Carta abierta a la sociedad

 

El camino que comenzamos a transitar, con todas sus dificultades y sacrificios, es una brecha y una oportunidad para que nosotros, que hemos sido los hijos de estos cien años de soledad, imaginemos un horizonte que no condene a las generaciones futuras a la guerra.

 
María Cristina Gómez Isaza – Juan Carlos Arenas Gómez
 
Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, Instituto de Estudios Políticos Universidad de Antioquia
 
 

Hemos dedicado nuestra vida a la educación con la convicción de que no estamos condenados a un “porvenir” cubierto de sombras y de sangre. Hemos alimentado la ilusión de que las generaciones futuras, apoyadas en nuestros sueños de paz, resolverían lo que nosotros en las aulas no hemos podido remediar, pero no renunciamos a insistir en su valor: lograr la reconciliación, el perdón y el reconocimiento de las diferencias luego de tantos años de guerra e infamia.

Hemos sobrevivido en una “patria” hecha añicos, tratando de explicar lo inexplicable: el dolor de la guerra en un país de opulencias y miserias en contraste. La sensación de pesimismo y desaliento aumenta cuando la Constitución, los códigos y las instituciones son usadas como estrategias por parte de los gobiernos, de los representantes electos y de sus voceros más notables para negar una y otra vez la oportunidad de reconciliación y de construcción de una paz estable.

Hemos oído la declaración del presidente de la República en la que da a conocer sus objeciones por inconveniencia a la Ley estatutaria de la Jurisdicción Especial de Paz. Y no logramos entrever en su contenido un espíritu que proteja la integridad de las instituciones, que honre la palabra comprometida por el Estado y que apueste por la reconciliación y la unidad.

Notamos, más bien, un espíritu contrario a estos principios, que auspicia la intemperancia de discursos mezquinos. Por eso apelamos a ustedes, padres, madres, familiares y amigos de nuestros estudiantes. Y lo hacemos con la esperanza de que el país que hemos recibido tenga un futuro distinto, que pueda librarse de la trampa de violencia y cuyo compromiso con la paz esté fundado en la conciencia del reto que supone persistir en esta ruta, sin sucumbir ante el rentable discurso de la guerra.

Queremos por ello hacer manifiestos nuestros puntos de vista. Queremos invitarlos a que los hagan propios, los discutan en su círculo de amigos con actitud crítica pero fraterna, propiciando ese ideal de construir sentido de manera colectiva para afrontar las manipulaciones.

Nuestros alumnos y sus hijos merecen algo mejor que el odio como herencia. Si creemos que este es un principio valioso, nuestro esfuerzo radica en no alimentar los resentimientos acumulados como sociedad y, por el contrario, propiciar condiciones para que el perdón ayude a superar los resentimientos y frustraciones que han obstaculizado unas relaciones que no estén basadas en el rencor y la venganza.

Estos jóvenes que vienen con sus expectativas a la universidad y que han tenido la experiencia de la guerra, cuentan, sin embargo, con el optimismo de las vidas que apenas comienzan. Es tarea nuestra que los viejos rencores pesen menos que las esperanzas y los sueños de la juventud. Es parte de nuestra responsabilidad que estos sueños y estas esperanzas no se choquen con las cadenas que nos atan a nuestro pasado de sangre y genocidio, sino que desplieguen su creatividad para afrontar el futuro con una consciencia esclarecida del pasado.

Es también responsabilidad de ustedes y de nosotros soltar las amarras que nos atan a la animadversión frente a quien piensa distinto. Esto requiere alimentar un compromiso con la paz que no esté basado en el cálculo mezquino, en la conveniencia política de corto plazo o en la lectura del derecho escrito y sus normas orientada a alimentar la hostilidad contra quienes están en el camino de la reincorporación social, económica y política.

Ante esto, el camino que nos compromete debería estar marcado por la generosidad, por la capacidad de considerarnos iguales en el dolor, por el esfuerzo de robustecer las miradas políticas de largo plazo e impedir que se utilice el derecho y la política como pretextos de nuevos odios, como instrumentos de miedo para seguir reproduciendo de manera permanente conflictos de carácter destructivo.

El camino que comenzamos a transitar, con todas sus dificultades y sacrificios, es una brecha y una oportunidad para que nosotros, que hemos sido los hijos de estos cien años de soledad, imaginemos un horizonte que no condene a las generaciones futuras a la guerra.

Edición 629 – Semana del 29 de marzo al 4 de abril de 2019
   
 
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