“Seamos realistas, pidamos lo imposible”

 

La bandera de esta marcha, del paro de los estudiantes es más financiación para la educación publica superior, eso es lo que a simple vista se ve, lo que aparece en diferentes medios de comunicación, los mismos que por primera vez en un buen tiempo, vuelven a tener como titular la educación en Colombia, porque es común ver el deporte, las tragedias, la corrupción y los desfalcos, pero la educación y los estudiantes, eso sí es una novedad.

 
Catherine Lozano
 
Estudiante de Ciencia Política UdeA, practicante Corporación Viva la Ciudadanía – Regional Antioquia
 
 

Una mirada estudiantil de las marchas por la educación pública

En mi primer semestre de universidad, en una de esas clases introductorias y esenciales el profesor nos dejo como tarea elegir un tema que sería el primer acercamiento a la investigación; en medio de ese susto por elegir algo que estuviera a la altura de la ocasión opté por investigar sobre “Mayo del 68”. No han pasado más de dos años desde que lo hice y se me hace difícil recordar cómo llegué a elegirlo, lo que sí recuerdo perfectamente es que me enamoré de una de sus principales consignas “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Este año 2018 es el aniversario número 50 de lo que muchos llaman la última revolución romántica, pero de la que pocos se acuerdan.

Éste no es un artículo académico para rememorar momentos de la historia sobre situaciones que la gente olvida el resto del año o hasta que se cumplen 70, 90 o 100 años de haber ocurrido (a los seres humanos nos gusta esto de conmemorar décadas), pero si quiero resaltar que 50 años después en diferentes partes del mundo se están dando luchas similares.

En aquella Francia de 1968 los estudiantes salieron a marchar, por una sociedad más abierta, más pluralista, tolerante e igualitaria, para decirle fuerte y claro al gobierno que no estaban dispuestos a mantener la sociedad que habían heredado.

Entre 1958 y 1968 el número de estudiantes de educación superior matriculados pasó de 175.000 a 500.000, pero, así como nos pasa en Colombia y posiblemente en muchos rincones del mundo, lo difícil no es entrar sino mantenerse, porque lograr entrar a la universidad pública es un logro que tenemos pocos pero que es sólo el inicio de una lucha que no se termina ni graduándonos.

Desde el mes de agosto esa labor se ha trasladado a las calles, ha tenido que dejar las aulas para responder ante la crítica tan frecuente a la academia, ese llamado de atención por su desconexión con la sociedad. Recuerdo con un poco de melancolía la jornada de inducción, los rostros de jóvenes que soñábamos con cambiar el mundo y ayudar a la gente, muchos de esos rostros los reconocí nuevamente en la marcha del 10 de octubre y por el clima y la lluvia constante de ese día, fue nombrada la marcha de las sombrillas. Estábamos ahí para cumplirle a nuestros sueños, y cobijar a otro tanto con su sueño de ser un profesional universitario.

¿Pero por qué salir a exigir más presupuesto para la educación? se preguntarán muchos, si en el país tenemos comunidades sin agua potable, desnutrición, lugares con accesos imposibles y mil situaciones más que necesitan ser solucionadas.  Y la razón principal para hacerlo es porque la educación es una de las herramientas más valiosas y con más peso para derrotar la pobreza.

Podría citar cifras de comunidades sin servicios básicos, de niños sin ir a la escuela, o muriendo por desnutrición, también de niñas / adolescentes convirtiéndose en mamás sin siquiera terminar de crecer, el notorio circulo de la pobreza y los demás estudios y teorías frente a estos temas.

Pero quiero dedicar estas las líneas y hacer una reflexión que en el fondo puede ser el origen mismo de todo esto.

La bandera de esta marcha, del paro de los estudiantes es más financiación para la educación publica superior, eso es lo que a simple vista se ve, lo que aparece en diferentes medios de comunicación, los mismos que por primera vez en un buen tiempo, vuelven a tener como titular la educación en Colombia, porque es común ver el deporte, las tragedias, la corrupción y los desfalcos, pero la educación y los estudiantes, eso sí es una novedad. Esa generación tildada de apática, apolítica, de la inmediatez, saliendo a las calles a pedir por ellos y como dice la consigna por los que vienen detrás.

Los mismos que llevamos meses en paro, semanas marchando pero que sólo fuimos tema general esta semana cuando hubo disturbios, cuando la gente trabajadora, el ciudadano promedio que en muchas ocasiones es el mismo padre de ese estudiante se demoró más tiempo en llegar del trabajo a la casa. Porque pareciera que es necesario ver fuego, heridos, disturbios para que en el país fijemos la mirada en algo.

Y tal vez la razón de esto es que somos una nación cimentada en la violencia, aunque se ha repetido incansablemente que la gran mayoría de los que la habitamos las grandes ciudades no hemos vivido, padecido o visto los horrores de la guerra. Pero vale la pena aclarar que la violencia no es únicamente física, que la falta de oportunidades, el no poder soñar con un futuro, niños que desde los cinco años tengan que trabajar y ayudar con los gastos del hogar, y que no pueda tener una niñez tranquila, imaginando ser un astronauta, campesino o cocinero, también es una forma de violencia.

Desde hace menos de cinco años una de las palabras que más se escuchan en nuestras conversaciones es la polarización, que el plebiscito polarizó el país, que los candidatos presidenciales polarizan a la gente, pero tal vez solo es un concepto nuevo que estamos utilizando, que encontramos como ponerlo en práctica porque dolorosamente llevamos décadas dividiéndonos en buenos y malos, en regiones, en ciudades, en estar a favor de y en contra de, y todo lo demás que desde ahí nace.

Tal vez esa es la raíz de todo lo que está ocurriendo, de lo que nos pasa como nación y creo que el episodio de la conductora que atropello estudiantes es una forma clara de ejemplificarlo, divididos entre los que avalaban la conducta de la señora y los que la reprochaban o también podemos hablar del estudiante que está en peligro de perder su ojo, divididos entre los que dicen eso le pasa por estar allá y no en la casa, así con el mismo argumento base que utilizan para justificar las agresiones sexuales, con esa capacidad que se ha ido adquiriendo para argumentar al victimario y señalar a la víctima.

Porque a eso hemos llegado, a olvidar el valor de una vida, a pedir a gritos penas de muerte, a linchamientos por cadenas de WhatsApp, a robos que terminan con la vida de las personas porque se nos olvidó que no importa desde que bando estemos mirando ni de cual bando sea la otra persona, su vida también vale.

Así que realmente no estamos tan lejos de los propósitos de “Mayo de 1968”, porque los estudiantes no sólo estamos pidiendo mayor presupuesto para la educación, estamos pidiendo más oportunidades para nosotros y para otros; lo bonito de la utopía pensar en un otro abstracto, sin ponerle rostro, sin que tenga que ser hermano, primo o amigo para pedir por él, en un país donde el clientelismo y el pago de favores tiene a unos cuantos en una burbuja ajena a la gente del común. Aportando desde lo que se puede, desde las propias posibilidades por construir país. Así que al pedir más presupuesto en educación que en guerra estamos siendo realistas, pidiendo lo imposible.

Edición 614 – Semana del 16 al 22 de noviembre de 2018
   
 
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