Estilo Duque

 

Decir y hacer tonterías no es exótico entre quienes ejercen funciones presidenciales. Hay ejemplos de ello casi en cualquier idioma y desde las más variadas latitudes. La antología de sandeces y embustes de presidentes como Bush, Aznar, Berlusconi, Sarkozy, Maduro, Ortega, Peña Nieto o Macri ha sostenido el oficio de los humoristas y ha permitido el divertimento y la consolación de los ciudadanos.

 
Juan Carlos Arenas G.
 
IEP – Universidad de Antioquia
 
 

Más que ejecutorias, lo que puede lograrse en un poco más de 100 días de gobierno es revelar el talante y el estilo que marcará la forma de gobernar durante el cuatrienio. Por eso es urgente reflexionar sobre el asunto sin distraerse con el reclamo de que las críticas arrancan antes de que el gobierno pueda mostrar que ha hecho y revelar sus ejecutorias.

Decir y hacer tonterías no es exótico entre quienes ejercen funciones presidenciales. Hay ejemplos de ello casi en cualquier idioma y desde las más variadas latitudes. La antología de sandeces y embustes de presidentes como Bush, Aznar, Berlusconi, Sarkozy, Maduro, Ortega, Peña Nieto o Macri ha sostenido el oficio de los humoristas y ha permitido el divertimento y la consolación de los ciudadanos. El drama radica en que, transcurridos más de cien días, quien ocupa el solio presidencial y ejerce el oficio de nominador, firmador de edictos, auspiciador de transacciones, dador de entrevistas y hasta “jefe de Estado”, no ha encontrado la clave para que se le reconozcan dotes distintas a las de payaso y animador de fiestas.

La situación se origina, entonces, en la manera como fue construida su imagen en los medios de comunicación durante la campaña y en su incapacidad de abandonar aquella imagen, que resulta cómoda para su estilo, pero inconveniente para el oficio de presidente. La relevancia que le dieron a que fuera hábil con el balón, a que tuviera memoria para las canciones, a que su estilo fuera dicharachero y a que exhibiera dotes de bailarín, resulta útil para despertar simpatía entre los electores, pero deja de ser un recurso adecuado para relacionarse con presidentes, reyes, inversionistas o para hablar en nombre del país en foros internacionales. Resulta casi una maldición que se cumpla aquello que quedó insinuado en las palabras de Emilio Butragueño cuando le advirtió a Duque que la cabeza había que usarla para pensar. La exigencia podía extenderse, diciendo que en el ejercicio de gobierno hay que idearse algo que vaya más allá de la frase hecha sobre la unidad del país, sobre el emprendimiento, sobre el color naranja y sobre los siete enanitos.

El asunto no es menor porque es recurrente y delata el carácter, la capacidad y las prioridades de quien nos preside. No hay ganancia cuando en cosas elementales, principios básicos de diplomacia y etiqueta, el presidente da señales inadecuadas. Tampoco la hay cuando ni sus propios copartidarios le conceden reconocimiento o se confunden al nombrarlo. Poco se sabe de él, sobre todo poco se sabe de las veces que le consultan decisiones claves, reconociendo su liderazgo. Muchos, de entre los suyos, hablan de la guía indiscutida del jefe supremo del partido, del que Duque es sólo una sombra. Y mientras el presidente en ejercicio aclara su garganta de cuentero o de aficionado al karaoke, otros de su equipo le hacen venias al pasado y corrillo al jefe natural de su bancada. Con esto le recuerdan a Duque, de manera reiterada, que al partido de gobierno le conviene ese tono gris de su liderazgo, aunque el país pague cara la falta de horizonte.

Por eso, la tragedia de este futbolista sin patrocinador es que sus palabras no gobiernan sus actos y muchos menos las de la coalición política que domina el país. El tono conciliador pero anodino de muchos de sus discursos no ha servido ni para incorporar temas centrales a la agenda de gobierno, ni para coordinar su equipo de trabajo y mucho menos para dar orientaciones a su bancada en el Congreso. Es la tragedia de quien se alquiló, prestó su cara, sus dotes de buen muchacho, su reputación en juego, que no era mucha, para que la banda que había ganado poder en los últimos dos años y prestigio en las urnas pudiera llegar a la Casa de Nariño con alguien que estorbara poco a sus propósitos, pero que al tiempo le sirviera de monigote al que achacar las culpas en caso de que las cosas se pusieran feas y desprestigiantes. Sabemos que Duque con esto ganará una pensión vitalicia pero el país acumulará perdidas que no son recuperables.

Edición 618 – Semana del 14 de diciembre al 17 de enero de 2018
   
 
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