Sistema o modelo:
de la semántica al velado interés compuesto

 

Tal vez sea necesario distinguir un “modelo” a continuar exaltando el sistema establecido. Del que preferirían –los “dueños del sistema– no referirse por cautela a toparse con ciudadanos reflexivos y ser descubiertos ante el innegable significado de las palabras, sobre todo ahora que se evidencian los estertores de su cíclica crisis.

 
Oscar Amaury Ardila Guevara
 
Abogado, colaborador Semanario Virtual Caja de Herramientas
 
 

En un encuentro con inversionistas internacionales y empresarios colombianos en Cuba en 2015, el expresidente Juan Manuel Santos aseguró: “Es importante que estén tranquilos porque nuestro modelo económico no está incluido en las negociaciones, simplemente estamos negociando cinco puntos específicos que de llegar a concretarse podemos estar creciendo 2% adicional por siempre en Colombia”. Dos afirmaciones para tener en cuenta en sus cálculos políticos y económicos, dentro del marco de la negociación de paz con las Farc: decir no negociar el “modelo” sentenciaba la perpetuación del modo de producción capitalista, proscribiendo a título de jefe de Gobierno cualquier intento de transformación social del Estado; finalmente aceptado por la contraparte, ese era el término más seductor y propicio para los adinerados, y no “sistema” como realmente tendría que utilizarse. Además, el político auguraba que sobre el presupuesto de la preservación de la estructura socio-económica del país, se tendría un crecimiento adicional “por siempre”; aunque entrelineas se asomaba una cuestión accesoria del pacto con la insurgencia, en el fondo contenía toda la doctrina del liberalismo económico del sistema capitalista: un establecimiento administrativo basado en auspiciar medios de producción privados, exaltación del gran mercado como mecanismo dinámico y aseguramiento de la hacienda como principio para seguir forjando riquezas exclusivas y privilegiadas. Por todo ello, la imagen pública ideal a continuar resaltando en este paradigma de sociedad es referirse a un modelo: económico, neoliberal, de desarrollo, país modelo, modelo de negocios, de producción, empresa modelo, modelo extractivista, minero-energético, modelo de ciudad, de vida, de carro, modelo de pasarela, de mercado, etc. Sórdido estilo de vida que fomenta el burdo arribismo, la pueril imitación y la vil competencia.

Al profundizarse cada día las problemáticas estructurales de los pueblos y los países subdesarrollados dada su fiel atadura a una guía ideológica, es necesario plantear hipótesis sobre la semántica en el uso de estos términos en apariencia baladíes e indeterminados. El significado de la expresión “sistema” en el desarrollo de la sociedad a través de la historia, debería entenderse como la sumatoria constante de las interrelaciones económicas básicas que actúan en la actividad productiva. Acciones cíclicamente estructuradas, que durante el trayecto civilizatorio fueron concentrando en los dueños del poder en nombre del desarrollo, las riquezas provenidas de los bienes naturales, los servicios y los adelantos de la ciencia. El sistema, como enlace funcional para las distintas formas de producción económica, permitió desde siempre que se trasmitiera de un tipo de sociedad a otra, la esencia del interés compuesto con la acumulación privada de capitales, la progresiva ideología individualista y las crecientes diferencias entre las clases sociales.

En el texto “Introducción al estudio de los sistemas económicos” de Antonio García, se puede interpretar que los sistemas, al ser regulados por una autoridad política, dominan toda la estructura de las relaciones de producción, encadenándose de forma eficiente los períodos de la economía en las sociedades. Entonces, si esa autoridad ha permanecido hasta ahora encarnada en dueños exclusivos de los medios de producción, los mayores beneficios se concentran indefectiblemente en usufructos privados y no en la satisfacción de las necesidades sociales de las mayorías; esclavistas, señores feudales y capitalistas al hacer parte del linaje tradicional del poder, de forma natural se identifican por sus ideas conservadoras de gobierno, por la protección de sus dominios, por el color de su piel, apellidos, por sus ostentosas y exclusivas ganancias. El sistema como ecuación de factores variables e interdependencias evolutivas, garantiza la permanencia de las estructuras básicas económicas y/o políticas preliminares; el principio de coexistencia de sus eslabones hace que el sistema sobreviva fácilmente en formatos nuevos, hasta el momento de la manifestación de sus periódicas crisis y su subsecuente reanimación.

El modelo en minúsculas, para fortuna de las castas privilegiadas, se ha convertido en la meta anhelada de alienados ciudadanos tercermundistas, que ven en la imagen rimbombante del capitalismo, las salidas emergentes a sus ególatras antojos; entes etiquetados que solo encuentran sentido para su vida reverenciando las formas monárquicas europeas, las religiones que les manipulan, el sueño americano de los EEUU, el consumismo desbordado, los nuevos dioses de la política, el espectáculo y el deporte. Pseudo-valores del establecimiento que esconde en el sofisma de la libertad y el orden, el fundamento estructural de instituciones interrelacionas y organizadas para poder condicionar fácilmente el pensamiento del sujeto social. La estereotipación del concepto de “modelo” (sistema), alienta en la distraída sociedad su salvaguarda y perpetuación mediante la utilización de sus aparatos ideológicos, facilitándoles eludir la distribución social de la riqueza, relegar los mecanismos comunitarios de producción y despreciar relaciones respetuosas entre la sociedad y la naturaleza.

De otra parte, si se le otorgara una identidad distinta al término “modelo” en los procesos de construcción social, política y económica, podríamos encontrar mejores ejemplos a seguir que el viejo capitalismo. Una mirada distinta a la concepción institucional de lo que para ellos es un modelo, le permitiría a los excluidos hacer reflexiones urgentes y necesarias frente a lo que se idealiza como la moderna y eficiente sociedad. La reivindicación de un “modelo” ejemplar y conveniente, debería incubarse en la conciencia colectiva a partir de referencias históricas, que por su experiencia real sean dignas de reproducirse. En la construcción mental y cultural de los pueblos, la concepción de nuevos signos en el lenguaje y símbolos facilitará mejores representaciones para la creación de otro entorno, orientándose esencialmente hacia comportamientos congruentes con el bienestar y progreso de lo colectivo, de la humanidad. En términos generales y propositivos, un “modelo” podría ser definido como la forma estructural apropiada a desarrollar por los pueblos, a partir de principios éticos y respeto integral por los derechos universales.

Lo que el expresidente Santos sostenía estratégicamente a la comunidad nacional (todos) e internacional en ese momento, era nada más ni menos que la pervivencia del sistema político, económico y jurídico, condensado en el conjunto de formas, normas y procedimientos en el habitual funcionamiento del Estado-nación. Haciendo obediente caso a los postulados ideológicos del poder global sistémico, el mandatario personificaba fielmente los intereses de su clase, y fácilmente convencía a las partes involucradas, asegurando sin ambages el mantenimiento organizado de su modelo de desarrollo; o, mejor dicho, de su sistema de injusticias sociales, desigualdad económica, destrucción de la naturaleza y muerte.

Tal vez sea necesario distinguir un “modelo” a continuar exaltando el sistema establecido. Del que preferirían no referirse por cautela a toparse con ciudadanos reflexivos y ser descubiertos ante el innegable significado de las palabras, sobre todo ahora que se evidencian los estertores de su cíclica crisis.

Edición 666 – Semana del 25 al 31 de enero de 2020
   
 
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