Cárdenas y Valdeblánquez en “Pájaros de verano”

 

“Pájaros de verano” no pretende ser un fiel retrato histórico de la guerra entre las dos familias, ni menos abarcar las complejidades y toda la geografía y actores de los inicios del tráfico de marihuana en Colombia. La película muestra el daño que hizo el narcotráfico en la cultura de algunos miembros de la etnia wayú, valiéndose de la recreación de parte del conflicto entre los dos clanes familiares en medio de la bonanza de la marimba.

 
Álvaro González Uribe
 
Abogado, columnista y escritor
 
 

Excelente la película colombiana “Pájaros de verano” de los directores Cristina Gallego y Ciro Guerra, productora y director de “El abrazo de la serpiente”.

Uno juzga cada película como la entiende y, por tanto, es subjetiva, en especial una obra como esta con tanta profundidad social. En mi caso es una bella forma artística casi garciamarquiana de narrar tres grandes facetas entrecruzadas y que en la vida real tuvieron en su época (años setenta y ochenta) una relación cierta pero tangencial: La cultura wayú con sus costumbres, mitología y poesía; la bonanza marimbera con su crueldad y daño social; y la despiadada guerra entre las familias guajiras Cárdenas y Valdeblánquez.

La primera ha permanecido en el tiempo conservando su esencia desde antes de la Conquista y hasta hoy pese a las interferencias de otras culturas. La segunda fue el primer capítulo de la violencia que trajo el narcotráfico a Colombia y que hoy perdura bajo otras formas en todo el país. La tercera fue un violento episodio que enfrentó durante casi 20 años a dos familias emparentadas.

Me referiré a la tercera, una larga tragedia que dejó cerca de 200 muertos entre miembros de ambas familias y terceros contendientes o no.

“Pájaros de verano” no pretende ser un fiel retrato histórico de la guerra entre las dos familias, ni menos abarcar las complejidades y toda la geografía y actores de los inicios del tráfico de marihuana en Colombia. La película muestra el daño que hizo el narcotráfico en la cultura de algunos miembros de la etnia wayú, valiéndose de la recreación de parte del conflicto entre los dos clanes familiares en medio de la bonanza de la marimba. No sobra agregar que, aunque el origen del conflicto fue una “cuestión de honor” o “afrenta de sangre” propio de la cultura wayú, esos inicios también involucraron otras etnias y mestizajes de la región.

Es mínimo el espacio de una columna para narrar esta historia. Por eso recomiendo la monografía “La guerra de los Cárdenas y los Valdeblánquez (1970-1989). Estudio de un conflicto mestizo en La Guajira”, de Nicolás Cárdenas Ángel y Simón Uribe Martínez, dirigida por Marta Herrera Ángel, Universidad Nacional, 2004, acá: “La guerra de los Cárdenas Guajira”.

El hecho generador del conflicto es difuso, aunque se da casi por seguro que fue una interacción de carácter sexual o sentimental entre un hombre y una mujer miembros cada uno de las dos familias. Ocurrió en el municipio costero de Dibulla ubicado entre Palomino (límite de los departamentos del Magdalena y La Guajira) y Riohacha, cara norte de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Pese a que en costumbres y cultura ambas familias ya estaban permeadas por ‘alijunas’ -no wayús- como costeños del occidente, cachacos mestizos, afrodescendientes y koguis, el origen del conflicto fue la violación de una norma wayú histórica. El cultivo y tráfico de marihuana fue adoptado después por ellas en pleno auge como manera de costear -y acrecentar- una guerra familiar ya iniciada antes de la bonanza. Por tanto, los tiempos de la película son diferentes, pues en ésta el conflicto comienza en pleno auge del tráfico de la hierba y casi que con ocasión de aquel.

La guerra fue escalando en muerte y barbarie y pasó a Santa Marta y Barranquilla en donde eran comunes los asesinatos y hasta actos terroristas. Las familias se aniquilaron entre sí. Fue tal el ensañamiento, que el último asesinato conocido relacionado con este drama sucedió en la laguna de Tota en los 90.

Santa Marta, incluyendo El Rodadero, tuvo una época oscura en la década de los ochenta, donde salir de noche era un riesgo. Incluso, una alcaldesa trató de mediar vanamente y los expulsó de la ciudad.

Cuando viví en la región me apasionó este episodio e inicié por mi cuenta una investigación. Conocí Dibulla “frente al mar Caribe”, la Punta de los Remedios -hermoso caserío costero cercano-, indagué e hice recorridos por calles y edificaciones de Santa Marta donde ocurrieron los hechos. Hasta visité el cementerio de Dibulla, alejado del pueblo y enmarañado. Entre sus tumbas busqué lápidas con los apellidos Cárdenas y Valdeblánquez al igual que lo hice en el cementerio San Miguel en Santa Marta.

En fin. Fue un drama social cuya investigación dejé en balbuceos y que recordé en la magnífica película “Pájaros de verano” que lo narra parcialmente con otros apellidos también guajiros. Espero volver sobre este tema doloroso pero apasionante de la historia del Caribe y de Colombia. De nuestro Caribe colombiano doloroso pero hermoso.

Hermoso como la bella, singular y altiva cultura wayú.

Edición 603 – Semana del 31 de agosto al 6 de septiembre de 2018
   
 
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