Las ruinas del Patrón

 

Las cicatrices de las guerras no deben ser desaparecidas con cirugías plásticas bienintencionadas. Deben permanecer como tales en la medida de lo posible para intentar la no repetición de la guerra y de más heridas. Las cicatrices son la historia que se cuenta sola. Y el edificio Mónaco es una de esas cicatrices que debe ser conservada.

 
Álvaro González Uribe
 
Abogado, periodista y escritor
 
 

Cra. 44 N° 15 Sur 31, Medellín, Colombia.

Cerca de las cuatro de la mañana del miércoles 13 de enero de 1988, el sueño de los habitantes del extenso barrio El Poblado de Medellín, y de muchos ciudadanos del Valle del Aburrá, fue interrumpido por un gran estruendo que no solo nos despertó esa madrugada, sino que despertó una de las épocas más terribles de la historia de Colombia.

Y que nos destrozó los sueños a muchos.

El cartel de Cali detonó un poderoso carro bomba frente al edificio Mónaco, donde residía la familia de Pablo Escobar.

A partir de aquel sitio y fecha durante varios años el estruendo de las bombas y otros actos violentos atroces se convirtieron en el terror de casi todas las ciudades de Colombia, en casi un modo de vida. Para algunos en el Guernica, de Picasso, para otros en El grito, de Edvard Munch… Para varios en un borrón sin cuenta nueva.

En Medellín era costumbre que los ciudadanos luego de escuchar una explosión a cualquier hora del día o de la noche -que por la conformación del valle es difícil de ubicar- con el corazón en la mano corríamos a llamar a nuestros familiares cercanos para saber si algo les había sucedido.

Esta semana ese famoso edificio Mónaco amaneció empapelado con numerosos carteles alusivos a las víctimas que dejaron ese monstruo, sus secuaces y sus enemigos. Sin duda, una idea excelente que a todos se nos debió haber ocurrido y haber realizado desde hace mucho.

Sin embargo, a principios del año entrante esa idea junto con el edificio serán demolidos para construir un monumento en memoria de las víctimas del narcotráfico. No estoy de acuerdo por una sencilla razón: El monumento, o contramonumento que llaman, ya está construido desde ese 13 de enero de 1988, y más ahora con los afiches alusivos a las víctimas de esa guerra, ¿qué digo?, de ese fenómeno que desestabilizó o quizá descubrió a la luz pública nuestras entrañas éticas.

Claro que algunos lugares por sus pasados se prestan para construir monumentos, pero otros no, ya sea porque no es posible ante alguna razón o porque simplemente dejarlos como están tiene mucha más carga simbólica.

No es demoliendo, borrando o callando esa cara de nuestra historia violenta como lograremos evitar que se vuelva a repetir. Incluso, si la desaparecemos material o espiritualmente, ¿cómo no retornar a ella si persisten sus condiciones que son las que deberíamos demoler?

Hoy en Colombia las condiciones de esa historia no han desparecido. Es más: esa historia no ha terminado, se sigue desarrollando bajo otras manifestaciones menos estruendosas, pero quizá más profundas. Además, esa primera cara no la hemos contado del todo ni la hemos comprendido aún, y por eso es necesario que nos siga dando una fuerte cachetada en el rostro con sus ruinas materiales tanto a nuestra vista como a la de los turistas y a las de algunas de sus ávidas narices que es algo que también debemos recordarles allí.

Las cicatrices de las guerras no deben ser desaparecidas con cirugías plásticas bienintencionadas. Deben permanecer como tales en la medida de lo posible para intentar la no repetición de la guerra y de más heridas. Las cicatrices son la historia que se cuenta sola. Y el edificio Mónaco es una de esas cicatrices que debe ser conservada.

Sigan pensando que “Nunca más Escobar” como si fuera matar un tipo y ya. Hay y habrá decenas de Escobares mientras existan condiciones sociales como la inequidad, la carencia de oportunidades, la ambición desmedida y, muy en especial, la corrupción pública y privada. Incluso, se pueden legalizar las drogas ilícitas en el mundo que sería lo ideal, pero mientras existan esas condiciones sociales siempre habrá combustible para ejércitos de mafiosos de violencia y de terror prestos a ser conformados y dirigidos por monstruos como Escobar.

El problema no es el edifico Mónaco tras las selfis que se toman los turistas. Toda la historia del narcotráfico y sus violencias son de por sí una selfi donde aparecen miles de colombianos víctimas o que cohonestaron con el reinado del Patrón. Y entonces las selfis seguirán imborrables en cualquier parte con miles de colombianos detrás o al lado.

Qué pena con los vecinos del edifico Mónaco por los carros que se parquean, por la romería que va a conocer esa cicatriz. Pero resulta que el dolor no es de ustedes, es de nosotros las víctimas, de Medellín y de Colombia.

Demoler ese edificio es como quemar libros de historia.

Edición 618 – Semana del 14 de diciembre al 17 de enero de 2018
   
 
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