Rebeldías lúdicas por la educación
pública en tiempos de resentimiento y soledad

 

En los últimos días hemos vivido la efervescencia universitaria de manifestaciones múltiples, plurales, diversas y constituyentes que se han agrupado para provocar acontecimientos heteróclitos que incorporan los juegos, el humor y la fiesta a las rebeldías sociales; que las desmarcan de sus repertorios habituales y producen otros efectos y afectos.

 
Jesús David Polo Rivera
 
Profesor de cátedra Universidad de Antioquia
 
 

“Actuar de tal modo que al final de la acción siempre haya una mayor cantidad de alternativas disponibles”
Heinz Von Foerster

La causa del derecho fundamental a la educación gratuita, abierta y pública en todos los ciclos del proceso formativo y la consideración radical del conocimiento como bien común e inapropiable, exigen el compromiso de nuestras mayores energías espirituales y creativas para desarticular y desmoronar esa imagen endurecida y descolorida que algunos intentan imponer en contra de los movimientos y agitaciones festivas que hemos estado activando en los últimos meses, y que señalan nuevas posibilidades expresivas y sustantivas de la protesta y la lucha social.

Sin duda, afrontamos este reto no sólo rechazando y denunciando las reeditadas irrupciones violentas de cuerpos estatales y paraestatales en marchas, campamentos y bloqueos; o criticando la difusión engañosa de información de los medios de comunicación que insisten en la estigmatización y degradación de las justas impugnaciones que se han hilado antes. Este desafío es, ante todo, afirmativo, creativo, lúdico y cultural: como ciudadanos del cosmos afirmamos nuestro derecho a la expresión y a la acción provocando en los otros y en nosotros mismos una inquietud y una apertura frente a otros modos de conocer, pensar, actuar y crear.

En los últimos días hemos vivido la efervescencia universitaria de manifestaciones múltiples, plurales, diversas y constituyentes que se han agrupado para provocar acontecimientos heteróclitos que incorporan los juegos, el humor y la fiesta a las rebeldías sociales; que las desmarcan de sus repertorios habituales y producen otros efectos y afectos.

“No hay que estar triste para ser un militante, aun cuando lo que se combata sea abominable”, decían por ahí; y en parte, creo que los estudiantes y profesores de las instituciones de educación pública se han esforzado, siguiendo esta divisa, por enriquecer y multiplicar las maneras y espacios de encuentro con los comunes y corrientes.

De esta manera, han convertido sus consignas en una exhibición carnavalesca, de la que aún brotan verdaderas “obras de arte”: hakas, danzas, canciones, coreografías, arengas, coros, performances, memes, caricaturas, parodias, museos andantes, periódicos, pendones, cacerolazos, cátedras, conversatorios, foros y otras incontables invenciones se han visto desfilar por los campus, parques, calles, barrios y ciudades.

Vale decir que las efectuaciones que hemos descrito son producidas por rebeldías lúdicas y afirmativas que no se definen por acciones sufrientes de individuos marcados por la escasez y la carencia que deben, a su vez, enfrentarse o sortear los obstáculos impuestos por el estado, el mercado, la propiedad privada, las leyes injustas, las guerras, las burocracias, los espectáculos, los cultos humillantes, las componendas políticas y otras fuerzas macabras. Todo lo contrario. Lo que hay de novedoso en estas formas expresivas es que no están fundadas en la tristeza, no desean introducir el remordimiento, justificar la venganza ni infligir dolor y sufrimiento a otros. Mejor dicho, nos demuestran que es posible incorporar otros usos a los verbos “luchar”, “resistir” y “rebelar” que no pasan por sus sesgos resentidos, vindicativos o conjurados.

Por eso muchos hemos asumido el reto de reírnos (también), mediante acciones y expresiones de todo tipo, de los modos y estilos de vida marcados por el capital, el estado y la ley. Y un buen ejemplo de esto ocurre en medio del bullicio intempestivo de las marchas: ese peregrinaje en el que vienen y van multitudes movilizándose libres entre destacamentos policiales, medios de comunicación y burócratas rancios que ven con impotencia este desfile de guerreras y guerreros festivos; mientras estos por su parte, baten con canticos y arengas libertarias la sensibilidad de algunos “mirones”, los contagian con esa ventisca alborotada y jubilosa de pieles sudorosas y los invitan, finalmente, a sentirse plenamente capaces de frentear el corte, cantarle la tabla a los políticos y reírse (también, insistimos) de las cosas ridículas, absurdas, estúpidas y, como no, mortales y atroces, que estos intentan suscitar y promover.

Pese a lo anterior, estamos desafiados permanentemente por todo tipo de tentaciones y sucesos adversos que comprometen las causas que defendemos y las envenenan de tristeza y sufrimiento; y lo que es peor, distraen los objetivos de la movilización. En esto último seremos muy claros: el justificado rechazo a las distintas intervenciones represivas del Estado en contra del ejercicio ciudadano, constitucional y legítimo de la libertad de expresión, el derecho de reunión y de manifestación pública no puede relevar los objetivos centrales de este movimiento. El problema no es “si capucha o no”, “si grafiti o no”, “si voleo de piedra o no”. Esos en realidad, son “falsos dilemas” con los que nos quieren entrampar, disociar y desmovilizar.

Nuestros inconformismos deben descargarse de las acciones resentidas y nutrirse, ahora más que nunca, con acontecimientos que los hagan más imprevisibles e inciertos. Estas rebeldías lúdicas que reivindicamos son actos creativos, espontáneos, constituyentes y afirmativos imposibles de controlar, reprimir o regular, ya que rompen las lógicas maniqueas e imponen otros hábitos y costumbres a los repertorios tradicionales de acción colectiva; su potencia es tal que, aunque parezcan jueguitos, producen devenires diferentes que desarman los poderes establecidos y hasta los ponen a vacilar y dudar.

Pero estas rebeldías lúdicas no son ciegas ni irracionales. Se requiere mucha creatividad, inteligencia y perspectiva para exigir que la educación pública sea el centro de una transformación social, cultural e histórica que no tendría precedentes en la historia de este país. Estos meses de 2018 estarán marcados por la ebullición de manifestaciones populares y constituyentes que no sólo reclaman más plata para las instituciones de educación superior (aunque esto sea necesario) ni se conforman con la modificación de un inciso de la ley de la educación, el estatuto tributario o la llamada ley de financiamiento. Tampoco se embotan con el fetiche de una mesa de negociación o con la idea llana de más “recursos nuevos y frescos para el funcionamiento”.

Antes bien, creo que estos movimientos empiezan a encontrar condiciones propicias para la emergencia de un NUEVO MACONDO en el que de veras sea posible un cambio social que coloque a la educación pública como el “órgano maestro” de la vida social, al servicio de los comunes y corrientes, y sus injusticias y desigualdades.

Por lo anterior, este movimiento cultural e histórico y las rebeldías lúdicas que ha propagado en favor de la educación pública debe apuntar a la construcción de “pueblos constituyentes”, esto es, pueblos que se rebelan ingeniosamente contra su propia servidumbre voluntaria; pueblos que nos invitan, por medio de ciertas prácticas, a transgredir los modos habituales de vivir, pensar y actuar; pueblos que descolocan nuestros hábitos y costumbres; pueblos que no hablan en nombre o representación de nadie, sino que hacen resonancia de algunas tribus, multitudes y animales que recorren nuestros cuerpos, individual y colectivamente hablando; pueblos que deshacen, desde sus quehaceres y producciones sociales, las jefaturas y estructuras estatales que han convertido el derecho fundamental a la educación en un cumulo de ideas anestesiadas y estériles.

Aspiramos a que, por lo menos por ahora, pueda entenderse el salto cualitativo que algunos queremos imprimirle a este movimiento y que se concreta, mucho más aún, en una propuesta que algunos denominan PAPELETA E, la cual apunta a una transformación de carácter constitucional en la que se consagre el derecho a la educación pública como un derecho fundamental en todos los ciclos del proceso de formación, de aplicación inmediata y con prioridad en el gasto público social; que establezca además, garantías y límites a los poderes públicos y privados que intenten decidir sobre este. Por supuesto, el Estado Social debe intervenir asegurando las condiciones necesarias para que este derecho sea eficaz y, en este sentido, es apenas lógica la obligación de transferir suficientes recursos que remedien los problemas estructurales de déficit y desfinanciación que actualmente deben solventar todas las formas de educación pública.

Mientras esto ocurre, es necesario seguir desplegando rebeldías afirmativas que transformen lúdicamente la vida social y rescaten a las instituciones de educación pública de la peste del olvido, el resentimiento, la indiferencia y la soledad a la que parecen condenadas.

Edición 614 – Semana del 16 al 22 de noviembre de 2018
   
 
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