Arqueología de la corrupción en Colombia

 

La lucha contra una corrupción, que parece renacer cada vez más fuerte y atrevida, luego de los muchos intentos de “restauración moral”, implica, necesariamente, superar ese viejo mito de la salamandra que resiste el fuego. Tenemos que demostrar, desde el pesimismo ilustrado, que podemos acabar con la salamandra de la corrupción.

 
Julio César Carrión Castro
 
Universidad del Tolima
 
 

“Zaratustra creó ese fatal error que se llama la moral; por consiguiente, debe ser también el primero en reconocer su error”
F. Nietzsche

Los términos “ética” –del griego– y “moral” –del latín– etimológicamente significan lo mismo. Las dos palabras se refieren a las costumbres. Quizá fue Aristóteles quien introdujo la palabra “Ética” en el lenguaje filosófico, para designar los principios rectores del comportamiento humano. En su “Ética a Nicómaco” afirma que todo hombre tiende por naturaleza a conseguir la felicidad, y que la mejor manera de lograrlo es mediante el vivir y el obrar bien. Desde un punto de vista más contemporáneo o “moderno”, Nicolás Maquiavelo en su obra “El Príncipe”, señala que el deseo de alcanzar el éxito debe conducir a los gobernantes (al Príncipe) a actuar fría y pragmáticamente, más allá de las ataduras moralistas o religiosas, dado el hecho de que los hombres son malvados por naturaleza. En esta obscura perspectiva la actuación política -o de los “políticos”- pareciera ajena a la ética. No obstante, la confrontación a los “malos manejos” de la cosa pública ha constituido, desde los orígenes de los sistemas de administración política de la sociedad, un asunto de fervorosa preocupación.

La existencia de las normas morales se puede rastrear hasta los propios orígenes de la sociedad, pero dichas normas han cambiado con la historia, con la modificación de las relaciones sociales de producción.

Bajo la estructuración y puesta en marcha de los sistemas económicos, políticos y sociales, basados en la explotación del hombre por el hombre, siempre ha constituido un asunto de preocupación administrativa, establecer una serie de reglas de comportamiento y manejo de dicha explotación, para que se aparente, que no existe aprovechamiento o abuso en dichas relaciones, es decir que no hay “corrupción” y que todo se cumple desde un condicionamiento “ético”, formalmente establecido y aceptado por las distintos agentes sociales.

Es fundamental constatar que en Colombia la corrupción ha estado vigente desde siempre, desde la propia instauración del régimen colonial-hacendatario, heredado de España. No obstante, han sido muchos los intentos por desligar los asuntos político-administrativos del quehacer de los individuos (y las mafias) constituidos y afincados para el saqueo y la depredación de los bienes públicos.

Solamente como ejemplo:

Decreto emitido por el Libertador Simón Bolívar

Teniendo Presente:

1°– Que una de las principales causas de los desastres en que se han visto envuelta la República, ha sido la escandalosa dilapidación de sus fondos, por algunos funcionarios que han invertido en ellos;

2°– Que el único medio de extirpar radicalmente este desorden, es dictar medidas fuertes y extraordinarias, he venido en decretar, y

Decreto:

Artículo 1°–Todo funcionario público, a quien se le convenciere en juicio sumario de haber malversado o tomado para sí de los fondos públicos de diez pesos arriba, queda sujeto a la pena capital.

Artículo 2°–Los jueces a quienes, según la ley, compete este juicio, que en su caso no procedieren conforme a este decreto, serán condenados a la misma pena.

Artículo 3°–Todo individuo puede acusar a los funcionarios públicos del delito que indica el Artículo 1°.

Artículo 4°–Se fijará este decreto en todas las oficinas de la República, y se tomará razón de él en todos los despachos que se libraren a los funcionarios que de cualquier modo intervengan en el manejo de los fondos públicos.

Imprímase, publíquese y circúlese.

Lima, a 12 de enero de 1824– 4° de la República.

Ha sido Max Weber quien mejor estableció una especie de manual de funciones para los empleados y burócratas encargados de la cosa pública. Sus comportamientos (entre la llamada ética de la convicción y ética de la responsabilidad que son afines y complementarias), deben según esta propuesta obedecer a un pormenorizado seguimiento que incluye: visibilidad, transparencia, control y fiscalización. Términos, y hasta procedimientos, ampliamente ritualizados que son convenientemente aplicados, en el ejercicio político y administrativo de las llamadas “democracias” occidentales contemporáneas y particularmente en Colombia. Sin embargo, señala Weber: “Ninguna ética del mundo puede eludir el hecho de que para conseguir fines “buenos” hay que contar en muchos casos con medios moralmente dudosos, o peligrosos, y con la posibilidad e incluso la probabilidad de consecuencias laterales moralmente malas…”. Bajo estos subterfugios teoréticos han logrado esconder y amparar su descompuesto comportamiento un gran número de personajes, dedicados a los quehaceres públicos y privados, que han hecho de la honestidad un artificio, una farsa, una pose, como lo recomendara ese personaje que inmortalizó Moliere; El Tartufo, símbolo inequívoco de los simuladores, hipócritas e impostores que pululan en el ambiente político y administrativo de Colombia. Un país en donde existen reglas, normas y leyes para todo, pero en el cual, como es de común aceptación, “hecha la ley, hecha la trampa” … o peor aún, certificar cómo gobernantes tan deplorables y patéticos como Julio César Turbay Ayala, propusieron desvergonzadamente “reducir la corrupción a sus justas proporciones”.

La confrontación a la corrupción ha tenido momentos que pudiésemos llamar hasta de carácter “épico”. Basta recortar la lucha emprendida por Jorge Eliecer Gaitán, quien, comprometido con los intereses populares, en su discurso-programa que expuso como candidato presidencial, proclamado en la Plaza de Toros de Santamaría, en el año de 1945, ante más de veinticinco mil manifestantes, frente a la candidatura de Gabriel Turbay que impusieron las élites del liberalismo de salón. Allí expresó con claridad la necesidad de promover una “Restructuración moral de la República” dijo:

“…Con fundamento sólido los pensadores y exégetas del mundo presente, cuya misión consiste en organizar los elementos dispersos de que se compone la verdad social de un país, nos recuerdan con énfasis que el primordial de los problemas que confronta la actualidad es el problema moral. Y cuando dicen problema moral no enuncian una frase vana de significación teórica ni una simple norma de carácter doméstico para la convivencia entre los miembros de la familia, ni aún la simple pulcritud en el manejo de los bienes públicos. Ellos saben y nosotros lo sabemos también, que la moral socialmente entendida, es todo eso y algo más que todo eso. Cuando decimos moral, definimos la fuerza específica de la sociedad…”

A pesar de la ineficacia de la reiterada lucha por lograr “la restauración moral”, hoy se retoma esta bandera con la convocatoria a la Consulta Anticorrupción liderada por la senadora de la Alianza Verde, Claudia López, que implica señalar este 26 de agosto siete veces “SI” en el tarjetón.

La lucha contra una corrupción, que parece renacer cada vez más fuerte y atrevida, luego de los muchos intentos de “restauración moral”, implica, necesariamente, superar ese viejo mito de la salamandra que resiste el fuego. Tenemos que demostrar, desde el pesimismo ilustrado, que podemos acabar con la salamandra de la corrupción.

Edición 602 – Semana del 24 al 30 de agosto de 2018
   
 
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