generalizada es una de sus tareas más críticas y urgentes. Lo que sucede es que esto es un resultado del funcionamiento del conjunto de la sociedad y no propiamente de campañas publicitarias que declaran el clásico “los buenos somos más”. Es algo profundo, no cosmético.

Ya que es una tarea de enorme envergadura, todos los actores interesados en la mejora de la sociedad tienen sus responsabilidades. Porque la confianza se construye desde el mundo público e institucional, pero también en la vida cotidiana.

En la vida diaria propugnar por relaciones de confianza entre las personas es clave. Ahí, el papel de las organizaciones de la sociedad civil es central. Los Acuerdos de Paz son, en este sentido, una oportunidad que no habíamos tenido como sociedad en muchos años. La confrontación armada es el típico ambiente en donde todos los actores, incluso los no involucrados como combatientes, se ven obligados a desconfiar de todo lo que se mueve alrededor como un mecanismo de supervivencia, pues cualquier desliz o equivocación puede costarte la vida. Si se consolida el cese de la confrontación violenta, y se avanza en este sentido con el ELN, el reto de construir relaciones pacíficas, que están claramente basadas en la confianza, es una labor que espera a la sociedad colombiana por largo rato.

Y por supuesto el Estado tiene también una enorme responsabilidad. Previniendo, controlando y sancionando los actos corruptos (es especialmente crítico el campo de la contratación pública a todos los niveles). Pero más allá, el funcionamiento correcto de sistemas como la Rama Judicial, la inversión pública y la prestación de servicios en general. El “buen gobierno” es un bien público que es, a la vez, tremendo generador de confianza a lo largo y ancho de la sociedad.

A propósito, el mensaje que ha enviado el nuevo gobierno respecto a los acuerdos de paz va en dirección contraria. Es evidente que cualquier gobierno habría introducido cambios en distintos aspectos de lo acordado. Pero, cualquier Estado serio, entiende que un acuerdo como el suscrito en el Gobierno y las Farc, debe honrarse en lo fundamental, so pena de autoproclamarse como “no digno de confianza”.

Por todas estas razones, el esfuerzo por construir confianza tiene una importancia política estratégica. Es, en cortas palabras, una manera concreta de restar autoritarismo y sumar democracia en la sociedad.

Edición 593 – Semana del 22 al 28 de junio de 2018
   
 
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