¿Por qué perdió la selección Colombia?

 

Está claro que una figura como James Rodríguez, con su ausencia, debilitó las posibilidades de triunfo, pero ya había funcionado la fórmula del reemplazo en el partido contra Senegal, donde se acompañaron Quinterito y Muriel. ¿Por qué no hacerlo, esta vez, desde el comienzo?

 
Miguel Ángel Herrera Zgaib
 
Profesor asociado, C. Política, Unal – Proyecto Fútbol, Ideología y Política
 
 

En poco menos de 15 días, los subalternos de Colombia se han puesto a prueba, tanto en el escenario de la política representativa, como en el espectáculo del fútbol mundial. En ambos casos se encajaron derrotas, pero de ellas tenemos que aprender como dice la célebre canción.

En ambos casos, en el de la política, como en el del combinado futbolero, las direcciones fueron derrotadas. En un primer caso, por más de dos millones de votos; y en el otro, ayer, por goles pateados desde el tiro penalti.

Pero ambos son los resultados constatables que tienen que ver con estrategias y tácticas erradas, que tienen que ser tratadas, examinadas públicamente. Para ser corregidas en el término de la distancia para construir las victorias futuras.

Hablemos de fútbol

La dirección de la selección nacional ha estado en José Pékerman por varios años. Con él se clasificó para el mundial de fútbol, en dos oportunidades; pero, su saber no fue suficiente para pasar de octavos de final.

En particular, esta vez, en el encuentro con Inglaterra, con los padres del fútbol moderno, quedó claro que la estrategia defensiva, conservadora que planteó para el partido fracasó. Solamente, cuando se estaba en el minuto 75 del encuentro, e hizo el cambio por Muriel, se cambió la fórmula, el contraste fue notorio, con el largo tiempo anterior de un juego insulso e improductivo.

El cabezazo de Yerry Mina empató el partido, mostrando la eficacia de ese libero, fortachón, superespigado, que superó a la defensa de manera inojebtable.

En los siguientes 30 minutos, el equipo de Pékerman volvió al juego del primer tiempo, y en lugar de ganar el partido, y con el agravante de aceptar el arbitraje de un norteamericano, que nunca debió aceptarse como referee, porque aún habitamos “el país de jauja”, por creer los directivos en la imparcialidad y omnipotencia de los árbitros, cuando ya existe el “VAR”, no el “bar”, nos embriagarnos de creencia e impotencia.

La tapa del partido fue el cobro de los penales, y a quiénes se le confió la suerte final. En particular, fue impecable la escogencia de los tres primeros pateadores, así como la soberbia actuación del arquero.

Pero, inexplicable por qué, el director técnico Pékerman, permitió que Carlos Bacca fuera el cuarto cobrador, cuando él mismo había fallado más de una vez, y que además hubiera puesto a debutante a cobrar el tiro definitivo.

Por último, está claro que una figura como James Rodríguez, con su ausencia, debilitó las posibilidades de triunfo, pero ya había funcionado la fórmula del reemplazo en el partido contra Senegal, donde se acompañaron Quinterito y Muriel. ¿Por qué no hacerlo, esta vez, desde el comienzo?

Reflexión comparativa

Los resultados están a la vista. Colombia pudo pasar a los cuartos de final, y los errores de estrategia y táctica, que no fueron corregidos oportunamente lo impidieron.

La política y el fútbol se parecen, en la medida en que se coordinan colectivos humanos, en cuerpo y alma. Lo que supone la intervención en dosis adecuadas de razón, afecto/pasión y preparación corporal adecuada y coordinada.

A la vez ambos haceres contienen una “impajaritable” dosis de fortuna, porque los dos son ejercicios estratégicos, en que uno no puede conocer el todo del rival, en una experiencia de lucha adversarial o antagónica, según fuere el caso. Así dicho, la fortuna se “doma” en lo posible con el cultivo de la virtud, esto es, los saberes aprendidos, controlables.

En esta oportunidad, en los campos de Rusia, asistimos tanto las audiencias como los protagonistas en las gramillas de los bellos estadios que costaron billones de euros, a una evidente revolución en el jogo bonito.

Esta revolución está expresada en la metáfora de el enfrentamiento entre los dinosaurios del fútbol de toque y baile, y el enjambre de abejas que vuelan y pican durante todo el partido.

Como en la política, el fútbol enfrenta de manera planetaria a dos escuela en materia de gobierno o autogobierno de los equipos en la cancha. Una es jerárquica, autoritaria, donde todos trabajan para un rey, quien, se espera que a la postre defina los partidos.

La otra es democrática, ninguno tiene asegurado un puesto, como en la techné de los burócratas, sino que, en cambio, se ejerce la rotación, y el compromiso artístico de todos y cada uno, una voluntad de enjambre y deseo plurales. Esta escuela es la que cultiva el colombiano Juan Carlos Osorio, un pionero, quien por serlo sufrió reproches dentro y fuera de Colombia, pero, quien en Rusia adquirió validación y reconocimiento indudable, avalados con resultados tangibles.

Colofón

A propósito de lo dicho, es necesario agradecer a José Pékerman lo que hizo con las escuadras nacionales, al recuperarles ánimo y confianza para la lucha deportiva, a la vez que compartir con ellas el saber del fútbol argentino de su mejor momento que sucumbió en el anterior mundial, cuando la Argentina de Messi enfrentó a la Alemania de Muller.

Identificado ese atraso Pékerman no incorporó las novedades del mejor fútbol del mundo. La escuela que entre nosotros representa Juan Carlos Osorio, un director técnico difícil, dicen, no lo tocó ni afectó para nada.

Pues, no queda duda, sonó la hora de Osorio, y de los directores técnicos que se le parecen. Tal es el caso del Tite, quien dirige la verde amarella, que, sin embargo, aún tiene los resabios de los dinosaurios mañosos, incrustados en jóvenes como Neymar Jr. Algo de lo mismo se advierte en la escuadra de Croacia, con sus rezagos del fútbol anterior.

Por lo dicho

Es muy probable que lleguen a la final. Siempre y cuando el desgaste físico resultado de las temporadas inmediatamente anteriores, explotados los jugadores por los clubes profesionales en los que juegan, no cobre su precio definitivo.

Del modo como, en efecto ocurrió, en el caso de James Rodríguez, poniéndolo por fuera del momento decisivo, esta vez; o el juego sucio, como pasó con Falcao, expuesto en un partido sin importancia, al hacer criminal de un rival.

El fútbol de los dinosaurios se resiste a morir, en el pensar de los que aún creen que “dar leña” al rival es un ingrediente infaltable, porque éste un “juego de machos”, donde las patadas, codazos y cabezazos disimulados son parte de la estrategia triunfadora.

Así se confunde el fútbol con la guerra, y la política con el antagonismo sin solución de continuidad. Tal es la práctica deportiva que ha de morir. Entre más pronto mejor.

Edición 595 – Semana del 6 al 12 de julio de 2018
   
 
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