Urnas, reacomodos
y retos en la política colombiana

 

Hay quienes juzgan los resultados del pasado domingo por la aparente contradicción entre la jornada electoral más pacífica de los últimos años y el éxito del ala más pendenciera de la política, afín a quienes llaman a hacer realidad el “no” plebiscitario a la paz y volver por la senda del castigo y la destrucción de toda disidencia política.

 
Juan Carlos Arenas Gómez
 
IEP – Universidad de Antioquia, EPyG – UNSAM
 
 

La maravillosa fábula política de Augusto Monterroso titulada “El Camaleón que finalmente no sabía de qué color ponerse” describe algunos de los cambios de camiseta o de color entre nuestros líderes partidarios y, con su frase de cierre, sintetiza la actitud que asumió durante la contienda el presidente Santos como representante de los poderes establecidos: “Sólo el León que por entonces era el Presidente de la Selva se reía de unos y de otros, aunque a veces socarronamente jugaba también un poco a lo suyo, por divertirse”.

Los resultados de la jornada electoral del 17 de junio aglomeraron a toda la clase política tradicional ubicada en el espectro de derecha, incluida su ala más radical, alrededor del nombre de Iván Duque con el padrinazgo de Álvaro Uribe Vélez y el soporte de las bases territoriales que ha ido organizando el Centro Democrático. Obtuvieron el respaldo del 54% de los electores y la anuencia y promoción activa de los medios de comunicación y los gremios empresariales más importantes del país.

El mensaje a través del cual posicionaron el candidato contiene más de una paradoja. Por ejemplo, se aprovechó su juventud para hablar de renovación de la política, pero lo cercaron las castas, las clientelas territoriales, las iglesias más conservadoras, los personajes públicos más retrógrados y los partidos más desprestigiados. Se pone así en un odre nuevo lo peor de un vino viejo y descompuesto. Este acompañamiento no es gratuito y, en cualquier caso, representa política y sociológicamente la voz de una sociedad que se resiste a abandonar lo peor de su pasado.

También se habló de su carácter bonachón –su mentor dijo que “no era pelietas como él”– y de sus talentos artísticos para animar fiestas y shows televisivos. Pero bajo esa cobertura se combina una dura pieza de frivolidad y guerrerismo, un temperamento sin escrúpulos para asumir la vocería de quienes apuestan por una sociedad menos pluralista, unas convicciones favorables a las restricciones de los derechos a los ciudadanos y una obsesión con la eliminación física y el silenciamiento de todo lo que contradiga su visión del mundo y de la política.

Hay quienes juzgan los resultados del pasado domingo por la aparente contradicción entre la jornada electoral más pacífica de los últimos años y el éxito del ala más pendenciera de la política, afín a quienes llaman a hacer realidad el “no” plebiscitario a la paz y volver por la senda del castigo y la destrucción de toda disidencia política. Pero creo que a esta lectura hay que agregarle el siguiente matiz. La conversión de las Farc en un partido político con una votación bastante residual permitió politizar algunos sectores de la población y traer a la discusión electoral ciertos temas de política –la tierra, la equidad, el modelo de desarrollo– que estaban vedados por efectos de la confrontación armada. De manera concomitante, la politización de estos temas y la movilización de nuevos actores electorales crearon las condiciones para la construcción de mensajes de miedo, caos, salto al vacío, que juntaron al sector mayoritario de los empresarios –incluidos los grandes conglomerados mediáticos– con sectores sociales proclives a la conservadurización de la sociedad en su conjunto y a la radicalización de las posiciones más derechistas en política.

Hubo una gran movilización en ambos lados de la política y como ciudadanos tuvimos la posibilidad de escoger entre propuestas diferenciables, lo que modificó las coordenadas en las que se ha movido históricamente nuestra política electoral. Pero los resultados muestran las dificultades para construir una alternativa de convergencia de centroizquierda. La primera de ellas, secuela del largo conflicto armado, es el reforzamiento permanente de la hostilidad ante alternativas que se distancien del estándar de una política conservadora y protectora de los intereses de los sectores más privilegiados. Esta hostilidad sigue manteniendo como recurso a mano la eliminación física del contradictor político.

Esto erosiona el prestigio y la “legitimidad” de algunos reclamos básicos entorno a la política social, la equidad, el uso y la distribución de la tierra, y el reconocimiento y ampliación de derechos y la protección medioambiental. También refuerza un segundo problema que surge en el seno mismo de las organizaciones que ocupan el espectro de centroizquierda. La dificultad para domesticar los egos, la incapacidad para traducir discusiones generales y abstractas en acciones de política práctica y falta de habilidad para el desarrollo de acciones coordinadas en el escenario parlamentario que permitan proyectar un movimiento no homogéneo pero unido en la diversidad. Sin afrontar estos problemas, es muy difícil que en el mediano plazo pueda tener éxito –fuera de los flamantes segundos lugares en las elecciones– una alternativa de gobierno que renueve la política colombiana.

Edición 593 – Semana del 22 al 28 de junio de 2018
   
 
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