“La democracia ennoblecida”

 

Es evidente que la democracia no puede o no quiere estar a la altura del sistema de valores construido por ella misma, que en ningún sitio se establecen los nuevos ideales por los que merece la pena vivir. Ahora que el último imperio totalitario también se ha derrumbado, el sentimiento dominante es de derrota, de apatía, de impotencia.

 
Julio César Carrión Castro
 
Universidad del Tolima
 
 

Si bien Hannah Arendt definió los campos de concentración y de exterminio, como laboratorios para la experimentación del dominio total sobre los individuos, lo cual fue principalmente exhibido por los totalitarismos, las perspectivas e intencionalidades de dicho dominio total van mucho más allá y hoy se expresan también en los regímenes reputados como “democráticos”. Imre Kertész (2002, 26 – 27) ha dicho que la democracia se ha vuelto problemática incluso en los países que cuentan con una larga tradición democrática. Es evidente que la democracia no puede o no quiere estar a la altura del sistema de valores construido por ella misma, que en ningún sitio se establecen los nuevos ideales por los que merece la pena vivir. Ahora que el último imperio totalitario también se ha derrumbado, el sentimiento dominante es de derrota, de apatía, de impotencia.

Pero no es sólo eso, es la certidumbre que nos queda de no haber superado nada, de la permanencia y continuación de la política del desprecio y opresión total sobre los seres humanos más vulnerables, aquellos que, bajo los distintos regímenes son considerados “inferiores”. Un simple ejemplo: Las universidades norteamericanas –los llamados centros de excelencia de estas “sociedades del conocimiento” –, están comprometidas en una serie de experimentos e investigaciones que se efectúan sobre muchos presidiarios, condenados a cadena perpetua o a la sentencia capital, a quienes se les propone la conmutación de sus penas si “voluntariamente” acceden a servir de conejillos en dichas experimentaciones que, por supuesto, se explican como beneficiosas para la humanidad.

Tal vez no hubo victoria y el fascismo, ahora, bajo el disfraz de la democracia sigue ahí, latente. Joseph Goebbels, el ministro de esclarecimiento y propaganda del III Reich, lo había previsto en un texto publicado en 1935, a sólo dos años del triunfo electoral que encumbró al nazismo en Alemania: De la misma manera que las doctrinas de la revolución cristiana y de la francesa, se harán realidad las consignas de la revolución nacionalsocialista. Y con gran cinismo precisaba: Si la democracia nos concedió en tiempos de la oposición métodos democráticos, ello ciertamente debía suceder en un sistema democrático. Pero nosotros los nacionalsocialistas nunca afirmamos ser representantes de un punto de vista democrático, sino que hemos declarado francamente que sólo nos servíamos de los métodos democráticos para ganar el poder y que después de la conquista del poder denegaríamos desconsideradamente a nuestros adversarios todos los medios que en tiempos de la oposición se nos habían concedido. A pesar de ello podemos declarar que nuestro gobierno corresponde a las leyes de una democracia ennoblecida. Esta “astucia de la razón” opresiva y dictatorial que cada vez más caracteriza los regímenes “democráticos” del capitalismo tardío, ha tenido permanencia; el dictador Augusto Pinochet denominaría a su criminal gobierno como una “democracia vigilada”.

Aquí cabe plenamente la aterradora pregunta que se hace el filósofo español Reyes Mate (2003, 34): ¿Es el campo de concentración un lugar marginal o es nuestro hábitat natural porque nada hay exterior al mismo? Es cierto que ese tipo de trámites y manipulaciones sobre las personas, no es actualmente del todo idéntico al de los campos de concentración que caracterizaron a los regímenes totalitarios, pero sabemos que persiste un trato discriminatorio y segregacionista, no sólo en los casos de los reclusos empleados como animales de laboratorio por la biomedicina moderna, sino, además, sobre un amplio grupo de seres humanos marginales y maltrechos como son los habitantes de la calle, los desplazados, los inmigrantes y los refugiados a quienes, en las ciudades de los países “desarrollados” se les niega, de hecho, el reconocimiento de “ciudadanos”, e incluso el de “humanidad”, mientras que teórica y publicitariamente se les designa como “sujetos de derecho” y son los destinatarios de múltiples campañas “humanitarias” y caritativas, así como de ese “humanitarismo armado” que ha convertido el dolor en espectáculo y a los invasores militares en portadores de una teatral “ayuda” -que siempre llega detrás de los bombardeos- a los pueblos víctimas precisamente del poderío bélico de los Estados opulentos.

Los pobladores de estos países desarrollados temen la presencia de los inmigrantes tercermundistas, que por oleadas ingresan a sus territorios a competir por sus ventajas, prebendas y comodidades y aunque secretamente saben que los necesitan para poner en marcha sus maquilas y economías informales –que cada vez tienen un mayor peso específico–, de común acuerdo con sus gobiernos, se movilizan para intentar impedirles por lo menos el acceso masivo a sus naciones, por eso cotidianamente estamos viendo cómo esas fronteras que sirven de línea divisoria entre la riqueza y la pobreza, se han convertido en verdaderas zonas de muerte, zonas en las que la vida de los que intentan traspasarlas no vale nada. Muchos de los inmigrantes clandestinos, de los ‘espaldas mojadas’ que intentan entrar en Estados Unidos, cruzando un desierto de muerte, de los africanos que se aventuran en zodiacs mortales a cruzar el estrecho, de los subsaharianos que han de superar un inmenso mar de arena antes de llegar a la frontera con Europa, muchos de estos inmigrantes perecen en el intento y terminan escupidos por el mar a las orillas de un territorio que soñaron cargado de riquezas materiales y promesas de futuro, no son más que cuerpos inertes sin identidad, sin nadie que los reclame, sin nadie que los vele. Estos cuerpos sin nombre y sin vida representan el caso extremo de un destino fatal preparado por las sociedades opulentas (Zamora, 2003).

Pero a aquellos que logran pasar la frontera, transportados como animales en camiones o barcazas, quienes no son apresados, expulsados, extraditados o devueltos, les espera una fantasmagórica existencia, una vida de hombres invisibles, una existencia de segunda clase en las sociedades opulentas. Terminan, como indocumentados e “ilegales”, resignados a vivir en maltrechos tugurios y en repulsivas barriadas que constituyen los nuevos guetos de estas sociedades opulentas, así como a realizar con humildad los trabajos más degradantes y opresivos, que los propios nacionales se niegan cumplir, con contratos laborales de sobre-explotación, dentro del más terrible desamparo legal, sometidos a un sinnúmero de “irregularidades” infranqueables y al más pormenorizado control y administración de sus vidas. Vistos como sub-humanos, sin derecho a la salud, a la educación ni al trabajo, sólo logran acceder a la ciudadanía que sueñan pero que sistemáticamente les es negada, mediante el desesperado recurso de convertirse en “carne de cañón”, ya sea prestando el servicio militar –para ser asignados a las zonas de combate que mantienen permanentemente estos Estados imperiales–, trabajando en las sórdidas empresas de la llamada economía informal y en las maquilas que astutamente se esconden en el submundo de los países ricos.

La recaída en los principios de Auschwitz que contemplamos ahora en los albores del siglo XXI, más de setenta años después de la transitoria derrota del nazifascismo, y que se expresa en el darwinismo social imperante en los regímenes “democráticos” de las ciudades modernas, en el racismo, en la xenofobia y el odio a los inmigrantes que exhiben en su comportamiento habitual los habitantes de los países opulentos, en general indiferentes ante el maltrato, la exclusión, la marginalidad y la precariedad existencial de las enormes masas de indigentes y miserables que pueblan hoy el mundo, bajo la impronta de la globalización capitalista, es el resultado inexorable de una sistemática ausencia de conciencia ética, de esa “banalidad del mal” que cobija a los seres humanos formados bajo los dictámenes de la pedagogía del rigor; del encierro, del enclaustramiento, de la severidad y el autodesprecio, es decir, de esa formación para la obediencia y la subalternidad, que ha signado desde siempre la educación en Occidente y que hoy se extasía en simple consumismo.

Auschwitz no fue una desviación del curso de la historia, no fue una momentánea inconsistencia en la teoría del progreso, no fue una aberración: fue el resultado lógico del desarrollo del capitalismo y de sus tecnologías de poder. El infierno de Auschwitz es un profético antecedente de los tiempos venideros. Comprender la historia de la Alemania nazi, es sospechar la futura historia del mundo, si no se aplican correctivos. Jorge Luís Borges, en una breve narración, contenida en El Aleph (Deutsches Requiem), hace decir orgullosamente al nazi protagonista de su historia, ante la inminencia de su propia muerte: “se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros ya somos sus víctimas”. Auschwitz tiene continuidad, no fue un fenómeno pasajero ni superficial; por eso debemos develar todos esos mecanismos que han posibilitado su horror. Es necesario combatir los comportamientos de rebaño, la insensibilidad y la indiferencia, para no perder la capacidad de resistencia ante el bio-poder que nos envuelve.

Cuando la conciencia moral autónoma ha sido sustituida por las autoridades exteriores, cuando todo parece indicar que se impone la teoría de La movilización total de que hablara Ernst Jünger, según la cual la masa anónima de los ciudadanos sometidos se pone al servicio de los intereses del poder, es necesario reivindicar, de nuevo, las posibilidades de la educación. No de esa educación y esa pedagogía reducidas a mera domesticación laboral, sino de aquella que fomente la reflexión crítica y la autonomía, porque, “la única fuerza verdadera contra el principio de Auschwitz debe ser la autonomía”, “Auschwitz fue la barbarie y –como lo afirmara Adorno– es precisamente contra la barbarie que debería dirigirse toda educación”.

Evadirse del encierro, del enclaustramiento de estos campos de concentración –religiosos, laborales recreativos, educativos, o punitivos– de la vida moderna, significa superar la conversión del individuo en masa para rescatar su autonomía, su mayoría de edad, el uso público de su propio entendimiento (para utilizar los términos kantianos). Es imprescindible, entonces, construir una nueva concepción educativa que nos permita ejercer la resistencia, en primer lugar, reivindicando la memoria, sin abandonar el principio esperanza.

Vivimos en tiempos de olvido, enseñamos el olvido. La educación y la pedagogía se han convertido en tecnologías de la amnesia, que afirman este opaco y tenebroso presente, con sus fuerzas destructivas, ocultándolo de manera invariable, tras el espejismo de un optimista porvenir, siempre aplazado y frente al cual se busca desprestigiar toda utopía. De allí resulta esa cultura del engaño, de la indiferencia, de la insolidaridad y falta de todo compromiso; esa cultura del desprecio al otro, del pragmatismo cínico y la competitividad. No se escuchan las voces de la historia, todo es presentismo.

Edición 626 – Semana del 8 al 14 de marzo de 2019
   
 
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