Iván Duque, y la agonía
del régimen para-presidencial

 

En los siguientes 30 días, se probará qué tan jugados están por la paz o por la continuidad de la política mediante la guerra, las fuerzas políticas representadas en el Congreso. Por su disposición actual y número, permiten todas las convocatorias, que un avieso estudioso de la teoría de juegos aplicada al saber de la política pueda hipotetizar.

 
Miguel Ángel Herrera Zgaib
 
Profesor Investigador, Universidad Nacional de Colombia
 
 

“El cáncer me afectó mucho, en el sentido que me hizo repensar muchas cosas”.
Juan Manuel Santos

Un estudioso de la historia liberal, hizo remembranza de los discursos presidenciales, en una crónica publicada por El Tiempo, ad portas de la posesión del nuevo presidente. Benjamín recordó así, que la más breve alocución fue la de Tomás Cipriano en su primera presidencia (1845).

No ocurrió así con Iván Duque, el más joven mandatario de los últimos 73 años, y no como lo afirmó Ardila Duarte, que el ungido de Uribe Vélez, hoy relativa desgracia, no es “el presidente más joven de la historia de Colombia”.

Pero, de lo que casi nadie duda, incluidos connotados analistas de diversos credos, es que a él le corresponde resolver el tránsito de la guerra a la paz, o la retro progresión del orden nacional, expresión usada por Rafael Gutiérrez Girardot, para calificar el atraso inducido en materia política por el diseño reaccionario de la república señorial forjada en 1886.

La pregunta para el joven conductor de la nación, delante de la dialéctica real entre gobierno y oposición, si la coalición de Centro Democrático y el Partido Conservador perpetuarán y profundizarán las dramáticas condiciones que en materia de derecho a la vida y libertades civiles y políticas caracterizan al régimen para-presidencial de Colombia.

El para-presidencialismo es lo que resultó de la degeneración del Neo-presidencialismo colombiano, cuya arquitectura se forjó en la constituyente de hace 27 años. Era el aparato recién estrenado con el que los gobernantes prometían que el fundado Estado social de derecho sancionado, promovería que la igualdad fuera real y efectiva. Y esta ha sido una promesa incumplida como la que más.

No fue capaz de desmontar tal engendro, abusado y fortalecido por los años de la seguridad democrática, el presidente saliente, que sí fue capaz de dejar como regalo, para la oligarquía estupefacta, el reconocimiento de Palestina como Estado, aunque fuese el último que faltaba en la lista de naciones latinoamericanas.

El heredero a un trono esquivo

El padrino frustrado de “Juampa”, cuando éste aspiró a la segunda presidencia, le montó un candidato rival, y con lista cerrada para el Congreso. Zuluaga perdió en la segunda vuelta, pero el CD consiguió elegir un senador más, 20, que esta vez, cuando sí coronó su príncipe estudiante de los cenáculos internacionales, donde la mermelada “tóxica” del neoliberalismo se esparció y aún esparce de manera generosa.

El primer choque en serio en el tránsito a la paz, en ademán de quitarle los aperos al caballo para-presidencial, fue el plebiscito, cuando el tahúr de la paz, sacó los dados de la paz de los zamarros bruñidos por la guerra por interpuesta persona contra la insurgencia subalterna; y los lanzó en opción de plebiscito, y perdió en octubre de 2016. En la garita iluminada se perfilaron entre sombras dos bandos, y los jóvenes trazaron en la Plaza de Bolívar, y en otras plazas más, la otra “línea negra”.

Desde aquella fecha la nueva pelea estaba casada, y Santos, con el mayoritario clamor popular de mujeres, jóvenes y víctimas puso las cartas sobre la mesa del Congreso, y ganó con las partidas, los famosos cupos indicativos, que la gran mayoría de los congresistas requerían para el año siguiente, completar los centavos para el peso que convenciera a sus clientelas de volver a votarlos, y mantenerle sus chanfainas.

De la anterior manera, pasaron los acuerdos de paz, y en la gallera montada por el Centro Democrática se armó la gran algarabía, insistiendo en que se había producido el más grande y notable fraude a la democracia plebiscitaria. Añadiéndole un nuevo guarismo a la traición a su mentor presidencial, quien hacía rastrillar las herraduras de su corcel en el establo de Augías.

Para enfrentar de modo triunfal a la polarización, Uribe Vélez se sacó un nuevo as de la manga, Iván Duque, la joven promesa adobada a dos manos por el hijo de Fabio Echeverri Mejía, y por el Luis Moreno, el presidente del BID. A quien con tanta condescendencia y aguda percepción ha venido tratando el caricaturista Matador.

El presidente bogotano, hijo de un gobernador de Antioquia, nombrado entonces por el más “ilustrado” de los presidentes liberales, Julio César Turbay Ayala, sin embargo, no recibió la banda presidencial de su principal padrino político, porque Álvaro, a pocos días fue llamado a indagatoria por presuntas conductas criminales, de parte de la sala 2 de instrucción penal de la CSJ. En su lugar, lo hizo Ernesto Macías, líder de la bancada del senado por el CD.

La cuota inicial contra la corrupción a la Duque

El día de la posesión, el senador por el Huila, Ernesto Macías, en burda catilinaria, el jefe político de Álvaro Hernán Prada, conectado éste con Caliche, se vino lanza en ristre contra el saliente gobernante y sus ejecutorias.

Amagó con hacer trizas la paz, y la consulta contra la corrupción. Esta paz que es la de Santos y las Farc – EP, la paz de la impunidad, no la de los colombianos. Para nada se le ocurrió mencionar el corazón visible de la impunidad a la vista, en sus propias toldas, la indagatoria por presunto paramilitarismo del ex presidente Uribe Vélez.

Mucho menos lo que después sería el evangelio principal del discurso presidencial del pasado 7 de agosto, la celebración de un pacto nacional, porque con los votos juntos, 19 de su partido, y 14 del socio conservador, no le hacen ni cosquillas a las mayorías que requiere. Ahora Duque insiste a diestra y siniestra, para que los díscolos congresistas del partido de la U, con Irragorri a la cabeza, y Cambio Radical, con el resucitado, vociferando sobre la reforma tributaria se declaren partidos de gobierno, sin, por supuesto, dejar por fuera al glorioso partido Liberal, que tiene al delfín Gaviria haciendo agua.

Para obtener la aprobación de los primeros cuatro proyectos de ley, en los cuales Duque quiere darle el punto al arequipe de su nuevo programa, cumpliendo con sus promesas, al modo Trump, donde la posverdad es el celofán con que se envuelven. En particular, se trata de la lucha contra la corrupción, versión Duque/Uribe, donde para nada se toca el asunto del paramilitarismo y su connivencia con los políticos regionales.

En los siguientes 30 días, se probará qué tan jugados están por la paz o por la continuidad de la política mediante la guerra, las fuerzas políticas representadas en el Congreso. Por su disposición actual y número, permiten todas las convocatorias, que un avieso estudioso de la teoría de juegos aplicada al saber de la política pueda hipotetizar. Pero, qué duda cabe, que la última palabra, Mr. Duque la tendrá que pisar con mermelada tóxica, con la debida prontitud porque en el horizonte están las elecciones de asambleas y concejos, el próximo año, 2019.

Con los ministerios ya ocupados por mitades según la perspectiva de género, más los viceministerios y secretarías repartidas, hay caras largas en los potenciales asociados. Incluso lo recibido sin pedirlo por Alianza Verde, no calma el apetito de ninguno de los comensales del próximo presupuesto nacional de 259 billones.

Al respecto, el minhacienda que repite, el neoliberal confeso y practicante, Alberto Carrasquilla dijo, que “el flujo de inversión cae muy fuertemente, varios programas de inversión que están en curso van desfinanciados y no hay ni cinco centavos para los programas propuestos por el presidente Duque”.

Rememorando a Michel Foucault

Cuya sentencia invierte la célebre de Carl Von Clausewitz, para decir que la política es la continuación de la guerra por otros medios, seguro la ha mascullado más de una vez José Obdulio, en las más recientes sesiones del Centro de pensamiento del CD, el presidente prepara la guerra por la conquista de la hegemonía con guante de seda, y en correspondencia, con la suerte de su campeón, que una vez repuesto de la caída física, volvió a sufrir otra que por esperada no fue menos dolorosa, un sopapo moral, que dizque lo iba a hacer renunciar a su curul en el senado. ¡Mamola!

Cuentos de Pacho Cuca porque, según el senador liberal caucano Velasco, al contrario: “Uribe va a convertir su lucha jurídica en una batalla política”.

Su lugarteniente, Iván Duque, el segundo mandoble lo dio ya, arrancando adelante en la disputa por las banderas de la anticorrupción, con las lideresas Claudia y Angélica. Uribe Vélez, citado a indagatoria por la Corte, días después de la consulta, el 3 de septiembre próximo, tiene contabilizados 23 casos. Pero el de marras, con indagatoria a la vista es el que se quiere borrar del mapa.

Es la pesadilla de Álvaro y su clique, que incluye al presidente mismo quien se anticipó a declarar, que no duda de la inocencia del senador más votado de la historia, con algo más de 850.000 voticos. Antes habían enviado al representante Álvaro Hernán, quien apareció envuelto, según las grabaciones autorizadas por la CSJ, en las maniobras para disuadir al principal testigo, Juan Guillermo Monsalve, cuyo testimonio querían cambiar a todo riesgo, en contra del expresidente Uribe Vélez, y su hermano Santiago.

Aquí la relación, ni más ni menos, es con el paramilitarismo, nacido en Antioquia con el Bloque Metro, engendro de las Convivir, que autorizó el dúo Samper/Botero, cuya mortal sala cuna se estableció en la Hacienda Guacharacas, donde las Farc – EP, es lo que dice Uribe y desdicen éstas, su padre fue objeto de un ataque mortal.

La piedra filosofal del para-presidencialismo

Hay acuerdo, por estudiosos de la teoría de Antonio Gramsci, aplicada a desentrañar la guerra de posiciones colombiana de larga duración, abierta, la primera vez, con la crisis orgánica de 1947/48, que nos aproximamos desde 2010, al desenlace del último episodio de la crisis de hegemonía, que resultó de la mutación para-presidencial del neo-presidencialismo en su cuarto de siglo más que cumplido.

Este régimen de participación con promesa de igualdad social fue el instaurado por el reformismo pactado e incumplido, desde 1991, por el bloque en el poder con la tercería de la Alianza Democrática / M19. Esta quedó en minoría, pese al gran número de votos obtenidos, y luego se emasculó para la siguiente elección, luego de revocado el congreso que estaba electo para el tiempo de la Constituyente.

Dicho lo cual, aquel régimen se hizo funcional a la continuación de la guerra social, acorazada de la política de la excepcionalidad de hecho y de derecho. Con el apoyo estadounidense se libraron las primeras escaramuzas de una guerra de posición técnico militar, que disuadió a las Farc – EP en insistir en un desenlace por esa vía, porque la superioridad aérea, del gobierno, lo hubiera impedido. Tal y como se probó en el laboratorio de guerra que fue Mitú.

Entonces vinieron las escaramuzas de la negociación de paz, donde la insurgencia subalterna, a regañadientes, y a contramarcha, entendió al fin de qué guerra de posiciones se trataba, con el altísimo precio que pagó en vidas de su estado mayor, y la del propio secretario político y militar, quien se abría a la perspectiva del desenlace de la crisis de hegemonía, para pasar a la guerra de posiciones políticas, y darle, muerte efectiva, con las fuerzas democráticas, construyendo un amplio frente, que fracasó con el acto de su muerte, autorizada por el presidente Santos, en las postrimerías de la negociación de paz que le tocó perfeccionar y firmar a Timochenko, en La Habana, mediando entre las dos alas de la insurgencia, que se expresaron de modo elocuente y casi definitivo en el Congreso de fundación de la Fuerza política Farc, que obtuvo representación en el actual congreso, que se acaba de posesionar, el 20 de julio, en la antesala a la del presidente, Iván Duque.

Pues, bien, hacia dónde enruta Iván Duque, como cabeza de gobierno, y su conductor político la solución de la crisis de hegemonía que vive el régimen para-presidencial. Sin duda, por los síntomas, no a su desmonte, sino a su afianzamiento. Celebrando un nuevo pacto nacional, entre la reacción y la derecha, representada por el Partido de la U y Cambio Radical, cuya cuota no fue aun satisfecha, pero cuyo acuerdo pasa por el tipo de reforma tributaria que se imponga.

Por supuesto, el liberalismo, con su Cesar hace cálculos también, y, como en el seriado de tv., pronto caerá. Los que votaron en blanco, con Sergio Fajardo a la cabeza, tendrán que sacarla de la tierra, para ver el otro mundo, que se mueve al otro lado de la línea negra. Y de ese modo, fortalecer la oposición a la guerra, y por el avance de la paz.

El banco de prueba de este aserto, y el estado real de las fuerzas de izquierda, progresistas y demócratas se prepara, se tensa, para medirse en el campo de la hegemonía de la sociedad civil, el próximo 26 de agosto. Allí se descubrirá el verdadero talante del joven presidente, y cómo su canto de reforma, es el de agonía del régimen para-presidencial.

O, por el contrario, el retorno y ampliación del dios tonante de la guerra, con todas sus consecuencias, para rescatar la “piedra filosofal” del para-presidencialismo cuyo guardián asediado y sitiado judicialmente, quiere liberarse de las cadenas legales y constitucionales, y envolver a la nación en la nube mortal, tóxica del “estado de opinión”, con que quiso embadurnar todas sus actuaciones dictatoriales.

Edición 600 – Semana del 10 al 16 de agosto de 2018
   
 
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